Retrato del escritor italiano Francesco Pecoraro, en Erba (Italia) en septiembre de 2014.LEONARDO CENDAMO (GETTY IMAGES)
‘La avenida’: La decadencia de Europa, un apocalipsis lentísimo
Estrenado en la literatura a los 62 años, el escritor italiano Francesco Pecoraro publica ‘La avenida’, su segunda novela, donde reflexiona sobre la pérdida de ideas y bienes materiales de toda una generación
Con brillantez e ingenio, el escritor retrata nuestra realidad política a través de una delirante campaña electoral que nos confirma en un escepticismo casi, casi hogareño
Te referías a mi manía de llamarles queridos niños a ellos, a la gente, a los electores. Sí, yo los llamo mis queridos niños, te lo dije en la primera reunión, porque así no me olvido de sus caprichos infantiles, no me dejo engañar por esa incomprensible superioridad que exhiben sobre los políticos. Los políticos son todos tal, dicen, o los políticos son todos cual, como si jamás se hubieran visto representados por ellos en el espejo. Porque el espejo les miente, tú eres más guapa, tú eres mejor, les dice, y ellos se lo creen, pero son iguales. Como el perro se acaba pareciendo al amo. ¿O era al revés? El votante termina por ser igual que lo votado. ¿O era al revés?
Debió de ser guapo y elegante, pero ahora es un señor gagá casado con una tipa como tú que aún destila ganas de vivir y que se ha quitado el lastre de las exigencias de encima como hacen algunas mujeres al cumplir los sesenta y no ceder a las presiones de lo competitivo. No es goce ni ganas de gozar lo que transmites, porque, te lo confieso, tu erotismo está embridado, das la sensación de tener orgasmos de flauta travesera, tan leves como metálicos. ¿Miento acaso? Con ese tipo de marido, me temo que tus grandes pasiones han sido intelectuales. Que vuestros éxtasis han sucedido en exposiciones y museos, en aulas y conferencias, que cuando llegáis a los hoteles donde os alojan para asistir a cursillos el mayor vicio que os permitís es gozar del champú gratis. Pero lo grave es que el momio actual no te aporta nada y hasta Arroba, que es idiota, cuando le echó un ojo nos advirtió que mejor guardarlo de los medios, era un poco deprimente como consorte. Puede que te otorgara una imagen de mujer ordenada, pero decidimos no pasearlo demasiado porque más que un marido parecía un paragüero forjado pasado de moda que conservas porque era de tus bisabuelos.
Al salir de la emisora nos concedieron un instante de intimidad. Te convencí para que tomaras un gin-tonic. Al fin y al cabo el alcohol es el más infalible de los estimulantes anímicos. A media mañana es además garantía de que la jornada pintará bien. Cuanto antes se empieza a beber, antes se empieza a empujar el mundo real fuera de la vista. Te dije lo que pensaba. Para mí, todas las personas que se dedican a la política lo hacen porque hay un vacío en su vida. Es una manera de llenarlo. Tú habías llegado al ocaso familiar, con un marido anciano y una hija que volaba sola, y la política se te presentaba como una aventura personal más excitante que la jubilación. Podrías haberte buscado un amante, eras una mujer en esa edad estupenda y serena, pero a lo mejor el sexo te daba miedo, porque el sexo puede llevarte a donde tú no quieres. En cambio la política es una exposición que justifica una vida. Tenía sus riesgos, pero merecía la pena, ¿verdad? Entre disolverte o brillar, optabas por lo último.
–Yo ya te he hablado de mi hijo –te volví a contar–. Pertenece a esa nueva generación engatusada por la explosión tecnológica que los ha llenado de nada. No son catetos ni insensibles, pero son sumisos y angustiados. Hubiera preferido que al menos me odiara, que me mirara por encima del hombro, que me matara como hemos hecho todos con los padres. Pero ni para eso llega.
Nos instalaron en el mismo reservado en el que años atrás dos oscuros diputados decidieron una presidencia autonómica con su desaparición el día de las votaciones. Lo sabía por el jefe de sala, cercano y afable, muy aficionado a las confidencias. Aquella conjura vino acompañada de un intercambio de dinero nunca del todo aclarado, pero certero y eficaz. Fue en los años en que vivía en Estados Unidos y mi país entraba en la era del saqueo que yo observé en la distancia. Se privatizaron todas las grandes empresas nacionales y se nombraban presidentes inéditos, gestores con conocimientos mínimos, compañeros de pupitre, colegas de infancia, parejas de tenis, hasta el urólogo de un presidente podía ser puesto al frente de la firma mayor hidroeléctrica si al responsable le salía de la polla. Repartirse el tesoro y la dirigencia desde los mejores asientos en consejos y sillones en las juntas alimenticias pasó a ser la caza mayor del reino.
