Lectura: “El hotel de cristal”. Emily St. John Mandel

Historias de papel: Emily St. John Mandel – El hotel de cristal | RTVE Play

Entrevista de Manuel Pedraz a Claudia Casanova, sobre “El hotel de cristal” (Ático de los libros), la novela que ha consolidado internacionalmente a Emily St. John Mandel como una de las escritoras de más éxito en el género de intriga. Una novela sobre la codicia que tiene como referencia un hotel completamente acristalado desde el que una clientela de potentados pasa los días viendo los paisajes nevados y la naturaleza salvaje de la isla de Vancouver en la que se encuentra. Vincent es una camarera en ese palacio de cristal, donde entabla relación con el dueño, un inquietante personaje con el que se ve implicada en una estafa piramidal mientras intenta resolver la misteriosa desaparición de su madre cuando ella y su hermano eran pequeños. La novela ha conseguido reconocimientos como el Premio Arthur C. Clark y ha sido finalista en otros del prestigio del National Book o el Pen/Faulkner. Claudia Casanova ha sido su editora y traductora en España.

Origen: Historias de papel: Emily St. John Mandel – El hotel de cristal | RTVE Play

Emily St. John Mandel

Textos

Diciembre de 2018

1 Empezar por el final: desplomarse por el lado del barco en la salvaje oscuridad de la tormenta, sin aliento por el golpe de la caída, mi cámara salta por los aires y a través de la lluvia…

2 «Bórrame». Palabras garabateadas en una ventana cuando tenía trece años. Di un paso atrás y dejé caer el rotulador de la mano, y aún recuerdo la exuberancia de aquel momento, la sensación en mi pecho como un relámpago que desciende sobre cristales rotos…


Su contrato con Jonathan, tal como ella lo entendía, era que debía estar disponible siempre que él quisiera, dentro y fuera del dormitorio, elegante e impecable en todo momento («Insuflas tanta gracia en la estancia…», le decía) y, a cambio, ella tenía una tarjeta de crédito que nunca pagaba, una vida de casas y viajes hermosos, en otras palabras, la vida opuesta a la que había llevado hasta entonces. Nadie utilizaba la expresión «mujer florero» en una conversación seria, pero Jonathan tenía treinta y cuatro años más que Vincent. Ella sabía lo que era. 


Fue la última mañana en el reino del dinero. Desayunó en el restaurante de un hotel cerca de Grand Central. Pasó una hora en una librería, luego un rato en varias tiendas y se tomó un descanso de periódicos y café en una cafetería en Chelsea. Un momento extraño: salió de la cafetería y se topó con un grupo de turistas, una manada que seguía a un líder que sostenía un paraguas rojo en el aire, y por un momento le pareció ver a su madre entre ellos. Fue solo una impresión, pero innegable (la larga trenza de pelo marrón, el jersey rojo que llevaba el día en que se ahogó), y luego el gentío mutó y su madre desapareció. Vincent se quedó largo rato en la acera, observó al grupo mientras se alejaba. ¿Estaba alucinando? Trató de detectar señales de locura mientras andaba hacia el centro a través de la ciudad gris, pero no vio nada que le pareciese obviamente irreal. Central Park era monocromo, árboles oscuros que goteaban bajo un cielo sin color.


Hay algo de verdad en eso, piensa luego, mientras espera en la cola para la cena. Es posible saber que eres un criminal, un mentiroso, un hombre de moral débil, y, sin embargo, no saberlo, sentir que tu castigo es inmerecido, que, a pesar de los hechos puros y duros, deberían tratarte con más calidez, de una manera especial. Es posible saber que eres culpable de cometer un crimen enorme, saber que robaste una gran cantidad de dinero de múltiples personas y que las dejaste en la pobreza, y que algunas incluso se suicidaron, puedes saber todo esto y, sin embargo, cuando llega tu juicio, sentir que de algún modo has sido víctima de una injusticia.


—Nos movemos por este mundo muy ligeros —dijo Marie, que citó de forma errónea una de las canciones favoritas de Leon y, durante un cálido momento, él pensó que se refería a todo en general, a la humanidad en conjunto, a las vidas individuales que pasaban por la superficie del mundo sin dejar apenas huella, pero luego comprendió que se refería a ellos dos en concreto, a Leon y Marie, y no pudo culpar a la noche que se cernía sobre ellos del estremecimiento que sintió. Cuando tenían unos treinta y tantos, decidieron no tener hijos, algo que en aquel momento parecía una forma sensata de evitar complicaciones y penas innecesarias, y esta decisión había dotado a sus vidas de una cierta facilidad que él siempre había apreciado, una especie de feliz irresponsabilidad. Pero uno podía pensar que la responsabilidad también era un ancla y, últimamente, reflexionaba sobre que no le importaría estar más anclado a la tierra.

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