
Su poesía es culta, rica en múltiples referentes musicales, plásticos y literarios
Cuando leo, el mundo sigue pasando a un segundo plano y no puedo evitar maravillarme, porque si esto lo he recordado mal, incluso eso o aquello otro, ¿Cómo es posible que el libro siga atrapándome de esa manera? / Como la mayoría de los lectores, a veces creo que nací leyendo. No recuerdo época en que no haya tenido un libro en las manos y la cabeza abstraída del mundo que me rodea.


En la obra literaria del Premio Nobel Kenzaburō Ōe asoma muchas veces una circunstancia: la enfermedad de su hijo Hikari. Sin embargo, lo hace siempre desde una experiencia positiva y ofreciendo una puerta a la esperanza. No en vano, su historia es una de las más bellas y emocionantes de la literatura reciente, además de un ejemplo de superación ante la adversidad.
Escribir
Siempre he escrito sin saber demasiado por qué lo hago, movido un poco por el azar, por una serie de casualidades: las cosas me llegan como un pájaro que puede pasar por la ventana. En Europa continué escribiendo cuentos de tipo estetizante y muy imaginativos, prácticamente todos de tema fantástico. Sin darme cuenta, empecé a tratar temas que se separaron de ese primer momento de mi trabajo. En esos años escribí un cuento muy largo, quizá el más largo que he escrito, «El perseguidor», que en sí mismo no tiene nada de fantástico pero en cambio tiene algo que se convertía en importante para mí: una presencia humana, un personaje de carne y hueso, un músico de jazz que sufre, sueña, lucha por expresarse y sucumbe aplastado por una fatalidad que lo persiguió toda su vida. (Los que lo han leído saben que estoy hablando de Charlie Parker, que en el cuento se llama Johnny Carter.) Cuando terminé ese cuento y fui su primer lector, advertí que de alguna manera había salido de una órbita y estaba tratando de entrar en otra. Ahora el personaje se convertía en el centro de mi interés mientras que en los cuentos que había escrito en Buenos Aires los personajes estaban al servicio de lo fantástico como figuras para que lo fantástico pudiera irrumpir; aunque pudiera tener simpatía o cariño por determinados personajes de esos cuentos, era muy relativo: lo que verdaderamente me importaba era el mecanismo del cuento, sus elementos finalmente estéticos, su combinatoria literaria con todo lo que puede tener de hermoso, de maravilloso y de positivo. En la gran soledad en que vivía en París de golpe fue como estar empezando a descubrir a mi prójimo en la figura de Johnny Carter, ese músico negro perseguido por la desgracia cuyos balbuceos, monólogos y tentativas inventaba a lo largo de ese cuento.
Julio Cortázar (Clases de literatura)


‘Melvill’ es la nueva filigrana del narrador argentino, un proyecto que ya se mencionaba en su anterior trilogía y que recrea al padre del autor de ‘Moby Dick’
Origen: Rodrigo Fresán, en busca de la voz del padre
Rodrigo Fresán: “Es más interesante escribir del fracaso y la tristeza que de la uniformidad del éxito”
El parto de un escritor, según creo, a diferencia del de un pintor, no presenta alianzas interesantes con sus maestros. En el crecimiento de un escritor, no hay nada comparable a las primeras copias de Jackson Pollock de las pinturas de la capilla Sixtina, con sus interesantes referencias a Thomas Hart Benton. Al escritor podemos verlo aprendiendo torpemente a caminar, a hacerse el nudo de la corbata, a hacer el amor y a comer los guisantes con tenedor. Se presenta más bien solo y determinado a instruirse por su cuenta. Ingenuo, provinciano en mi caso, a veces obtuso y casi siempre torpe, incluso una cuidada selección de sus primeros trabajos será siempre la historia desnuda de su lucha por recibir una educación en economía y en amor.

Un profesor tarda muy poco en convertirse en un viejo profesor. No es que el oficio desgaste más que otro, no…, es por oír a tantos padres hablarle de tantos hijos —y, haciéndolo, hablar de ellos mismos— y por escuchar tantos relatos de vidas, tantos divorcios, tantas historias de familia: enfermedades infantiles, adolescentes a los que ya no se domina, hijas queridas cuyo afecto se nos escapa, tantos fracasos llorados, tantos éxitos pregonados, tantas opiniones sobre tantos temas, y sobre la necesidad de leer, en especial, la absoluta necesidad de leer, que consigue la unanimidad.
El dogma.
Están los que jamás han leído y se avergüenzan de ello, los que ya no tienen tiempo de leer y lo lamentan, los que no leen novelas, sino libros útiles, ensayos, obras técnicas, biografías, libros de historia, están los que leen todo sin fijarse en qué, los que «devoran» y cuyos ojos brillan, están los que sólo leen los clásicos, amigo mío, «porque no hay mejor crítico que el tamiz del tiempo», los que pasan su madurez «releyendo», y los que han leído el último tal y el último cual, porque, amigo mío, hay que estar al día.
Pero todos, todos, en nombre de la necesidad de leer.
El dogma.
Incluido aquel que, si bien ya no lee ahora, afirma que es por haber leído mucho antes, sólo que ahora ya ha terminado su carrera, y tiene la vida «montada», gracias a él, claro (es de los «que no deben nada a nadie»), pero reconoce gustosamente que esos libros, que ahora ya no necesita, le han sido muy útiles…, indispensables, incluso, sí, ¡in-dis-pen-sa-bles!
—¡Convendrá, por consiguiente, que el chaval se meta eso en la cabeza!
El dogma.
¿Lo que más admiro de un escritor? Que maneje fuerzas que lo arrebaten, que parezcan que van a destruirlo. Que se apodere de ese reto y disuelva la resistencia. Que destruya el lenguaje y que cree …
Origen: Lo que más admiro de un escritor, José Lezama Lima – Calle del Orco
P.: ¿Lee a sus coetáneos?
R.: No. Leo los libros que me cautivaron cuando era joven. Vuelvo a ellos como se vuelve a un viejo amigo. El Antiguo Testamento, Dickens, Conrad, Cervantes… El Quijote lo leo todos los años, igual que otros leen la Biblia. Flaubert, Balzac—que creó un mundo que sigue intacto, una corriente de sangre que fluye por veinte libros-, Dostoievski, Tolstóí, Shakespeare… De vez en cuando leo a Melville y, de los poetas, a Marlowe, Campion, Jonson, Herrick, Donne, Keats y Shelley. También sigo leyendo a Housman. He leído esos libros tantas veces que no siempre empiezo desde el principio. Leo sólo una escena, o busco los pasajes de un personaje, de la misma forma que charlas fugazmente con un amigo cuando te encuentras con él.
(“The Paris Review”. Entrevistas (1953-1983)

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