«No entres, llama a papá»: las mejores cartas de despedida de la historia de suicidas ilustres

Los cuerpos sin vida de Stefan y Lotte Zweig, en su casa de Petrópolis

Kurt Cobain lo hizo con poesía, Virginia Woolf con cierto toque pasivo-agresivo, Hunter S. Thompson como un viejo hastiado de la vida… Marc Caellas recopila despedidas reales en ‘Notas de suicidio’

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Álbum de librerías incompleto 197

Librairie Ptyx , Bruxelles

Librería Selexyz Dominicanen. Maastricht
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Juan Antonio Masoliver Ródenas: ‘La plenitud del vacío’, el amor en la vejez

El escritor Juan Antonio Masoliver Ródenas, en 2017 en su casa en El Masnou (Barcelona).©CONSUELO BAUTISTA

Los poemas de Juan Antonio Masoliver Ródenas hablan con un tono sombrío por la certeza de la muerte sobre la complicidad carnal y emocional con la amada

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Carlos Drummond de Andrade: Consideración del poema

No rimaré la palabra sueño
con la inconveniente palabra empeño.
La rimaré con la palabra carne
o con cualquier otra, que todas me convienen.
Las palabras no nacen amarradas,
saltan, se besan, se disuelven,
en el cielo libre apenas un dibujo,
son auténticas, amplias, puras, insuperables.


Una piedra en medio del camino
o apenas una huella, no importa.
Estos poetas son míos.
Con todo orgullo, con toda precisión
se incorporaron a mi fatal lado izquierdo.
Robo a Vinicius su más límpida elegía.
Bebo en Murilo.
Que Neruda me dé su corbata llameante.
Me pierdo en Apollinaire. Adiós, Maiakovski.
Todos son mis hermanos, no son periódicos
ni deslizar de lancha entre camelias:
es toda mi vida que aposté.


Estos poemas son míos. Es mi tierra
y es aún más que ella. Es cualquier hombre
al mediodía en cualquier plaza. Es la lámpara
en cualquier pensión, si todavía las hay.
—¿Hay muertos? ¿hay mercados? ¿hay dolencias?
Es todo mío. Ser explosivo, sin fronteras,
¿por qué falsa mezquindad me rasgaría?
Que se depositen los besos en la faz blanca,
en las nacientes arrugas.


El beso es todavía una señal, aunque perdida,
de la ausencia de comercio,
boyando en tiempos sucios.


Poeta de lo finito y de la materia,
cantor sin piedad, sí, sin frágiles lágrimas,
boca tan seca, pero ardor tan casto.
Dar todo por la presencia de los lejanos,
sentir que hay ecos, pocos, pero cristal,
no roca apenas, peces circulando
bajo el navío que lleva este mensaje,
y aves de pico largo confiriendo
su derrota, y dos o tres faroles,
¡últimos! esperanza del mar negro.
Ese viaje es mortal, y comenzarlo.
Saber que hay todo. Y moverse en medio
de millones y millones de formas raras,
secretas, duras. Ése es mi canto.


Es tan bajo que ni siquiera lo escucha
el oído a ras del suelo. Pero es tan alto
que las piedras lo absorben. Está en la mesa
abierta en libros, cartas y remedios.
Se infiltró en la pared. El tranvía, la calle,
el uniforme del colegio se transforman,
son olas de cariño que te envuelven.


¿Cómo huir al mínimo objeto
o recusarse al grande? Los temas pasan,
yo sé que pasarán, mas tú resistes
y creces como fuego, como casa,
como rocío en los dedos,
en la hierba, que reposan.


Ahora ya te sigo a todas partes,
y te deseo y te pierdo, estoy completo,
me destino, me hago tan sublime,
tan natural y lleno de secretos,
tan firme, tan fiel… Como una lámina,
el pueblo, poema mío, te atraviesa.

Carlos Drummond Andrade

(A través de «Patricia Damiano»)

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William Faulkner y el rostro de los japoneses. Juan Cruz

Un volumen reúne cuatro décadas de entrevistas con el Nobel estadounidense, que llenaba sus respuestas de pistas falsas

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Lectura: ‘Independencia’, de Javier Cercas

Javier Cercas. / MARTA PÉREZ / EFE

Crítica de ‘Independencia’, de Javier Cercas: de donde mana el poder

El escritor ha bordado en esta nueva peripecia de su ‘mosso’ Melchor Marín el mejor engranaje narrativo de su trayectoria

Origen: Crítica de ‘Independencia’, de Javier Cercas: de donde mana el poder


Textos

»Mi padre decía que Cataluña siempre ha estado en manos de un puñado de familias. Ellos mandaban antes del franquismo, mandaron durante el franquismo, mandan después del franquismo y mandarán cuando tú y yo estemos muertos y enterrados… El dinero es una cosa mágica, una cosa inmortal y trascendente. El dinero es la hostia. Es algo muchísimo más fuerte que el poder, porque el poder depende de él, y además sobrevive a todo, empezando por los cambios de poder. Bueno, pues mis tres amigos pertenecen a ese puñado de familias catalanas. Por eso yo me empeñé en ser amigo suyo. Y por eso me doy asco… ¿Seguro que no quieres un poco de whisky?


