Cartas de amor VI

Zenobia, vaya usted haciéndose a la idea de casarse conmigo, no lo dude más, Zenobia, que yo estoy esperando su decisión como un hierro hecho ascua de amor y de anhelo. Ordene su pensamiento, llévelo como un cordero dócil, por el sendero en flor que va a mi alma. Allí tendrá un único paraíso terrenal y su paraíso celeste, pues que Dios estará con nosotros. ¡Venga hacía mí, Zenobia; no me deje solo, con los brazos abiertos tembloroso de deseo y trastornado de pasión! ¡Que el tiempo corra, que vuele, hasta llegar el día en el que usted me abra todo el tesoro de su vida interior! Entonces, echaremos el ancla en el puerto sosegado y pararemos el reloj de nuestra alegría, para siempre. ¡Zenobia, Zenobia, Zenobia! ¡Querría que mi voz llegara a usted a través de la noche estrellada! ¡Sea buena, sea fiel, sea tierna para mí! Ciérreme la herida y no me la entreabra una vez más. Adiós Zenoba, que sea usted todo lo feliz que sería si usted quisiera. Déjeme besarla desde aquí, locamente. Un beso, otro, otro, cien hasta morirme en su boca fría.

Juan Ramon y Zenobia

De Juan Ramón Jiménez a Zenobia Camprubí

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