Quizá la escritura más singular de Wisława Szymborska sea la que llevó a cabo por treinta años, reseñando obras literarias menores con un propósito lejano a la crítica y cerca del libre pensamiento.
La otra función de la lengua (tanto si se trata de una lengua con una dilatada tradición literaria como de una lengua más viva, más oral) también reside en el mestizaje. A este respecto, me gustarí…
El juego misterioso que va del amor a un cuerpo al amor de una persona me ha parecido lo bastante bello como para consagrarle parte de mi vida. Las palabras engañan, puesto que la palabra placer abarca realidades contradictorias, comporta a la vez las nociones de tibieza, dulzura, intimidad de los cuerpos, y las de violencia, agonía y grito. La obscena frasecita de Posidonio sobre el frote de dos parcelas de carne, no define el fenómeno del amor, asi como la cuerda rozada por el dedo no explica el milagro infinito de los sonidos. Esa frase no insulta a la voluptuosidad sino a la carne misma, ese instrumento de músculos, sangre y epidermis, esa nube roja cuyo relámpago es el alma.
Reconozco que la razón se confunde frente al prodigio del amor, frente a esa extraña obsesión por la cual carne, que tan poco nos preocupa cuando compone nuestro cuerpo propio, y que sólo nos mueve a lavarla a alimentarla y, llegado el caso, a evitar que sufra, puede llegar a inspirarnos un deseo tan apasionado de caricias simplemente porque está animada por una individualidad diferente de la nuestra y porque presenta ciertos lineamientos de belleza sobre los cuales, por lo demás, los mejores jueces no se han puesto de acuerdo.
Al igual como la danza de las ménades o el delirio de los coribantes, nuestro amor nos arrastra a un universo diferente, donde en otros momentos nos está vedado penetrar, y donde cesamos de orientarnos tan pronto el ardor se apaga o el goce se disuelve. Clavado en el cuerpo querido como un crucificado a su cruz, he aprendido algunos secretos de la vida que se embotan ya en mi recuerdo, sometidos a la misma ley que quiere que el convaleciente, una vez curado, cese de reconocerse en las misteriosas verdades de su mal, que el prisionero liberado olvide la tortura, o el vencedor ya sobrio, la gloria.
No sé sentir, no sé ser humano, convivir desde dentro de mi alma triste con los hombres, hermanos míos, en la tierra. No sé ser útil, incluso sintiéndolo, ser práctico, ser cotidiano, nítido, tener un sitio en la vida, tener un destino entre los hombres, tener una obra, una fuerza, una voluntad, una huerta, una razón para descansar, una necesidad de distraerme, una cosa venida directamente de la razón para mí.
Por eso, sé conmigo fraternal, ¡oh noche tranquila!… Tú, que le quitas el mundo al mundo, tú qué eres la paz, tú que no existes, que eres sólo la ausencia de la luz, tú que no eres una cosa, un lugar, una esencia, una vida, Penélope del velo, continuamente deshecho, de tu oscuridad, Circe ideal de los febriles, de los angustiados sin causa, ven a mí, ¡oh noche!, tiende hacia mí tus manos, y sé frescor y alivio, ¡oh noche! para mi frente…
Tú, cuya llegada es tan suave que parece un alejamiento, cuyo flujo y reflujo de tiniebla, cuando la luz alienta, tiene ondas de cariño muerto, frío de mares de sueño, brisas de paisajes supuestos para nuestra excesiva angustia… Tú, pálidamente, tú, llorada, tú líquidamente, aroma de muerte entre flores, aliento de fiebre sobre orillas, tú, reina, tú señora del castillo, tú, dueña pálida, ven…
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)