Os reíais como locas. Teníais las piernas largas, las tetas grandes, el vientre plano. No: estabais gordas. Veníais de hogares rotos, de familias adineradas, vuestros padres estaban locos el uno por el otro. Vuestro padre era contable, miembro de un kibutz, un sintecho, profesor de Lingüística en la universidad. Os quería como se quiere a la hija pequeña. Fuisteis hijas únicas. Crecisteis en una familia cargada de hijos; tras años de tratamientos, os adoptaron. Inmigrantes de Etiopía. Se os daban bien las Matemáticas; os especializasteis en contabilidad. Literatura hebrea. Kinesiología. Queríais trabajar con niños, ser abogadas; vuestra madre era toxicómana (logró curarse por sus propios medios); tuvisteis un tío médico. No: estuvo preso por intento de asesinato. Erais rubias y en verano se os quemaban las puntas del pelo. No: teníais la melena negra, rizada. Nacisteis en San Petersburgo. No no: vuestros padres llegaron de Estados Unidos, nacisteis en una granja, solíais contestarles en hebreo cuando os dirigían la palabra en una babel de idiomas. Hablasteis ruso hasta los siete años y luego lo olvidasteis; tampoco recordáis la nieve. El hebreo fue la única lengua que aprendisteis. Os negabais a responderles a vuestros abuelos cuando os hablaban en amárico. Simulabais no comprender. Vuestro padre, el contable, os violó en su oficina. Vuestra abuela guardó la llave desde la guerra del 48. Fuisteis la nieta exitosa, la niña más preciosa del jardín de infancia, vuestros ojos adquirían una tonalidad violeta cuando os enfadabais, cuando insistíais en cerrar los ojos en el primer beso. Follabais. Nunca os corríais. ¡No!, os corríais todas y cada una de las veces. Odiabais tragároslo, pero lo hacíais siempre. Os gustaba tanto que, en plena acción, os ibais al baño para meteros los dedos en la garganta y así poder saborearlo de nuevo. Lo escupíais. Al cabo de dos meses os arrojasteis de lo alto de un edificio. Os ingresaron en un psiquiátrico. Llegasteis a la sala de guardia con los electrolitos bajos y el hígado destrozado, pero lograron salvaros en el último momento. Tuvisteis suerte. Estuvisteis una semana en cuidados intensivos y luego regresasteis. Teníais dinero. Comprabais ropa elegante. Juguetes para vuestros sobrinos. Esponjas anticonceptivas para poder trabajar sin interrupciones durante todo el mes. Cuando os topabais en el coche -una subiéndose; la otra bajándose- no sonreíais. Reíais. Vuestras risas eran tan estruendosas que los vecinos se hartaron. Fingíais gemir mientras llorabais con amargura. Sí: llorabais con amargura. Cuando regresabais a casa y os quitabais el maquillaje, éste se mezclaba con vuestras lágrimas de felicidad. Cuando salíais con vuestros amigos de la infancia, pedíais primero bebidas baratas y luego pasabais a las más caras. No teníais amigos. Tuvisteis un novio que era programador informático; trabajabais sólo cuando le tocaba estar de reservista o viajaba al extranjero por motivos de trabajo. Hablabais de quedaros embarazadas, pero tomabais anticonceptivos sin decirles nada. Os gustaban las mujeres. Os gustaban los hombres. Mucho. No os gustaba nadie. Erais guapas, teníais un cutis normal, pecas, los labios secos y os cortabais las uñas hasta sangrar, pues temíais lastimar a alguien. No queríais herir a nadie. Queríais matarlos a todos, queríais gritar y hubo una vez que gritasteis. Ése fue, sin embargo, un error que nunca repetisteis. Cerrabais el pico. Echabais polvos en los baños públicos, en las discotecas, en las escaleras de la torre del socorrista de la playa, en un hotel de lujo, en vuestras camas. Con la misma desenvoltura con la que os montabais en un coche que os aguardaba todas las noches, os bajabais. ¿Qué podíais perder? No teníais nada.
Detesto la vulgaridad del realismo en la literatura. Al que es capaz de llamarle pala a una pala, deberían obligarle a usar una. Es lo único para lo que sirve.
Oscar Wilde.
¡Reconozco que no hay ningún otro placer como la lectura! ¡No hay nada que canse menos que un libro!
Jane Austen
La literatura es esencialmente soledad. Se escribe en soledad, se lee en soledad y, pese a todo, el acto de la lectura permite una comunicación profunda entre los seres humanos.
Paul Auster
En mi pobre vida, tan llana y tan tranquila, las frases son aventuras
A la vuelta de Florencia, pensando en aquella frase del clochard cuyo nombre nunca supe, me acordé de lo que decían Augusto Monterroso y Bárbara Jacobs en el prólogo a aquella Antología del cuento triste que ellos compusieron en 1992: «Si es verdad que en un buen cuento se concentra toda la vida, y si es verdad, como creemos, que la vida es triste, un buen cuento será siempre un cuento triste».
Cuando empecé a leer Piranesi, supe de inmediato que me iba a encantar. Al mismo tiempo, no sabía a quién iba a poder recomendárselo. Estaba delante de algo muy evocador, pero totalmente diferente a una narrativa convencional…
A mí la realidad se me pega a la piel; yo sí me siento culpable, soy testigo y verdugo, soy consciente, un ojo insomne, un ojo sin párpados.
La escritura es la forma que tengo de tejer los lazos invisibles a los que no he sabido o podido aferrarme en la realidad. No es un refugio; es, por el contrario, un pasillo por el que acceder a las habitaciones cerradas de mi vida, como individuo y como parte de la sociedad.
Me fascina el poder de invocación de las palabras. Decir, por ejemplo “no hay una tetera sobre la mesa”, y sin embargo forzar así a la gran mayoría de este auditorio, no solo a elegir una tetera, s…
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)