Cuento: «Los hijos». Eduardo Galeano

Los hijos.

Hace once años, en Montevideo, yo estaba esperando a Florencia en la puerta de la casa. Ella era muy chica; caminaba como un osito. Yo la veía poco. Me quedaba en el diario hasta cualquier hora y por las mañanas trabajaba en la Universidad. Poco sabía de ella. La besaba dormida, a veces le llevaba chocolatines o juguetes.La madre no estaba aquella tarde, y yo esperaba en la puerta de la casa el ómnibus que traía a Florencia de la jardinería.Llegó muy triste. No hablaba. En el ascensor hacía pucheros. Después dejó que la leche se enfriara en el tazón. Miraba el piso.La senté en mis rodillas y le pedí que me contara. Ella negó con la cabeza. La acaricié, la besé en la frente. Se le escapó alguna lágrima. Con el pañuelo le sequé la cara y la soné. Entonces volví a pedirle:- Andá, decime.Me contó que su mejor amiga le había dicho que no la quería. Lloramos juntos, no sé cuánto tiempo, abrazados los dos, ahí en la silla.Yo sentía las lastimaduras que Florencia iba a sufrir a lo largo de los años y hubiera querido que Dios existiera y no fuera sordo, para poder rogarle que me diera todo el dolor que le tenía reservado.

Eduardo Galeano.

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Crítica: «Los vencejos». Fernando Aramburu. José-Carlos Mainer

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Lectura: «El hotel de cristal». Emily St. John Mandel

Historias de papel: Emily St. John Mandel – El hotel de cristal | RTVE Play

Entrevista de Manuel Pedraz a Claudia Casanova, sobre “El hotel de cristal” (Ático de los libros), la novela que ha consolidado internacionalmente a Emily St. John Mandel como una de las escritoras de más éxito en el género de intriga. Una novela sobre la codicia que tiene como referencia un hotel completamente acristalado desde el que una clientela de potentados pasa los días viendo los paisajes nevados y la naturaleza salvaje de la isla de Vancouver en la que se encuentra. Vincent es una camarera en ese palacio de cristal, donde entabla relación con el dueño, un inquietante personaje con el que se ve implicada en una estafa piramidal mientras intenta resolver la misteriosa desaparición de su madre cuando ella y su hermano eran pequeños. La novela ha conseguido reconocimientos como el Premio Arthur C. Clark y ha sido finalista en otros del prestigio del National Book o el Pen/Faulkner. Claudia Casanova ha sido su editora y traductora en España.

Origen: Historias de papel: Emily St. John Mandel – El hotel de cristal | RTVE Play

Emily St. John Mandel

Textos

Diciembre de 2018

1 Empezar por el final: desplomarse por el lado del barco en la salvaje oscuridad de la tormenta, sin aliento por el golpe de la caída, mi cámara salta por los aires y a través de la lluvia…

2 «Bórrame». Palabras garabateadas en una ventana cuando tenía trece años. Di un paso atrás y dejé caer el rotulador de la mano, y aún recuerdo la exuberancia de aquel momento, la sensación en mi pecho como un relámpago que desciende sobre cristales rotos…


Su contrato con Jonathan, tal como ella lo entendía, era que debía estar disponible siempre que él quisiera, dentro y fuera del dormitorio, elegante e impecable en todo momento («Insuflas tanta gracia en la estancia…», le decía) y, a cambio, ella tenía una tarjeta de crédito que nunca pagaba, una vida de casas y viajes hermosos, en otras palabras, la vida opuesta a la que había llevado hasta entonces. Nadie utilizaba la expresión «mujer florero» en una conversación seria, pero Jonathan tenía treinta y cuatro años más que Vincent. Ella sabía lo que era. 


Fue la última mañana en el reino del dinero. Desayunó en el restaurante de un hotel cerca de Grand Central. Pasó una hora en una librería, luego un rato en varias tiendas y se tomó un descanso de periódicos y café en una cafetería en Chelsea. Un momento extraño: salió de la cafetería y se topó con un grupo de turistas, una manada que seguía a un líder que sostenía un paraguas rojo en el aire, y por un momento le pareció ver a su madre entre ellos. Fue solo una impresión, pero innegable (la larga trenza de pelo marrón, el jersey rojo que llevaba el día en que se ahogó), y luego el gentío mutó y su madre desapareció. Vincent se quedó largo rato en la acera, observó al grupo mientras se alejaba. ¿Estaba alucinando? Trató de detectar señales de locura mientras andaba hacia el centro a través de la ciudad gris, pero no vio nada que le pareciese obviamente irreal. Central Park era monocromo, árboles oscuros que goteaban bajo un cielo sin color.


