Lectura: “Un debut en la vida”. Anita Brookner

Anita Brookner

“A sus cuarenta años, la doctora Weiss comprendió que la literatura le había destrozado la vida”. Así empieza esta novela de Anita Brookner (Londres, 1928- 2016) y ya tenemos la atmósfera inaugural de casi todas las historias de la escritora inglesa.

Origen: Un debut en la vida

Textos

Sin embargo, había experimentado el terror y la emoción con mayúsculas. Y había conocido el amor, en especial el de un conspicuo filólogo de la Sorbona, pero su historia no era esa. Su aventura, la que iba a transformar su vida en literatura, no era materia apta para el cotilleo. A decir verdad, estaba hecha con la materia de la propia literatura. Y, curiosamente, la doctora Weiss jamás había conocido a nadie, hombre o mujer, amigo o colega, capaz de soportar la literatura fuera de la página impresa. Esos seriales interminables que las personas se cuentan unas a otras en la intimidad son triviales e intrascendentes, aunque estén llenos de secretos. ¿Quién tenía tiempo para escuchar un relato que podría haberse escrito en otra dimensión? Eso creía la doctora Weiss y, en silencio, algunas tardes, con la cabeza apoyada en la mano, dejaba que el atardecer invadiera poco a poco su salita de estar y pensaba una vez más en la obra en la que se le había confiado un papel tan exigente.


Guardaba de sí misma el recuerdo de una niña pálida y pulcra, con tanto pelo que le dolía la cabeza. Casi todo le costaba un esfuerzo enorme; aún se acordaba de la torpeza con que sacaba la lengua y se ponía a resoplar mientras trataba de dejar la taza en el hueco exacto del plato. Su niñera había sido paciente pero severa con ella; todos esperaban que creciese cuanto antes, en la medida de lo posible, y con este fin le ofrecían libros tristes aunque aleccionadores. Una vez graduada en las obras de Grimm y Hans Andersen pasó a las de Charles Dickens. Allí se le reveló el universo moral. Porque seguramente triunfaría la verdad, y la paciencia se vería recompensada. Tal era su afán por incorporarse a aquel movimiento de elevación hacia la luz que apenas se fijaba en que su hogar se parecía a los que encontraba en los libros: un velo de diversión superficial sobre un profundo pozo de decepción.


No había perdido la pasión por los libros, aunque compartirlos con otras personas no era tan agradable como llevárselos a la mesa para leer mientras comía. A pesar de todo, las horas que pasaba en la biblioteca eran para ella lo más parecido a un sentimiento de pertenencia que había tenido nunca. Dorada, reluciente y silenciosa, poblada por nobles sonámbulos, con su ambiente apaciguado por una paz amigable y eterna, mesas enteras preparadas para el trabajo y un aparente cese de la maldad entre los lectores, aunque fuera temporal, estas cosas le atraían tanto como cualquier otro incentivo más mundano. Y, como había aprendido a estar callada desde que era muy pequeña y estaba sedienta de compañía, las horas que pasaba en la biblioteca por las tardes eran las más gratificantes de su vida. Cuando levantaba la vista de la página, cosa que hacía a menudo, era para mirar a otras personas que leían. Sin saberse observadas, parecían inocentes, aunque un poco agobiadas, y si sus miradas se cruzaban alguna vez, sonreían instintivamente antes de volver los ojos a la página impresa.


George se dio cuenta que había dejado de querer a su mujer. Le produjo —y eso lo había sentido siempre, aunque no supiera por qué— una lástima infinita. La consecuencia natural fue que también sintió una lástima infinita de sí mismo. Seguía siendo fuerte; no se veía como un hombre que estaba envejeciendo. Su aspecto no había cambiado visiblemente desde la muerte de su madre. Seguía mirándose en el espejo con satisfacción todas las mañanas. Tenía un futuro. Con la señora Jacobs. Le diría a Helen que pensaba comprar una parte del negocio y pasar el tiempo en la tienda. ¡Que se las apañaran como pudieran! Ruth podía quedarse en casa, si era necesario. Todo esto le pasó por la cabeza a una velocidad vertiginosa. Cuando la revelación se esfumó —la verdad es que aquellas vacaciones no le estaban sentando nada bien—, comprendió que no sería capaz de llevar a cabo todos sus planes, de hacer realidad todos sus proyectos. Pero algunos… ¿Por qué no algunos?

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