Lectura: «Queridos niños». David Trueba

David Trueba, la política como un juego de niños

Con brillantez e ingenio, el escritor retrata nuestra realidad política a través de una delirante campaña electoral que nos confirma en un escepticismo casi, casi hogareño

Origen: David Trueba, la política como un juego de niños


Textos

Te referías a mi manía de llamarles queridos niños a ellos, a la gente, a los electores. Sí, yo los llamo mis queridos niños, te lo dije en la primera reunión, porque así no me olvido de sus caprichos infantiles, no me dejo engañar por esa incomprensible superioridad que exhiben sobre los políticos. Los políticos son todos tal, dicen, o los políticos son todos cual, como si jamás se hubieran visto representados por ellos en el espejo. Porque el espejo les miente, tú eres más guapa, tú eres mejor, les dice, y ellos se lo creen, pero son iguales. Como el perro se acaba pareciendo al amo. ¿O era al revés? El votante termina por ser igual que lo votado. ¿O era al revés?


Debió de ser guapo y elegante, pero ahora es un señor gagá casado con una tipa como tú que aún destila ganas de vivir y que se ha quitado el lastre de las exigencias de encima como hacen algunas mujeres al cumplir los sesenta y no ceder a las presiones de lo competitivo. No es goce ni ganas de gozar lo que transmites, porque, te lo confieso, tu erotismo está embridado, das la sensación de tener orgasmos de flauta travesera, tan leves como metálicos. ¿Miento acaso? Con ese tipo de marido, me temo que tus grandes pasiones han sido intelectuales. Que vuestros éxtasis han sucedido en exposiciones y museos, en aulas y conferencias, que cuando llegáis a los hoteles donde os alojan para asistir a cursillos el mayor vicio que os permitís es gozar del champú gratis. Pero lo grave es que el momio actual no te aporta nada y hasta Arroba, que es idiota, cuando le echó un ojo nos advirtió que mejor guardarlo de los medios, era un poco deprimente como consorte. Puede que te otorgara una imagen de mujer ordenada, pero decidimos no pasearlo demasiado porque más que un marido parecía un paragüero forjado pasado de moda que conservas porque era de tus bisabuelos.


Al salir de la emisora nos concedieron un instante de intimidad. Te convencí para que tomaras un gin-tonic. Al fin y al cabo el alcohol es el más infalible de los estimulantes anímicos. A media mañana es además garantía de que la jornada pintará bien. Cuanto antes se empieza a beber, antes se empieza a empujar el mundo real fuera de la vista. Te dije lo que pensaba. Para mí, todas las personas que se dedican a la política lo hacen porque hay un vacío en su vida. Es una manera de llenarlo. Tú habías llegado al ocaso familiar, con un marido anciano y una hija que volaba sola, y la política se te presentaba como una aventura personal más excitante que la jubilación. Podrías haberte buscado un amante, eras una mujer en esa edad estupenda y serena, pero a lo mejor el sexo te daba miedo, porque el sexo puede llevarte a donde tú no quieres. En cambio la política es una exposición que justifica una vida. Tenía sus riesgos, pero merecía la pena, ¿verdad? Entre disolverte o brillar, optabas por lo último.


–Yo ya te he hablado de mi hijo –te volví a contar–. Pertenece a esa nueva generación engatusada por la explosión tecnológica que los ha llenado de nada. No son catetos ni insensibles, pero son sumisos y angustiados. Hubiera preferido que al menos me odiara, que me mirara por encima del hombro, que me matara como hemos hecho todos con los padres. Pero ni para eso llega.


Nos instalaron en el mismo reservado en el que años atrás dos oscuros diputados decidieron una presidencia autonómica con su desaparición el día de las votaciones. Lo sabía por el jefe de sala, cercano y afable, muy aficionado a las confidencias. Aquella conjura vino acompañada de un intercambio de dinero nunca del todo aclarado, pero certero y eficaz. Fue en los años en que vivía en Estados Unidos y mi país entraba en la era del saqueo que yo observé en la distancia. Se privatizaron todas las grandes empresas nacionales y se nombraban presidentes inéditos, gestores con conocimientos mínimos, compañeros de pupitre, colegas de infancia, parejas de tenis, hasta el urólogo de un presidente podía ser puesto al frente de la firma mayor hidroeléctrica si al responsable le salía de la polla. Repartirse el tesoro y la dirigencia desde los mejores asientos en consejos y sillones en las juntas alimenticias pasó a ser la caza mayor del reino.


Era evidente que preferías hablar de los tiempos antiguos. El presente es siempre un incordio difícil de entender. Como me dijiste en el autobús, algún día no seremos más que una sombra olvidada bajo el resumen sintético de estos últimos cincuenta años de país. Los libros de historia hacen con los tiempos lo que los novelistas con los personajes de ficción, dotar a su vivencia de una lógica de la que se carece. Eso lo aprendí del periodismo, que es un arte urgente para explicar como lógico lo que acaba de suceder. Es otra rama de la ficción literaria. Como los cronistas deportivos, que explican por qué ha ganado el que ha ganado. Siempre acertamos pero después del partido, así que no somos más que pitonisos sin riesgo, videntes a tiro pasado.

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