Lectura de Karl Ove Knausgård. Sergio del Molino

Sal en los ojos

Había quedado con uno de esos editores salvajes que leen todo antes de que lo lean los demás. Llegué pronto, pedí una cerveza y abrí el libro que llevaba. Al poco, llegó el amigo editor, y antes de saludarme, antes siquiera de verme, me preguntó qué andaba leyendo. Era «La muerte del padre», que acababa de salir en Anagrama de forma un tanto discreta aún. Pocos sabían en España quién era Karl Ove Knausgård, no se había difundido su leyenda, no había enamorado a nadie con sus retratos de vikingo tímido. El editor, por supuesto, estaba al corriente, lo había leído en inglés. «Es fatigoso», dijo, decepcionado por mi gusto. Y yo lo entendía. Sí, Knausgård es fatigoso, aunque también adictivo. Comprendo a sus críticos, los que lo abandonan en la página 50 irritados por su forma de narrar puntillista y a menudo gélida, pero no entiendo que ellos no entiendan a quienes lo leemos con mueca de bulímico. Aún no sabía que Zadie Smith hablaba de él como de una droga, pero yo lo sentía así. No podía dejar de leer. De hecho, mi plan (mi deseo de yonqui) era volver al libro en cuanto me quedara solo. Ha sido así con las tres novelas de la serie autobiográfica «Mi lucha» que se han traducido al castellano («La muerte del padre», «Un hombre enamorado» y «La isla de la infancia»). No las he leído, sino que me he empachado de ellas como me atiborraba de pipas cuando era niño. Y, al final, en los ojos me ha quedado una sensación muy parecida a la que dejaba la sal de los frutos secos en la lengua.

He descubierto que a algunas personas de mi generación les pasa lo mismo. Hay algo en la forma en que Knausgård se expone y expone a quienes se cruzan con él que se parece al vértigo del suicida. Se podrá decir que no es para tanto, que, en la era Facebook, todo el mundo camina desnudo y hasta con las carnes abiertas, pero sabemos que no es así, que las redes sociales no exponen la intimidad, sino que la banalizan. Knausgård trabaja el recuerdo de una forma tan cruda y detallista (con un detallismo inverosímil: nadie puede recordar tantas texturas, colores y gestos de una comida con un amigo sucedida cinco años atrás), que nos hace partícipes de su angustia, su condición y sus muchas frustraciones. En un registro muy distinto, la identificación es muy parecida a la de las películas de Woody Allen, donde el retrato de una forma de vida en un aquí y un ahora va tejiendo una complicidad de la que no se puede escapar.

Porque, como en el ejemplo de Woody Allen, la primera víctima de Knausgård es el propio Knausgård. La forma despiadada en que se mira y se juzga a sí mismo le da fuerza y razón cuando traslada esa misma dureza a los demás. Y alguien que se maltrata, que duda de ser buen padre, que admite que sus hijos pequeños le sacan de quicio y se siente mal por ello, que derrocha, que no sabe cómo manejar la relación con un padre que muere a destiempo, que no está seguro de tratar bien a su pareja y que se presenta muy a menudo en horas bajas, ridículas o incluso miserables, acaba adquiriendo una redondez humana digna de un abrazo. Un abrazo que, lo sabemos, nos estamos dando a nosotros mismos. Quisiéramos ser tan implacables como Knausgård, reconocernos tan falibles e idiotas como él se retrata. En un mundo tan de mentira, de vendedores de humo y de gente que camina de puntillas, leer a un narrador que escribe a pecho descubierto es adictivo. Yo no puedo apartar la vista, como no puedo dejar de comer pipas.

Sergio del Molino

Sergio del Molino. El Mundo

 

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