Joyce. Correcciones

James Joyce.Finnegans Walke

Finnegans Walke, 1939,  James Joyce

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Joyce y el arte (I)

La cuestión esencial respecto a la obra de arte es saber cuán profunda es la vida de la que surge.

¡El arte no es un modo de huir de la vida! Todo lo contrario: el arte es la expresión suprema de la vida. Y el artista no es un tipo que ofrece al público el señuelo de un cielo mecánico: eso es lo que hace el sacerdote. El artista parte de la riqueza de su propia vida para crear.

El arte consiste en organizar la materia sensible y la inteligible con una finalidad estética.

Los artistas han de crear un arte nunca antes concebido, que prescinda de los principios que se aprenden en las escuelas y los talleres.

Nuestro objeto es la sensación, intensificada hasta lo alucinatorio.

Sabatini. Sobre la escritura. JoyceFederico Sabatini, Ed. Sobre la escritura. James Joyce, Alba

 

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Sobre la contradicción

Si extiendo una mano encuentro una puerta
si abro la puerta hay una mujer
entonces afirmo que existe la realidad
en el fondo de la mujer habitan fantasmas monótonos
que ocupan el lugar de las contradicciones
más allá de la puerta existe la calle
y en la calle polvo, excrementos y cielo
y también ésa es la realidad
y en esa realidad también existe el amor
buscar el amor es buscarse a sí mismo
buscarse a sí mismo es la más triste profesión
monotonía de las contradicciones
allí donde no alcanzan las leyes
en el corazón mismo de la contradicción
imperceptiblemente
extiendo la mano
y vivo.

Aldo Pellegrini

Aldo Pellegrini

(Através de Biblioteca Ignoria)

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Rayuela. Capítulo 7

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La carta que Camus envió a su profesor de Primaria

En 1957, a la edad de 44 años, a Albert Camus se le concedió el Premio Nobel de Literatura, pues su trabajo representa el conjunto de una obra que pone de relieve los problemas que se plantean en la conciencia de los hombres de hoy.

Camus elaboró una reflexión sobre la condición humana. Rechazando la fórmula de un acto de fe en Dios, en la historia o en la razón, se opuso simultáneamente al cristianismo, al marxismo y al existencialismo. No dejó de luchar contra todas las ideologías y las abstracciones que alejan al hombre de lo humano: lo que definió como la Filosofía del Absurdo.

Después de la muerte de su padre, él y su familia abandonaron Saint-Brieuc y se mudaron a Argel a casa de su abuela materna. Es en aquel país donde el escritor cursa sus estudios primarios alentado por sus profesores, especialmente por Louis Germain, a quien guardará total gratitud hasta el punto de dedicarle su discurso del Premio Nobel, pues fue él quien lo inició en la lectura de los filósofos, especialmente le dio a conocer a Nietzsche.

Luego de la entrega del Nobel, Camus sabía que era una buena oportunidad para expresar su gratitud, y escribió estas frases tan breves y poderosas, como muchas en sus libros, a aquél a quien le estuvo agradecido toda la vida: su profesor de primaria.

Camus

19 de noviembre 1957 

Querido señor Germain:

Dejé que la conmoción que me rodea en estos días calmase un poco antes de hablar con usted desde el fondo de mi corazón. Se me ha dado justo ahora un honor demasiado grande, uno que no solicitó ni solicité.

Pero cuando me enteré de la noticia, en lo primero que pensé, después de mi madre, fue en usted. Sin usted, sin la mano afectuosa que extendió hasta el pequeño niño pobre que yo era, sin su enseñanza y su ejemplo, nada de todo esto hubiera sucedido.

Yo no hago demasiado de honor que se me concedió. Pero por lo menos me da la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y siguen siendo para mí, y para asegurar que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que puso en él todavía vive en uno de sus pequeños escolares que, a pesar de los años, nunca ha dejado de ser su alumno agradecido. Te abrazo con todo mi corazón.

Albert Camus.