Te diré más. Los catalanes no sabemos hacer política. Sabemos hacer algunas cosas, pero política no. Haciendo política somos pésimos. ¿Y sabes por qué? Pues porque desde hace siglos el poder político no ha estado en Cataluña. Eso significa que estamos poco familiarizados con él, que no sabemos manejarlo, que en el fondo nos da miedo. Y también significa que, cuando lo tenemos, nos emborrachamos. Claro, el poder emborracha siempre, pero, si nunca lo has probado, emborracha mucho más. ¿Te acuerdas del Procés? Parece que hayan pasado siglos de todo aquello, ¿verdad? Bueno, pues el Procés fue en parte, en grandísima parte, el resultado de una borrachera de poder…


—¿Ese fue el problema del Procés? —Exactamente. El problema fue que se nos escapó de las manos. Verás. —Da otro trago de whisky, chupa su puro y expulsa una nubecilla de humo que queda flotando en el bochorno estival de la terraza—. Nosotros teníamos en la Generalitat a nuestro hombre, que era Artur Mas. Un buen chaval. El heredero del patriarca Pujol y el chico de los recados de su familia. Uno de los nuestros, que hasta hablaba castellano en su casa, como nosotros. Pero las cosas se liaron y a Mas le echaron de la presidencia y dejó a Puigdemont, un don nadie de provincias que no pintaba nada y no tenía ni poder ni predicamento. Todos dábamos por hecho que Mas lo controlaría sin problemas, pero nos equivocamos. Porque Puigdemont era un creyente, un talibán que se tomaba completamente en serio lo que para nosotros era sólo un juego, una añagaza, una estratagema destinada a salir bien parados de la crisis. Para él no era así: él estaba dispuesto a llegar hasta donde hiciera falta, o tenía más miedo de no hacerlo que de hacerlo. Total, un desastre.


Entonces, por un instante, cruza la mente de Melchor una idea peregrina, que durante ese lapso de tiempo infinitesimal le parece, sin embargo, la idea más natural del mundo. Piensa que, dado que Vivales está despierto, podría llamarle por teléfono, hablar con él y forzar entre los dos una intimidad que nunca se ha atrevido a buscar y que, piensa, sería más fácil encontrar a aquellas horas improbables de la madrugada, a muchos kilómetros de distancia el uno del otro, ambos sumidos a oscuras en su respectiva soledad (Vivales en la soledad insomne de su cuarto de eterno solterón, él en la soledad de un coche que circula por un valle remoto de montaña, persiguiendo a una mujer atormentada que huye no se sabe hacia dónde), podría hablarle a Vivales de lo que nunca le ha hablado, piensa Melchor, de su madre y su infancia de huérfano e hijo de prostituta en el barrio de Sant Roc y de todos los padres espectrales que, igual que fantasmas o platillos volantes, inquietaron las madrugadas de su infancia —el hombre que taconeaba con pasos de propietario en el pasillo de su casa, el que caminaba de puntillas tratando de pasar inadvertido, el que tosía y expectoraba como un enfermo terminal o un fumador impenitente, el que sollozaba sin consuelo tras un tabique, el que contaba historias de aparecidos o el que salía al amanecer abrigado en su chaquetón de cuero—, piensa que podría buscar o forzar esa intimidad y preguntarle a Vivales lo que nunca se ha atrevido a preguntarle, y es si, a pesar de que siempre ha sido incapaz de poner su rostro a ninguno de esos rostros invisibles, él es su padre.

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Crítica: «Mis días con los Kopp». Xita Rubert

Xita Rubert, la nueva promesa literaria viene dispuesta a cuestionarlo todo | Cultura | EL PAÍS

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Esto es la vejez. Sandor Marai

Uno envejece poco a poco, primero envejece su gusto por la vida, por los demás, ya sabes, todo se vuelve tan real, tan conocido, tan terrible y aburridamente repetido… Eso también es la vejez. Cuando ya sabes que un vaso no es más que un vaso. Y que un hombre no es más que un hombre, un pobre desgraciado, nada más, un ser mortal, haga lo que haga… Luego envejece tu cuerpo, no todo a la vez, no, primero envejecen tus ojos, o tus piernas, o tu estómago o tu corazón. Envejecemos así, por partes. Más tarde, de repente, empieza a envejecer el alma: porque por muy viejo y decrépito que sea ya tu cuerpo, tu alma sigue rebosante de deseos y de recuerdos, busca y se exalta, desea el placer. Cuando se acaba el deseo de placer, ya sólo quedan los recuerdos, las vanidades, y entonces sí que envejece uno, fatal y definitivamente. Un día te despiertas y te frotas los ojos, y ya no sabes para qué te has despertado. Lo que el nuevo día te traiga, ya lo conoces de antemano: la primavera, el invierno, los paisajes, el clima, el orden de la vida. Ya no puede ocurrirte nada imprevisto: no te sorprende ni lo inesperado, ni lo inusual, ni siquiera lo horrendo, porque ya conoces todas las posibilidades, ya lo tienes todo visto y calculado, ya no esperas nada, ni lo bueno, ni lo malo… y esto precisamente es la vejez.

Sándor Marai

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Muere Domingo Villar, el hombre tranquilo que revolucionó la novela negra española

Domingo Villar, en las calles de Santiago de Compostela en abril de 2019.ÓSCAR CORRAL

El escritor vigués, padre del inspector Leo Caldas, ha fallecido a los 51 años tras sufrir un infarto cerebral

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Reflexiones. Robert Fulghum

Creo que la imaginación es más fuerte que el conocimiento. Que el mito es más potente que la historia. Que los sueños son más poderosos que los hechos. Que la esperanza siempre triunfa sobre la experiencia. Que la risa es la única cura para el dolor. Y creo que el amor es más fuerte que la muerte.

Robert Fulghum.

(a Través de «Literland»)

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