Las tres condiciones de la belleza

Integridad, armonía y resplandor son las tres condiciones de la belleza. Consideremos cómo procede el pensamiento ante un objeto hipotéticamente bello: para aprehenderlo, divide el universo en dos partes, el objeto mismo y el vacío exterior a él. Así, una vez abstraído de todo, el pensamiento lo percibe como un objeto entero, como una entidad. […] Ésta es la primera cualidad de la belleza: la que se manifiesta en la sencilla síntesis operada súbitamente por la facultad mental de aprehender [el objeto]. Y entonces ¿qué sucede? El pensamiento procede al análisis: considera el objeto como un todo y por partes, en relación consigo mismo y con los demás objetos, examina el equilibrio entre sus partes, contempla su forma, recorre todos los recovecos de su estructura. De este modo capta su armonía, y reconoce en él una cosa en el sentido estricto del término, una entidad netamente constituida […] Pasemos a la tercera cualidad. Durante mucho tiempo no entendí lo que quería decir santo Tomás, pero ya he logrado desentrañar la metáfora que utiliza (es muy infrecuente que recurra al lenguaje figurado). Caritas es quidditas. Tras el análisis revelador de la segunda cualidad, el pensamiento hace la única síntesis lógica posible y descubre la tercera cualidad. Este momento lo denomino epifanía. Primero percibimos el objeto como una cosa íntegra; luego como una estructura compleja y organizada: como una cosa en rigor. Finalmente, una vez comprobada la perfecta articulación de sus partes, lo reconocemos en esa cosa; su alma, su esencia se nos revela de pronto, más allá de su apariencia. El alma del objeto más común resplandece ante nosotros. El objeto alcanza entonces su epifanía.

Sabatini. Sobre la escritura. Joyce

James Joyce. Sobre la escritura. Alba

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Cuadernos de trabajo I

«Gérmenes de relatos» para unos, «argumentos y proyectos» para otros, ideas para desarrollar en posibles futuros relatos o novelas que Nathaniel Hawthorne aporta al lector:

Hacer el retrato de un reformador moderno: un individuo que profesa las doctrinas más extremas acerca de la esclavitud, la hidroterapia y otros temas similares. Anda por la calle arengando con mucha elocuencia y está a punto de sumar varios adeptos, cuando sus tareas se ven interrumpidas por la aparición del guardián del manicomio de donde ha escapado. Podría sacarse gran provecho de esta idea.

Nathaniel Hawthorne. Cuadernos americanos

La historia de un personaje capaz de vivir una honda y fuerte pasión. Espera impaciente ese amor apasionado que ha de ser el momento crucial de su vida. Pero el destino quiere que no se enamore nunca. Renunciando no sin tristeza a esa esperanza, concierta una boda racional, sin sentir por su esposa más que simple estima. La mujer podría ser alguien que en el pasado lo amó, pero que él había despreciado en busca de la gran pasión.

Desarrollar un cuento o una escena dentro del círculo de luz de una farola callejera. Plantear la acción hasta el momento en que la luz está por apagarse. El desenlace trágico se produce en el mismo instante en que la llama vacila por última vez.

 

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Actualidad: Sustituciones

Hemos sustituido lo importante por lo impactante, que es intranscendente.

Ramón Lobo

Ramón Lobo, periodista

 

Hemos sustituido la ética por la cosmética.

Adela Cortina

Adela Cortina, filósofa

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Los tres caminos de la vida

Al nacer el hombre elige uno de los tres caminos de la vida, y no hay más: si vas a la derecha, te comen los lobos, si vas a la izquierda, tú te comes a los lobos, si sigues derecho te comes a ti mismo.

