Los seres humanos se relacionan con los libros, en particular con las novelas con una intimidad que no se aplica a los demás objetos inanimados (…) Los libros se registran no solo como pensamientos articulados en el lector, sino también como emoción, shock, dolor, sorpresa, placer, alivio. Hasta que el lector no devuelve a la estantería el libro, este no recupera su condición de mero objeto, e incluso entonces la historia puede vivir en él como un recuerdo, que se evoca no como un largo recitado de frases encadenadas una tras otra, sino como imágenes y sentimientos que la obra ha dejado a su paso. Un libro querido permanece en el lector como un fantasma, con resonancias tanto conscientes como inconscientes.
Aunque el pasado 19 de febrero celebramos el centenario del nacimiento de Carson McCullers (1917-1967), y el próximo 29 de septiembre conmemoraremos los
Tiempo después, aquella sonrisa permanecería en el recuerdo de Clara intacta y precisa, por encima de todas las demás. Su padre era el rey de las sentencias y de los aforismos, de las profesiones de fe y de las teorías alambicadas, elaboradas a partir de fórmulas matemáticas que se divertía aplicando a las vicisitudes de la vida cotidiana. Sin embargo, aquella noche había querido decir unas palabras tan sencillas que se le habían ido de la cabeza. Había querido decir: Ten cuidado. Apenas unos meses después, estaba muerto.
Desde un punto de vista más íntimo -un tema del que nunca hablaba en público-, Clara se había enamorado en dos ocasiones. Y en las dos había acabado renunciando. Una sensación, una disposición, una debilidad propias del enamoramiento, un estado físico, fisiológico, que denotaba ciertas expectativas, o cierta dependencia, o una simple alteración del ánimo, un estado que le daba la impresión de reducir sus facultades en lugar de ampliarlas, acababa siempre por cortarle las alas. Entonces aparecía el miedo, un miedo cerval, irracional, que la llevaba a distanciarse. De su última relación, la más intensa, la más obsesiva, no quedaba más que una correspondencia vía email. Clara escribía correos al hombre que había amado y este, tras varios meses de silencio, había empezado a responderle.
Creían que el Gran Hermano se encarnaría en una potencia exterior, totalitaria, autoritaria, contra la cual habría que rebelarse. Pero el Gran Hermano no había tenido ninguna necesidad de imponerse. El Gran Hermano había sido acogido con los brazos abiertos y el corazón ávido de likes, y cada cual había aceptado ser su propio verdugo. Las fronteras de lo íntimo se habían desplazado. Las redes sociales censuraban las imágenes de tetas y culos. Pero a cambio de un clic, de un corazón, de un pulgar levantado exponíamos a nuestros hijos, a nuestra familia, contábamos nuestra vida. Cada cual se había convertido en el administrador de su propia exhibición, y esta se había vuelto un elemento indispensable para la realización personal,
A lo largo de todos aquellos años, Sammy había encajado los insultos, las parodias y los motes. Oleadas de odio y de sarcasmo. Sin replicar jamás. Como si nada pudiera hacerle dudar. Explicaba a quien quisiera oírlo que estaba labrándose un futuro. Que sería famoso y ganaría mucho dinero.
Ferlosio fue un pensador a la contra de la opinión común, del tópico, de la pereza intelectual. Un infatigable impugnador de la doxa, la idea acríticamente aceptada.
La esperanza fracasa muchas veces, el dolor jamás. Por eso algunos creen que más vale dolor conocido que dolor por conocer, creen que la esperanza es ilusión, son los ilusos del dolor.
Lo que le ocurrió a Kafka es lo mismo que me ocurrió a mi: Él se aisló demasiado en la soledad y sabía; el debió de saberlo, «que de ahí no regresa nunca nadie».
Son personajes de ficción, creo. No son personas reales. Apenas hay elementos autobiográficos, la mayoría de detalles autobiográficos son lugares, escenas y ambientes. Creo que no se suele entender lo limitada que es la experiencia de los artistas, todo el mundo se imagina que tienen experiencias sin límite. A mí me parece que son miopes como topos, porque cuando limitas tu campo de actuación a tus propias capacidades resulta sorprendente lo poco que sabes de la vida. Suena paradójico, pero creo que es verdad. Me temo que potenciar los dones también potencia los defectos. Uno de mis principales problemas es la visión defectuosa: no puedo reconocer, por ejemplo, ninguna de las flores silvestres de las islas griegas sobre las que escribo con tanta pasión, tengo que buscarlas. Dylan Thomas me dijo una vez que los poetas sólo reconocen dos aves: el petirrojo y la gaviota, así me lo dijo, y el resto de aves tiene que buscarlas. Así que no soy el único que tiene mala vista, lo cual me obliga a comprobar todo el tiempo mis propias impresiones.
Lawrence Durrell
Entrevista con Lawrence Durrell (“The Paris Review”. 1953-1983)
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)