Howard Phillips Lovecraft

Nació en 1890 en Providence, caballero de la antigua burguesía de Nueva Inglaterra. Nadie le vio jamás reír o llorar, montar en cólera o caer en la depresión. En mayo de 1908 sufrió un colapso nervioso y quedó aletargado como los osos. Sólo hablaba con su madre y sólo utizaba monosílabos. Guardaba cama todo el día y durante toda la noche vagaba por la casa sin hacer nada. Diez años después, cuando al fin resucite de esa vida, arrastrará en su alma las consecuencias de las lesiones por congelación. Comparó la edad adulta con el infierno y los sentimientos con dramas victorianos. Pensó que cada cosa, tanto vivir como morir, es unaa mísera peripecia sin sentido. Desde entonces tendrá siempre al alcance de la mano una botellita de cianuro, delicada como una sirena, en cuyo reclamo tampoco creía. Todo, hasta la indiferencia por este mundo, se dedicó a narrarlo. Escribió cientos de cartas, algunas tan largas como una novela corta, sólo para poner en conocimiento de sus destinatarios que no había ocurrido nada. Escribió relatos vertiginosos como un conjuro y minuciosos como una autopsia, en los que  «el elemento horripilante fundamental» es «cualquier progresión, irresistible y misteriosa, hacia un destino».

En abril de 1926, al volver a Providence, postrado por su fallido matrimonio con Sonia Haft Greene y por el«estomagante» Brooklyn, adonde se había trasladado a vivir: moderna Babilonia vendida a la astucia de «judíos con cara de rata» y a la fuerza bruta de «monstruosos mestizos de movimientos grotescos», su vida terminó por segunda vez. Ninguna mujer más, aparte de su amorosa tía Lillian Clark, que lo cuidará como una madre. No más de tres dólares a la semana para comer. Todo lo más, aunque despreciaba también a los latinos, el raro lujo de un plato de espaguetis con tomate y queso parmesano. Tenía el estómago arruinado por la miseria. Era enjuto y goloso, como Kant. Éste, que intentó crear una moral válida para todas las criaturas con uso de razón, y el otro él, que intentó aterrorizar a golpe de fantasía a cualquier lector dotado de razón. El mismo sueño heroico y paradójico: trascender la humanidad. La misma sospecha  al respecto de ambos: que no fuesen del todo humanos.

El 10 de marzo de 1937, vencido por un cáncer terminal de intestino, ingresó en el Jane Brown Memorial Hospital. Allí, impasible como siempre, afrontó elegantemente el trámite de la agonía. Sentado en la cama observaba la cristalera en la cual se agitaba una criatura de tre metros de alto, invisible a todos pero muy viva para él. Era el fruto de las alucinaciones producidas por el ayuno, por la morfina y por su infatigable imaginación.

Al quinto día murió. Sin arrepentimiento: no supo nunca qué era. Sin lágrimas; pues ¿de qué sirven?

Eugenio Baroncelli. Doscientas sesenta y siete vidas en dos o tres gestos

Eugenio Baroncelli. Doscientas sesenta y siete vidas en dos o tres gestos

 

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