Cano. Twist

Harkaitz Cano. Twist

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Flaubert y su Bovary

Hace falta quererte para escribirte esta noche, pues estoy agotado. Tengo un casco de hierro en el cráneo. Desde las dos de la tarde (salvo unos veinticinco minutos para cenar) escribo Bovary, estoy en su polvo, de lleno, inmerso; sudamos y tenemos un nudo en la garganta. Éste es uno de los raros días de mi vida que he pasado en la ilusión, completamente, de cabo a rabo. Esta tarde, a las seis, en el momento en que escribía «ataque de nervios», estaba tan excitado, gritaba tan fuerte y sentía tan hondamente lo que experimentaba mi mujercita, que he temido sufrir uno yo mismo. Me he levantado de la mesa y he abierto la ventana para calmarme. La cabeza me daba vueltas. Ahora tengo grandes dolores en la espalda, en las rodillas y en la cabeza. Estoy como un hombre que ha jodido demasiado (perdón por la expresión), es decir, en una especie de agotamiento lleno de embriaguez. Y ya que estoy en el amor, es justo que no me duerma sin enviarte una caricia, un beso y todos los pensamientos que me quedan. ¿Saldrá bien? No lo sé (me estoy dando algo de prisa, para mostrar a Bouilhet un conjunto, cuando venga). Lo que es seguro es que desde hace ocho días esto avanza rápido. Que siga así, pues estoy cansado de mis lentitudes. ¡Pero temo el despertar, las desilusiones de las páginas copiadas de nuevo! No importa; bien o mal, es algo delicioso el escribir, el no ser ya uno mismo, sino el circular en medio de toda la creación de la que uno habla. Hoy por ejemplo, hombre y mujer simultáneamente, amante y querida a la vez, me he paseado a caballo por un bosque en una tarde de otoño, bajo hojas amarillas, y yo era los caballos, las hojas, el viento, las palabras que se decían y el sol rojo que hacía entrecerrarse sus párpados anegados de amor. ¿Es orgullo o piedad, es el necio desbordamiento de una satisfacción exagerada de sí mismo, o bien un instinto religioso vago y noble? Pero cuando rumio estos goces, después de haberlos experimentado, me sentiría tentado de elevar una plegaria de agradecimiento a Dios, si supiera que puede oírme. ¡Bendito sea por no haberme hecho nacer vendedor de algodón, autor de vodeviles, hombre ingenioso, etc.!.

Flaubert Cartas a Louise Colet Gustave Flaubert. fragmento de una carta a Madame Colet. Cartas a Louise Colet

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Cartas de amor VII

Ven, no se me ocurre otra cosa. Ven a tomar posesión de estos aposentos escultóricos. Aquí está una buitra esperando por pájaro bobo, por su mochuelo. Yo no sé cómo es esto del amor; se me figura (sin ánimo de blasfemar) que en algo se parece a la eucaristía: non confractus, non divisus. Hay en mí una vida tal afectiva y física, que puedo decir sin mentir que soy tuya toda: toda, me has reconquistado de muchas maneras y más que nada te querré porque nunca me habías perdido; porque te quise ayer y te querré mañana; y quién sabe si mañana te querré de tal manera que no tengas queja alguna de mí, que ninguna espinita se te clave ene l alma y ¿que pasemos juntos los últimos días de la vida amorosa?

Ven, anda.

Pon la cabecita aquí (ya sabes dónde) y yo te pasaré los labios suavemenet por encima de la sien y de las mejillas. ¿Así?

Otra vez.

Pérez Galdós

 

De Emilia Pardo Bazán a Benito Pérez Galdós

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El placer de la lectura

Como de tantas cosas susceptibles de un uso no productivo, también de la lectura ha solido hacerse una propaganda tendenciosa, que apenas concede un valor residual a lo que bien podría constituir su principal reclamo: se trata de una formidable manera de obtener placer. Una fábrica de goce, de dicha.

Admito que así expresado puede resultar algo cursi o intempestivo. Y tengo presente que el placer – “el placer de leer”- ya ha sido invocado en más de una ocasión en los eslóganes acuñados para la publicidad de algunos libros o editoriales. Propongo sencillamente -glosando llanamente a Barthes y sus arrebatados apuntes, tan propios de los setenta- profundizar en la cuestión y otorgar a ese término, el de “placer”, un alcance superior al que suele concedérsele en los reclamos publicitarios, donde su campo semántico aparece reducido a las connotaciones ligadas al ocio, a la distracción, al entretenimiento.

Todo esto -distraerse, entretenerse- está muy bien, no digo que no. Como no deja de estar bien, dígase lo que se diga, encomiar el valor que la lectura tiene como herramienta de conocimiento y de emancipación, así sea desde “el punto de vista humanista” al que Barthes alude con retintín.
Se trata simplemente de sustraer a la lectura de la lógica del capital, es decir, de la lógica del trabajo y el rendimiento. De relegar a un segundo plano su valor instrumental, su carácter de inversión mediante la cual obtener logros de cualquier clase. Y con ello, descargarla de las connotaciones de esfuerzo, de sacrificio y hasta de sufrimiento que suelen ir ligadas a esos logros.

