Relectura de un fragmento anotado de “Madame Bovary”

Pero de pronto algo —un libro— vino en mi socorro. La olvidadiza memoria es así. La memoria, siempre la memoria, su constante oleaje revolviendo sin cesar el pasado, sin dejamos descansar de lo ya vivido, y ya casi olvidado. De Antonio Machado salté a Madame Bovary, donde hay un momento en que las gotas de lluvia caen y se oyen caer, de una en una, como me ocurría a mí en esos instantes. Me levanté, fui a por el libro y no tardé en encontrar lo que buscaba. Es una escena preciosa. Charles ha ido a la granja de los Bovary. Él, tan ingenuo, tan tonto, aún no sabe que está enamorado de Emma, pero nosotros, los lectores, a quienes Flaubert nos hace tan listos, lo sabemos de sobra. Lo sabemos desde el principio, cuando en la primera visita, y en el momento en que se dispone a marcharse, a Charles se le cae la fusta entre unos sacos de trigo y los dos, él y Emma, se inclinan a buscarla y sin querer sus cuerpos se rozan un instante. «Ella se incorporó muy colorada y lo miró por encima del hombro al tiempo que le alargaba la fusta. Eso es todo lo que nos cuenta Flaubert. ¿Todo? No. Porque el párrafo siguiente comienza así: «En vez de volver a la granja a los tres días, como había quedado convenido, volvió al día siguiente». Ya sabemos por qué.

Landero. El balcon de invierno

Y ahora, en una de las visitas, Emma está en el umbral de su casa y lleva una sombrilla porque es primavera y la nieve se está fundiendo y caen gotitas del alero. La sombrilla es de seda tornasolada y «al ser traspasada por el sol iluminaba con reflejos movedizos la blanca tez de su rostro. Y ella sonreía allí debajo, al amparo de aquella tibieza; se oían caer una por una las gotas sobre el tenso moaré».

Esta última frase está subrayada a lápiz, porque yo soy uno de esos lectores impertinentes que siempre lee con un lápiz en la mano [ …] Y así, en aquella lectura dibujé un capricho geométrico mientras veía los tornasoles filtrados por la seda. ¿Luz desvaída de oro viejo?, ¿luz vehemente de crepúsculo o de libro miniado?, ¿de hoja de acacia en pleno invierno? En cualquier caso, esa es la luz que ha elegido Flaubert, y con qué obsesivo cuidado lo haría, para que Charles se abandone incondicionalmente al amor, y para que nosotros veamos cómo y por qué se enamora de Emma. Oímos caer y estamparse las gotas heladas sobre la seda tensa, vemos la sonrisa de Emma, su cutis pálido levemente dorado, sentimos la atmósfera tibia de intimidad que se crea bajo la sombrilla, como un refugio contra la cruda realidad de afuera, y como un anticipo del hogar y de los mansos y cálidos placeres conyugales… Hay una nota escrita al margen: «Esas gotitas cayendo sobre la sombrilla son los latidos del corazón de Charles. Esa es la banda sonora de la escena que anuncia y proclama el triunfo del amor. La música tramposa y fatal del amor».

Luis Landero. El balcón de invierno. Tusquets

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