Archivo fotográfico: Poetas

Dámaso Alonso, Luis Cernuda, Federico García Lorca y Vicente Aleixandre.
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Álbum de librerías incompleto 283

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“No es bueno pensar que la historia es cíclica, porque nos apocamos”. Entrevista a David Uclés | Letras Libres

El autor de «La península de las casas vacías» habla sobre la escritura, Unamuno y la peor palabra en el diccionario.

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Lectura: ‘El día del lobo’, de Antonio Soler

Antonio Soler (Málaga, 1956) raúl doblado

Crítica de: ‘El día del lobo’, de Antonio Soler: el ‘Guernica’ de Málaga hecho novela

Narra la matanza de centenares, quizá un millar, de ciudadanos republicanos, población civil de familias enteras con críos, que huían de las tropas de Queipo de Llano en la carretera que va de Málaga a Motril

Origen: Crítica de:: ‘El día del lobo’, de Antonio Soler: el ‘Guernica’ de Málaga hecho novela


Textos

Había una vez una ciudad quemada y un invierno frío. Saliendo de esa ciudad había una carretera serpenteante con largas cañas de azúcar a los lados. Y las cañas formaban un pasillo por el que andaban niños extraviados, personas asustadas y heridos. No se sabe cuántos eran los lastimados ni los niños perdidos. Los números fueron una batalla más dentro de la guerra. Así sucede siempre en ese asunto de carteristas de la Historia y usurpadores profesionales de la verdad. También de almas bienaventuradas, niños cándidos que continúan creyendo en hadas después de cumplir cuarenta años….

… Ese fue el cuento de mi infancia. El más impresionante. El cuento que siempre le pedía a mi abuela materna que me contara. Su viaje al infierno. Allí siempre estaba el lobo acechando. Mostrando los colmillos afilados, su semilla de sangre. El lobo que vino todos los días. No había encantamientos, brujas ni monstruos de tres cabezas que pudieran compararse con aquella historia.


ntentan seguir el compás de la vida, de ese mundo que es más extraño que nunca y que al mismo tiempo se muestra más real, más descarnado. El mundo que impone una separación dictada por la decisión de unos hombres a los que les ponen cara, como si fueran los amos de su destino. Emilio Mola, Francisco Franco, Gonzalo Queipo de Llano. La decisión que esos hombres tomaron meses atrás en cuarteles lejanos, en conversaciones telefónicas y mensajes cifrados y que ahora, en ese dormitorio, se manifiesta como el mandamiento de un dios tan despótico como inevitable. No importa que no creen en él ni que sean enemigos de su religión. Sus ángeles negros han descendido, o ascendido, a la tierra y marcan el camino de su existencia y el de millones de personas que, al igual que ellos, tan ingenuamente como ellos, pensaban que eran los dueños de sus vidas.


Es solo el comienzo, un suave y leve comienzo para lo que está a punto de desencadenarse. Más o menos el infierno, más o menos las dentelladas de un lobo extremadamente poderoso y extremadamente hambriento, con mandíbulas de acero tronzando, masticando y escupiendo la carne de los despavoridos niños que corren ante sus rugidos. Niños pequeños que apenas saben andar, niños varones de cuarenta años, niños mujeres de edad provecta, niñas púberes, impúberes, niñas soldados, niñas inválidas, niños milicianos experimentando el sabor dulzón del terror puro, la inminencia de la muerte y el descuartizamiento flotando a su alrededor como una mariposa juguetona que va y viene sin rumbo fijo y cuyo roce acarrea la muerte.


Mi madre y las tardes huecas de las que una vez me habló. Ella también tenía la mirada fija en una ventana por la que bajaba el sol con lentitud de araña, las manos como un cuenco, sin dios al que poder orarle ni ofrecerle penitencia, su voz a veces cruzando la estancia, dónde estás, como una ciega hablándose a sí misma, a mi padre, quinientos kilómetros al norte por una tierra llena de hierro y escombros


Ellos, como Jonás, eran el símbolo de la desobediencia a las alturas y del castigo que acarrean la rebeldía y la insubordinación, el desacato a los preceptos de la vida virtuosa que ahora predicaba y hacía cumplir el patriarca Arias Navarro, Carnicero, Carnicerito de un apocalipsis cuartelero y mezquino, juez supremo de la miseria, Administrador Primero del Miedo. Lacayo de su amo. Afilando cuchillos, llamando a las puertas de la noche y llevándose a gente de la que nunca más volvió a saberse hasta que fueron encontrados en un descampado, sin orejas, lengua, testículos o pezones. O tal vez sí, tal vez se logró conocer su suerte cuando su nombre apareció en la lista sucia del penal y lo único que quedaba de su persona era el pequeño hato, una camisa, un vestido arrugado, dos alpargatas o un reloj con la hora quieta. Legionarios, falangistas, regulares, guardias civiles, voluntarios del terror, espontáneos, aficionados a la purga, chivatos, justicieros, hijos y esclavos de la venganza y el rencor, toda la orquesta tocando pomposamente a difuntos, reclamando la sangre purificadora, regando la tierra en abundancia, como reclamaba el buen patriarca Francisco Franco con sus galones ganados en África, bendecidos todos por los capellanes castrenses y los obispos con muelle bajo el brazo, las sotanas ondeando al viento negro, las nuevas banderas con la calavera estampada y el crucifijo oscilando en el bondadoso pecho como un péndulo macabro. Era el tiempo de la fe y los asesinos, la bendición apostólica que había venido a sustituir ya reparar el cacareo revolucionario y la escabechina igualitaria con una paternal, ejemplar y firmísima mano de hierro, amén.

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‘Andar’: locos por (y con) Bernhard

El escritor austriaco Thomas BernhardWikimedia Commons

Contraseña reedita esta novela breve que condensa el estilo único del escritor austríaco

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Faulkner. Vargas Llosa

Faulkner fue el primer novelista que leí con bolígrafo y papel en la mano, porque su técnica me dejó aturdido.

Mario Vargas Llosa

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Corina Oproae, escondida entre palabras

La escritora Corina Oproae, ganadora del Premio Tusquets con ‘La casa limón’. / Ivan Giménez

Con su primera novela, ‘La casa limón’, escrita en castellano, la poeta de origen rumano se ha alzado con el Premio Tusquets

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Félix Romeo, ¿Por qué escribo?


Escribo porque tengo miedo: antes cuando tenía miedo me metía debajo de la cama. Escribo para levantarme cuando quiera. Escribo para acostarme cuando quiera. Escribo para imponer mi versión de los hechos. Escribo por envidia. Escribo por fascinación. Escribo para ser feliz. Escribo para ganar dinero. Escribo para saber cómo escribo. Escribo para que publique lo que escribo. Escribo para seducir. Escribo para ser apreciado. Escribo para existir. Escribo para ser visible. Escribo para despertarme cada día en un lugar del mundo. Escribo para que me insulten. Escribo para seguir vivo. Escribo para no matarme. Escribo para saber lo que pienso. Escribo para mentir. Escribo porque soy feliz.

Félix Romeo
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Recopilación de textos fotografiados. Carlos G. Munté

Carlos G. Munté, «Esplendores mínimos»

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La memoria. Antonio Gamoneda

La MEMORIA es mortal.
Algunas tardes, Billie Holiday pone su
rosa enferma en mis oídos.

Algunas tardes me sorprendo
lejos de mí, llorando.

Arden las pérdidas

Antonio Gamoneda
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