En la vida una circunstancia pide otra; hay una lógica en los acontecimientos y en los lugares. La visión de una pérgola agradable suscita en nuestra imaginación el deseo de sentarnos en ella. Un l…
El libro existe de por sí, lleva su ser propio, tiene su hueco, tiene su ausencia, tiene su amor. Recoge la voz y la irradia, recoge la indiferencia como si fuera, no sé, un extraño ser animado. Nos acompaña su ausencia, nos sobrecoge su presencia. Y puede suceder lo más increíble: que solamente por tener un libro cerca, tocándolo, se comience ya a saber lo que contiene. Una manifestación singular, diferente y distinta de todos los demás seres […]. El libro es un don que no se gasta, moneda que da la mano, moneda que está en la mano. Quizá se puede perder, pero lo que está en el alma se pierde si no se da, dijo por entonces el poeta Antonio Machado. El libro aún tiene algo indeleble, un perfume que, cuanto más se aspira, como el de ciertas flores, se acrecienta. El libro tiene olor, perfume, impregna las paredes y está lleno de amor. Y para aquel que lo recibe por primera vez, resulta de una tal conmoción, con tal devoción es recogido entre las manos, que es como un ser. Un don, al mismo tiempo, del cielo y de la tierra, que trae un mundo lejano y misterioso que se hace propio, que se hace íntimo, una lejanía misteriosa que entra en la intimidad.
Por su inusual fuerza narrativa, Núria Bendicho recuerda a Faulkner y al mejor Delibes en su primera una novela, finalista del premio Llibres Anagrama en 2021
Para mí, escribir es un alimento y una necesidad,un lugar para comunicarme conmigo mismo, para meditar y estar a solas sin estar en soledad: un tercer espacio, como lo llama Winnicott, entre uno mismo y el mundo (…) He sido un hombre que siempre está a punto de entrar en una habitación y ponerse a escribir. Es donde preferiría estar la mayor parte del tiempo. Algunas veces pienso que todo lo demás –y todos los demás– no es más que un estorbo en el camino...
No reconozco ninguna muerte. Y, así, los que han muerto siguen vivos para mí, no porque me exijan nada, ni porque les tema, ni porque pudiera pensar que algo de ellos perdura, sino porque no deberían haber muerto. Todas las muertes ocurridas hasta ahora constituyen un asesinato legal múltiple cuya legalidad no admito. ¿Qué me importan los precedentes sin número? ¿Qué me importa que ni uno solo siga vivo? Los ataques de Nietzsche son como aire emponzoñado, pero un aire que no puede hacer me daño. Lo exhalo ufano y desdeñoso, y me compadezco de él por la inmortalidad que le aguarda.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)