Era evidente que preferías hablar de los tiempos antiguos. El presente es siempre un incordio difícil de entender. Como me dijiste en el autobús, algún día no seremos más que una sombra olvidada bajo el resumen sintético de estos últimos cincuenta años de país. Los libros de historia hacen con los tiempos lo que los novelistas con los personajes de ficción, dotar a su vivencia de una lógica de la que se carece. Eso lo aprendí del periodismo, que es un arte urgente para explicar como lógico lo que acaba de suceder. Es otra rama de la ficción literaria. Como los cronistas deportivos, que explican por qué ha ganado el que ha ganado. Siempre acertamos pero después del partido, así que no somos más que pitonisos sin riesgo, videntes a tiro pasado.
Hugo, un ladrón que sólo roba los fines de semana, entra en una casa un sábado por la noche. Ana, la dueña, una treintañera guapa e insomne empedernida, lo descubre in fraganti. Amenazada con la pistola, la mujer le entrega todas las joyas y cosas de valor, y le pide que no se acerque a Pauli, su niña de tres años. Sin embargo, la niña lo ve, y él la conquista con algunos trucos de magia. Hugo piensa: «¿Por qué irse tan pronto, si se está tan bien aquí?» Podría quedarse todo el fin de semana y gozar plenamente la situación, pues el marido -lo sabe porque los ha espiado- no regresa de su viaje de negocios hasta el domingo en la noche. El ladrón no lo piensa mucho: se pone los pantalones del señor de la casa y le pide a Ana que cocine para él, que saque el vino de la cava y que ponga algo de música para cenar, porque sin música no puede vivir. A Ana, preocupada por Pauli, mientras prepara la cena se le ocurre algo para sacar al tipo de su casa. Pero no puede hacer gran cosa porque Hugo cortó los cables del teléfono, la casa está muy alejada, es de noche y nadie va a llegar. Ana decide poner una pastilla para dormir en la copa de Hugo. Durante la cena, el ladrón, que entre semana es velador de un banco, descubre que Ana es la conductora de su programa favorito de radio, el programa de música popular que oye todas las noches, sin falta. Hugo es su gran admirador y. mientras escuchan al gran Benny cantando Cómo fue en un casete, hablan sobre música y músicos. Ana se arrepiente de dormirlo pues Hugo se comporta tranquilamente y no tiene intenciones de lastimarla ni violentarla, pero ya es tarde porque el somnífero ya está en la copa y el ladrón la bebe toda muy contento. Sin embargo, ha habido una equivocación, y quien ha tomado la copa con la pastilla es ella. Ana se queda dormida en un dos por tres. A la mañana siguiente Ana despierta completamente vestida y muy bien tapada con una cobija, en su recámara. En el jardín, Hugo y Pauli juegan, ya que han terminado de hacer el desayuno. Ana se sorprende de lo bien que se llevan. Además, le encanta cómo cocina ese ladrón que, a fin de cuentas, es bastante atractivo. Ana empieza a sentir una extraña felicidad. En esos momentos una amiga pasa para invitarla a comer. Hugo se pone nervioso pero Ana inventa que la niña está enferma y la despide de inmediato. Así los tres se quedan juntitos en casa a disfrutar del domingo. Hugo repara las ventanas y el teléfono que descompuso la noche anterior, mientras silba. Ana se entera de que él baila muy bien el danzón, baile que a ella le encanta pero que nunca puede practicar con nadie. Él le propone que bailen una pieza y se acoplan de tal manera que bailan hasta ya entrada la tarde. Pauli los observa, aplaude y, finalmente se queda dormida. Rendidos, terminan tirados en un sillón de la sala. Para entonces ya se les fue el santo al cielo, pues es hora de que el marido regrese. Aunque Ana se resiste, Hugo le devuelve casi todo lo que había robado, le da algunos consejos para que no se metan en su casa los ladrones, y se despide de las dos mujeres con no poca tristeza. Ana lo mira alejarse. Hugo está por desaparecer y ella lo llama a voces. Cuando regresa le dice, mirándole muy fijo a los ojos, que el próximo fin de semana su esposo va a volver a salir de viaje. El ladrón de sábado se va feliz, bailando por las calles del barrio, mientras anochece.
Cada vez que entra a un teatro, el espectador puede encontrarse con su doble. Ese es el desdoblamiento más importante: el teatro es un lugar en que puedo encontrarme con mi doble. En ese encuentro se me revela mi forma. Mi doble no es una copia de mí, sino otra posibilidad de mí. Incluye lo latente, lo fallido, lo reprimido de mí”.
Cuando descubrí a Borges, en 1945, no lo entendía y más bien me chocó. Buscando a Kafka, encontré su prólogo a La metamorfosis , y por primera vez me enfrenté a su mundo de laberintos metafísicos, …
R. Un artista no tiene tiempo para escuchar a los críticos. Los que quieren ser escritores leen reseñas. Los que quieren escribir no tienen tiempo para leer reseñas. El crítico, de algún modo, también está queriendo decir: «Fulanito estuvo aquí». El producto de su trabajo no va dirigido al artista. El artista está por encima del crítico, pues éste no entra en acción hasta que aquél escribe algo. El crítico, sin embargo, escribe algo que puede interesar a cualquiera menos al artista.
Tras la publicación de la lista de los mejores libros del año, respondemos a lectores que preguntaron qué regalar en Navidad a alguien que busca un final asombroso o a quien le encanta escribir o para leer a alguien con alzhéimer
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)