(A través de Cultura Colectiva)

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El honesto ciudadano

En la mesa contigua también come un hombre solo. Debe de ser viudo porque lleva una corbata negra, con la punta metida en el bolsillo de la camisa para que no se manche
En su opinión  es lamentable la escasez del espacio, tan exiguo en los restaurantes como éste.
-¿Usted se ha fijado? Pero bueno, ¿se ha fijado usted en lo pequeñas que son las mesas y que apenas hay espacio entre unas y otras?…etcétera.
Luego se queja de las prisas del camarero que circula sudoroso, cargado de platos: ¿a qué vienen tantas prisas para traerte el siguiente plato, cuando a él le sobra el tiempo? Luego considera el deterioro paulatino y general de las cosas, los servicios, las relaciones. ¡Todo va a peor!
 -En general, falta de respeto -concluye con un suspiro.
Pero la estrechez de los restaurantes, las prisas de los camareros y demás circunstancias degradantes no agotan su malestar, y también se queja de la globalización, de esos emigrantes que vienen a una Europa donde ya no hay empleo que ofrecerles, y una vez aquí no saben qué hacer:
-Vamos a ver, quiere usted decirme a qué vienen?
Mientras rezongaba contra en pésimo funcionamiento del mundo, este honesto ciudadano ha despachado un plato de raviolis y otro de cocido, acompañado todo con medio litro de vino tinto, y luego un platillo de naranjas al vino, un café y una copa de coñac…Y mientras bebía el coñac a sorbitos, con manotazos escépticos iba pasando las manchadas páginas del diario Sport.
 

Vidal-Folch. Lo que cuenta es la ilusiónIgnacio Vidal-Folch. Lo que cuenta es la ilusión. Destino

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El ruido

El ruido más triste, el ruido mas dulce,
el ruido que más locamente crece,-
lo hacen los pájaros en la primavera,
cuando se cierran las delicias de la noche,
en la linea entre marzo y abril-
esa frontera mágica,
más allá de la cual vacila el verano
en una cercanía casi demasiado celestial.

Emily Dickinson

Emily Dickinson

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El «yo» de Kafka y Proust

Avatar de calledelorcoCalle del Orco

Walter Benjamin

Hay algo que Kafka tiene en común con Proust y, quién sabe si este algo se encuentra también en algún otro lugar. Se trata del uso del “yo”. Cuando Proust en su recherche du temps perdu, Kafka en sus diarios, dicen “yo”, en ambos es por igual un yo transparente, un yo cristalino. Sus recámaras no tienen color local; todo lector hoy puede habitarlas y mañana abandonarlas. Observarlas y conocerlas por dentro sin tener que depender de ellas en lo más mínimo. En estos autores el sujeto adquiere la coloración protectora del planeta, que en las catástrofes venideras se pondrá gris.

Walter Benjamin
Apuntes hasta junio de 1934

Foto: Walter Benjamin

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Escribir

«13.15. Todos los tripulantes de los compartimientos sexto, séptimo y octavo pasaron al noveno. Hay 23 personas aquí. Tomamos esta decisión como consecuencia del accidente. Ninguno de nosotros puede subir a la superficie. Escribo a ciegas«. Estas palabras, escritas por un oficial del Kursk en un pedazo de papel, tienen la turbadora exactitud que pedimos a un texto literario. El autor está rodeado de bocas que exhalan un pánico que ni siquiera nombra. Él mismo debe de encontrarse al borde de la desesperación, pero no tiene tiempo ni papel para recrearse en la suerte. Ha de hacer, pues, una selección rigurosa de los materiales narrativos, y el resultado es esa obra maestra en la que, sin embargo, sólo cuenta aquello a lo que se puede asignar un número: la hora y la cantidad de hombres. En situaciones extremas, la literatura sale a presión, como por la grieta de una tubería reventada. El documento del oficial del Kursk es bueno porque es necesario. Mientras la muerte trepaba por sus piernas, ese hombre se entregó con fría vehemencia a la literatura. Y de qué modo.Naturalmente, lo que no dice ocupa más de lo que dice, pero lo ausente ha de aportarlo el lector, que es tan responsable de lo que lee como el escritor de lo que escribe. Sería absurdo comenzar una novela afirmando de un frutero que es bípedo. El lector tiene la obligación de saber que los fruteros son bípedos y que están dotados de cuatro extremidades con cinco dedos en cada una de ellas. Sin estos sobreentendidos primordiales, la escritura resultaría imposible.

