Cartas de amor VI

Zenobia, vaya usted haciéndose a la idea de casarse conmigo, no lo dude más, Zenobia, que yo estoy esperando su decisión como un hierro hecho ascua de amor y de anhelo. Ordene su pensamiento, llévelo como un cordero dócil, por el sendero en flor que va a mi alma. Allí tendrá un único paraíso terrenal y su paraíso celeste, pues que Dios estará con nosotros. ¡Venga hacía mí, Zenobia; no me deje solo, con los brazos abiertos tembloroso de deseo y trastornado de pasión! ¡Que el tiempo corra, que vuele, hasta llegar el día en el que usted me abra todo el tesoro de su vida interior! Entonces, echaremos el ancla en el puerto sosegado y pararemos el reloj de nuestra alegría, para siempre. ¡Zenobia, Zenobia, Zenobia! ¡Querría que mi voz llegara a usted a través de la noche estrellada! ¡Sea buena, sea fiel, sea tierna para mí! Ciérreme la herida y no me la entreabra una vez más. Adiós Zenoba, que sea usted todo lo feliz que sería si usted quisiera. Déjeme besarla desde aquí, locamente. Un beso, otro, otro, cien hasta morirme en su boca fría.

Juan Ramon y Zenobia

De Juan Ramón Jiménez a Zenobia Camprubí

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Álbum de Bibliotecas en construcción IV

Biblioteca destruída. Moscú

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Biblioteca Joe y Rika Mansueto, Universidad de Chicago, EE.UU.

4. Biblioteca Joe y Rika Mansueto, Universidad de Chicago, EE.UU.

 

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Diccionario alternativo de Andrés Neuman

Ahorro. Hibernación de la deuda.

Diablo. Personaje desconcertado ante la autosuficiencia humana por el mal.

Dios. Interjección exclamativa equivalente a «No lo puedo creer».

Ética. Moral sin púlpito.

Guerra. Momento en que la paz deja de ser rentable.

Ñ. Tecla sublevada ante el dedo yanqui.

Política. Campaña electoral ocasionalmente interrumpida por la acción del gobierno.

Quimioterapia. Segundo cáncer.

Xenófogo. Individuo al que le repugnan sus propios ancestros.

Zapping. Manifestación múltiple del pensamiento único.

Babelia. (Allí se citan a otros autores que redefinen otros conceptos)

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Las últimas palabras

Cuando un pájaro va a morir, su canto es sobrecogedor; cuando un hombre va a morir, sus palabras son sinceras.

Confucio

El famoso «Mehr Licht» [«Más luz»] de Goethe (suponiendo que dijera verdaderamente estas dos palabras, o que simplemente pidiera que abriesen los postigos) sugiere una aspiración mística a la sabiduría, al lado de la cual el «¿Dónde están mis gafas?» de Thomas Mann en su lecho de muerte no puede ya sino explicitar una muy prosaica inclinación moderna. En el momento de expirar, el truculento Brendan Behan tuvo aún el gesto de darle las gracias a la monja que le refrescaba la frente: «¡Gracias, hermana, ojalá que sus hijos lleguen a obispos!».

Particularmente conmovedora me parece la muerte de la condesa de Vercellis, tal como la cuenta Jean-Jacques Rousseau, que fue testigo de ella, y a quien la vieja dama «le hizo apreciar la religión católica por su serenidad de espíritu y una pareja alegría», con las que no dejó de entretenerse con todo el mundo durante los dos últimos días de su vida. «Cuando dejó de hablar, ya en los estertores de la agonía, soltó un ruidosa ventosidad. “Bueno —dijo volviéndose—, mujer que se pede no está muerta”. Éstas fueron sus últimas palabras».

Pero las palabras del final más lamentables son las de Pancho Villa. Cogido por sorpresa en el momento de su ejecución, suplicó a un periodista que se encontraba allí presente: «¡No deje que acabe así! ¡Escriba usted que he dicho algo!». Pero éste, en lugar de inventar, como es su costumbre, se limitó a referir esta falta de inspiración en toda su desnudez. ¡Como para fiarse de los periodistas!”

Leys. La felicidad de los pececillosSimon Leys

 

 

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Toses…

Toses, ni que decir tiene, sobre todo por la noche, cuando tu cuerpo se encuentra en posición horizontal, y en esas madrugadas en que los bronquios están obstruidos más de la cuenta, te levantas de la cama, vas a otra habitación, y toses como loco hasta expectorar toda la porquería. Según tu amigo Spiegelman (el fumador más ferviente que conoces), siempre que alguien le pregunta por qué fuma, responde indefectiblemente: «Porque me gusta toser.»

Auater Diario de invierno

Paul Auster. Diario de Invierno

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Cartas de amor V

Me parece que atento gravemente contra mi corazón al intentar darte a conocer mis sentimientos a través de una carta. ¡Qué dichosa sería si pudieras juzgarlos atendiéndote a la violencia de los tuyos! Pero, aunque no debiera aludir a ti, perdona que te diga, con menos virulencia de la que siento, que no está bien que me maltrates, como estás haciendo, con un olvido que a mí me desalienta y a ti tendría que avergonzarte.

Mariana Alcaforado. Cartas de amorDe Mariana Alcaforado a su enamorado francés

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Espacios para la creación

Entorno espartano, sí, pero el ambiente nunca había tenido importancia en cuanto al trabajo se refería, pues el único espacio que ocupas al escribir tus libros es la página que tienes delante de la nariz, y el cuarto en el que estás sentado, las diversas habitaciones en que te has sentado en estos cuarenta años largos, te resultan invisibles cuando mueves la pluma a través de la página del cuaderno o transcribes a máquina lo que has escrito, con la misma máquina que utilizas desde que volviste de Francia en 1974, una Olympia portátil que compraste de segunda mano a un amigo por cuarenta dólares; una reliquia que sigue funcionando, fabricada en Alemania Occidental hace más de medio siglo y que sin duda seguirá prestando buenos servicios mucho tiempo después de que hayas muerto.

