José Lezama Lima

Nació en 1910. Tuvo cinco pasiones; la literatura, la conversación, la vida sedentaria, la comida y el tabaco. Alguna llevaba implícita en sí su meticulosa ruina. A los escritores les recomendaba no dejar pasar ni un día y envejecer mil años cada noche. En cuanto a él, desarrolló una prosa capaz de humillar el lujurioso castellano del viejo Quevedo. «Paradiso», laberíntica novela que algunos han comparado a una alcachofa, planta de diseño leonardesco, la proyectó en un tiempo tan distante al de los lectores que hoy en día todavía la llaman futuro.

Se sabe que era capaz de conversar durante días sobre todo aquello que abarcaba su ilimitada erudición (es inútil añadir que en presencia de la más completa enciclopedia la erudición de uno se reduce a copiosa ignorancia). Se sabe que no aprendió nunca a pronunciar correctamente las palabras extranjeras inglesas o francesas, y que cuando se sentaba ante su escritorio tropezaba regularmente con una puntuación curiosamente irregular: algunos atribuyen razonablemente estos balbuceos a la caprichosa respiración que le provocaba su asma crónico.

A los diecinueve años se estableció en aquella dirección que pasó a la leyenda:calle Trocadero, 162, bajos, La Habana Vieja, Cuba. Desde entonces salió de la isla apenas dos veces. A quien le preguntaba por qué no viajaba nunca, le respondía que era ésa, no moverse de casa, su manera de resucitar.

Los placeres de la mesa, a los que no renunció nunca, le acarrearon la molestia de la obesidad. Los del tabaco le complicaron el asma, pues aunque daban un respiro a su «alma», en realidad dificultaban dolorosamente su respiración. Fumaba cada día dos o tres de aquellos «puros» que llevaban el nombre de su ciudad. Murió el 9 de agosto de 1976 en el Hospital Militar de La Habana. En el pabellón dedicado a José Elías Borges, mártir de aquella Revolución a la cual él se adhirió, al menos sentimentalmente.

Eugenio Baroncelli. Doscientas sesenta y siete vidas en dos o tres gestos

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