Hay algo de verdad en eso, piensa luego, mientras espera en la cola para la cena. Es posible saber que eres un criminal, un mentiroso, un hombre de moral débil, y, sin embargo, no saberlo, sentir que tu castigo es inmerecido, que, a pesar de los hechos puros y duros, deberían tratarte con más calidez, de una manera especial. Es posible saber que eres culpable de cometer un crimen enorme, saber que robaste una gran cantidad de dinero de múltiples personas y que las dejaste en la pobreza, y que algunas incluso se suicidaron, puedes saber todo esto y, sin embargo, cuando llega tu juicio, sentir que de algún modo has sido víctima de una injusticia.


—Nos movemos por este mundo muy ligeros —dijo Marie, que citó de forma errónea una de las canciones favoritas de Leon y, durante un cálido momento, él pensó que se refería a todo en general, a la humanidad en conjunto, a las vidas individuales que pasaban por la superficie del mundo sin dejar apenas huella, pero luego comprendió que se refería a ellos dos en concreto, a Leon y Marie, y no pudo culpar a la noche que se cernía sobre ellos del estremecimiento que sintió. Cuando tenían unos treinta y tantos, decidieron no tener hijos, algo que en aquel momento parecía una forma sensata de evitar complicaciones y penas innecesarias, y esta decisión había dotado a sus vidas de una cierta facilidad que él siempre había apreciado, una especie de feliz irresponsabilidad. Pero uno podía pensar que la responsabilidad también era un ancla y, últimamente, reflexionaba sobre que no le importaría estar más anclado a la tierra.

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Sobre la novela centroeuropea

El testamento de los sonámbulos

Este ensayo sobre la novela centroeuropea, traducido por Ulalume González de León, fue publicado en el número 71 de Vuelta, en octubre de 1982. Esta sección ofrece un rescate mensual del material de la revista dirigida por Octavio Paz.

Origen: El testamento de los sonámbulos | Letras Libres

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Colección de citas literarias. LXXVI

Para ser feliz es preciso no saberlo.

Fernando Pessoa

Algunos libros son inmerecidamente olvidados; ninguno es inmerecidamente recordado.

W. H. Auden

Escribimos poemas escuchando a los muertos, pero los escribimos para los vivos.

Adam Zagajewski

Yo creía que quería ser poeta, pero en el fondo quería ser poema.

Jaime Gil de Biedma

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Querido Borges, Susan Sontag

Querido Borges: Dado que siempre situaron su literatura bajo el signo de la eternidad, no parece demasiado extraño dirigirle una carta. Si alguna vez un contemporáneo pareció destinado a la inmorta…

Origen: Querido Borges, Susan Sontag – Calle del Orco

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El estado mental más saludable para un artista. William Faulkner

Si pudiera escribir mis libros de nuevo, estoy convencido de que lo haría mejor, y ése es el estado mental más saludable para un artista. Por eso sigue trabajando el creador, intentándolo de nuevo una y otra vez; porque cree que esta vez lo va a lograr, que va a alcanzar la perfección. Pero, por supuesto, fracasa de nuevo. Por eso digo que es un estado mental saludable. Si lo lograra, si creara una obra a la altura del ideal soñado, no le quedaría más que cortarse el cuello y arrojarse al vacío desde la cúspide de la perfección. Yo soy un poeta fracasado. Pue- de que todos los novelistas quieran escribir poesía primero y, al ver que no pueden, intenten escribir relatos cortos, que es el género más exigente después de la poesía. Y si también fracasan en eso, sólo entonces, empiezan a escribir novelas.

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Cuaderno de poemas. «Un poeta». Eugenio Montale

Un Poeta

Me queda poco hilo, pero espero tener la oportunidad
de dedicar mis pobres poemas
al próximo tirano. Él no me dirá que me corte las venas
como Nerón a Lucano. Querrá una alabanza espontánea
de un corazón agradecido, y la tendrá en abundancia. A su vez
podré dejar una huella duradera. En poesía
lo que importa no es el contenido
sino la Forma.

Eugenio Montale
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Ventana a YouTube. Wislawa Szymborska

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Los libros. El Roto

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