Auater Diario de invierno

Paul Auster. Diario de Invierno

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Historia de amor

En’l nombre de Dios fui a misa de mañana,
vi estar a la monja en oraçión loçana,
alto cuello de garça, color fresco de grana,
desaguisado fiso quien le mandó vestir lana.
 
¡Valme Santa María! mis manos aprieto;
¿quién dio a blanca rosa hábito, velo prieto?
Más valdríe a la fermosa tener fijos e nieto,
que atal velo prieto, nin que hábitos çiento.
 
[…]
 
Oteome de unos ojos, que paresçían candela:
yo sospiré por ellos, dis’ mi corazón: «¡Hela!»
Fuime para la dueña, fablome e fablela,
enamorome la monja, e yo enamorela.
 

 
(En el nombre de Dios fui a misa de mañana;
a la monja vi estar en oración, lozana,
alto cuello de garza, color fresco de grana,
¡desaguisado fue mandarle vestir lana!
 
¡Virgen Santa María! ¡Mi admiración rebosa!
Hábito y velo negro, ¿quién dio a la blanca rosa?
¡Hijos y nietos tenga mujer tan primorosa,
y no hábito, velo ni semejante cosa
 
[…]
 
¡Miró con unos ojos…! ¡Parecían candela!
Yo suspiré por ellos. Dijo el corazón: ¡Hela!
Acerquéme a la dama, ella me habló y habléla
Me enamoró la mpnja y yo enamoréla.)
 

Arcipreste de Hita. Libro de Buen AmorArciprete de Hita. Libro de Buen Amor

(A mi amigo Mariano, recordándole hablar con pasión del Libro, del Arcipreste y de estos versos, en torno a un café)

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Relectura de un fragmento anotado de «Madame Bovary»

Pero de pronto algo —un libro— vino en mi socorro. La olvidadiza memoria es así. La memoria, siempre la memoria, su constante oleaje revolviendo sin cesar el pasado, sin dejamos descansar de lo ya vivido, y ya casi olvidado. De Antonio Machado salté a Madame Bovary, donde hay un momento en que las gotas de lluvia caen y se oyen caer, de una en una, como me ocurría a mí en esos instantes. Me levanté, fui a por el libro y no tardé en encontrar lo que buscaba. Es una escena preciosa. Charles ha ido a la granja de los Bovary. Él, tan ingenuo, tan tonto, aún no sabe que está enamorado de Emma, pero nosotros, los lectores, a quienes Flaubert nos hace tan listos, lo sabemos de sobra. Lo sabemos desde el principio, cuando en la primera visita, y en el momento en que se dispone a marcharse, a Charles se le cae la fusta entre unos sacos de trigo y los dos, él y Emma, se inclinan a buscarla y sin querer sus cuerpos se rozan un instante. «Ella se incorporó muy colorada y lo miró por encima del hombro al tiempo que le alargaba la fusta. Eso es todo lo que nos cuenta Flaubert. ¿Todo? No. Porque el párrafo siguiente comienza así: «En vez de volver a la granja a los tres días, como había quedado convenido, volvió al día siguiente». Ya sabemos por qué.

Landero. El balcon de invierno

Y ahora, en una de las visitas, Emma está en el umbral de su casa y lleva una sombrilla porque es primavera y la nieve se está fundiendo y caen gotitas del alero. La sombrilla es de seda tornasolada y «al ser traspasada por el sol iluminaba con reflejos movedizos la blanca tez de su rostro. Y ella sonreía allí debajo, al amparo de aquella tibieza; se oían caer una por una las gotas sobre el tenso moaré».

Esta última frase está subrayada a lápiz, porque yo soy uno de esos lectores impertinentes que siempre lee con un lápiz en la mano [ …] Y así, en aquella lectura dibujé un capricho geométrico mientras veía los tornasoles filtrados por la seda. ¿Luz desvaída de oro viejo?, ¿luz vehemente de crepúsculo o de libro miniado?, ¿de hoja de acacia en pleno invierno? En cualquier caso, esa es la luz que ha elegido Flaubert, y con qué obsesivo cuidado lo haría, para que Charles se abandone incondicionalmente al amor, y para que nosotros veamos cómo y por qué se enamora de Emma. Oímos caer y estamparse las gotas heladas sobre la seda tensa, vemos la sonrisa de Emma, su cutis pálido levemente dorado, sentimos la atmósfera tibia de intimidad que se crea bajo la sombrilla, como un refugio contra la cruda realidad de afuera, y como un anticipo del hogar y de los mansos y cálidos placeres conyugales… Hay una nota escrita al margen: «Esas gotitas cayendo sobre la sombrilla son los latidos del corazón de Charles. Esa es la banda sonora de la escena que anuncia y proclama el triunfo del amor. La música tramposa y fatal del amor».

Luis Landero. El balcón de invierno. Tusquets

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Anécdota

(…) te acuerdas de una historia que te contaron una vez sobre James Joyce: Joyce en París en el decenio de 1920, circulando por una fiesta hace ochenta y cinco años cuando una mujer se le acerca y le pregunta si puede estrechar la mano que escribió el Ulises. En vez de tenderle la mano derecha, Joyce la levanta en el aire, la estudia unos momentos y dice: «Permítame recordarle, señora, que esta mano también ha hecho otras muchas cosas.» 

AusterPaul Auster.

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