Lo curioso es que un billete con cuatro líneas aparecido en el bolsillo de un cadáver responda de súbito a la vieja pregunta de para qué sirve la literatura. Sirve para contarlo. Todos aquellos que aspiran a escribir deberían recitar el texto del Kursk como una oración. Ser escritor, al menos cierto tipo de escritor, significa vivir rodeado de pánico percibiendo a tu alrededor bultos que pasan de un compartimiento a otro con los calcetines mojados. Y tú eres uno de esos bultos: aquel que, por encima o por debajo del miedo, está poseído por la necesidad de contarlo, aunque las posibilidades de que alguien lo lea sean muy escasas. Escribo a ciegas.

MillásJuan José Millás, El País, noviembre de 2000

(Texto escuchado ayer en la radio)

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Textos de la lectura de «Todo lo que hay»

—Tolstói era más joven, sólo tenía veintitrés.
—¿Cuando escribió qué?
—Infancia, adolescencia, juventud.
(…)

Deberías leer Infancia, adolescencia… Hay un maravilloso capítulo breve en el que Tolstói retrata a su padre, alto, calvo y con sólo dos grandes pasiones en la vida. Piensas que van a ser su familia y sus tierras, pero luego resulta que son los naipes y las mujeres. Es un capítulo extraordinario. 

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Un poco más arriba había una librería que le gustaba. El dueño era un cincuentón menudo que siempre vestía trajes buenos. Se contaba que era el hijo descarriado de una familia muy rica. Desde niño amaba la lectura, había querido ser escritor y hasta llegó a copiar a mano páginas enteras de Flaubert y Dickens. Imaginaba que algún día viviría en París, en un apartamento lleno de luz donde trabajaría en completa soledad, pero cuando se fue a vivir a París se sintió demasiado solo y nunca fue capaz de escribir nada.

 

Pidió una cerveza. Flotaba con el tiempo. Se veía reflejado en el espejo sombrío y plateado que había detrás de la barra, como se había visto años atrás cuando llegó a la ciudad, joven y ambicioso, con el sueño de encontrar su lugar y todo lo que ello implicaba. Se estudió en el espejo. Estaba a medio camino o quizá un poco más allá, según de dónde empezase a contar. Su vida real había empezado a los dieciocho, la vida que ahora llegaba a su cúspide. 

 

Ya no eran las mujeres de los hervideros centroeuropeos, aquellas madres y esposas exhaustas. Ahora eran mujeres refinadas y brillantes, como en la Viena del XIX, una estirpe femenina que daba lustre a Nueva York. Ya nadie las llamaba judías. Esa palabra evocaba un universo rabínico y beato, aldeas miserables en las estepas rusas. Eran mujeres sofisticadas, ambiciosas, instaladas en el centro de todo. Y su encanto. No había estado con ninguna. Sus vidas eran cálidas, no despreciaban los placeres o los bienes materiales. Podría haberse casado con una de ellas, haberse incorporado a ese mundo poco a poco, admitido como converso. Habría vivido entre ellos, en esa extraordinaria densidad familiar formada a lo largo de los siglos. Y habría asistido como uno más a las cenas de Pascua, a los cumpleaños y funerales, con la cabeza cubierta y un puñado de tierra en la mano para arrojarlo a la tumba. Casi lamentaba no haberlo hecho, no haber tenido la oportunidad. Pero al mismo tiempo no conseguía imaginarlo. Nunca habría encajado en ese mundo.

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