Al mismo tiempo, exaltar el placer que la lectura procura como algo más que un esparcimiento, una relajación, una evasión de la esfera del trabajo. Reivindicar la especificidad y la intensidad de ese placer, su naturaleza absorbente y en absoluto subsidiaria o compensatoria, su carácter asocial, su potencial subversivo, su autosuficiencia y su plenitud.

Quizá ese fuera el camino: prestigiar la lectura con el aura maldita de los placeres prohibidos, como son en definitiva todos los placeres verdaderos, en los que el yo aprende a liberarse de sus ataduras. 

Ignacio Echevarría

Ignacio Echevarría, crítico literario

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Mil cosas que he de ver antes de quedarme ciego

«Mil cosas que he de ver antes de quedarme ciego (no solo las he de ver, sería más cierto decir que he de verlas y blindarlas en un rincón del cerebro, para poder recurrir a ellas y volver a verlas una vez me quede ciego, con total claridad, como si las tuviese ante mis ojos). Empieza la lista: Los grabados de Durero, La Pietà de Tiziano, La lechera de Vermeer, los cuadros negros de Goya, los lienzos de la época más oscura de Rothko.

El pensador de Rodin, en el Museo Rodin. No sirve recurrir a las reproducciones, imprescindible viajar a París. Quiero verle barbilla y mejillas, he de memorizar sombras y recovecos esculpidos en el bronce, procesar la presión justa de la mandíbula prieta, comprobar la longitud de los dedos.

La escena de Fuego en el cuerpo en la que Kathleen Turner y William Hurt se acuestan en una caseta junto a un río, aquella escena que tanto me excitó en su día, he de tratar de verla en una pantalla gigante, cueste lo que cueste. […]

Una última ascensión al monte Aralar, memorizando la textura de la hojarasca. Las nervaduras de las hojas caídas. Reparar en la densidad del humo que sale de las cabañas, considerar si esa densidad puede compararse con alguna otra cosa.

Poner especial atención en las manchas herrumbrosas que brotan en la piel de las reinetas.

Poner especial atención a las mujeres que se pintan la uñas, ese gesto reconcentrado cuando pasan el pequeño pincel sobre la superficie de sus uñas, con pulso artero, sin fallar nunca.

No olvidarse de escudriñar el andar despreocupado de las adolescentes que no parecen conscientes de su belleza. Cómo se descalzan sus zapatos de tacón de madrugada en el ascensor, cuando vuelven a casa de sus primeras juergas.

Ojear revistas de moda, diferentes cortes de pelo. La textura del tweed.

El mar en días tormentosos, desde el Paseo Nuevo. Fotografías que tomé en Buenos Aires y en Hong Kong. Fotos de compañeros de clase y fotos de mis ex novias. Las fotos de mi ex mujer. Fotografías que muestren todas las edades de mi sobrina. Fotografías del niño que fui.

Memorizar la casa. Memorizar mi propio rostro. Memorizar cada palmo desde mi casa al trabajo y desde la piscina a mi casa, para tratar de recorrer ese tramo luego con gafas negras, con los ojos cerrados. Aprender a afrontar las situaciones.

Adiestrarme para mi vida como ciego.»

Cano. TwistHarkaitz Cano. Twist

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Escribir

He escrito por mi madre. Yo quería escribir para dar la talla.

Ramiro PinillaRamiro Pinilla

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Los caminos del escritor: Julio Cortázar

El escritor no conoce esos caminos mientras los está franqueando —puesto que vive en un presente como todos nosotros— pero pasado el tiempo llega un día en que de golpe, frente a muchos libros que ha publicado y muchas críticas que ha recibido, tiene la suficiente perspectiva y el suficiente espacio crítico para verse a sí mismo con alguna lucidez. […]

Creo que a lo largo de mi camino de escritor he pasado por tres etapas bastante bien definidas: una primera etapa que llamaría estética, una segunda etapa que llamaría metafísica y una tercera etapa, que llega hasta el día de hoy, que podría llamar histórica.[…]

Si han podido leer algunos libros míos que abarquen esos períodos, verán cómo se pasa del culto de la literatura por la literatura misma al culto de la literatura como indagación del destino humano y luego a la literatura como una de las muchas formas de participar en los procesos históricos que a cada uno de nosotros nos concierne en su país.

Cortázar 2Julio Cortázar

 

 

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