No sé sentir, no sé ser humano, convivir
desde dentro de mi alma triste con los hombres, hermanos míos, en la tierra.
No sé ser útil, incluso sintiéndolo, ser práctico, ser cotidiano, nítido,
tener un sitio en la vida, tener un destino entre los hombres,
tener una obra, una fuerza, una voluntad, una huerta,
una razón para descansar, una necesidad de distraerme,
una cosa venida directamente de la razón para mí.
Por eso, sé conmigo fraternal, ¡oh noche tranquila!…
Tú, que le quitas el mundo al mundo, tú qué eres la paz,
tú que no existes, que eres sólo la ausencia de la luz,
tú que no eres una cosa, un lugar, una esencia, una vida,
Penélope del velo, continuamente deshecho, de tu oscuridad,
Circe ideal de los febriles, de los angustiados sin causa,
ven a mí, ¡oh noche!, tiende hacia mí tus manos,
y sé frescor y alivio, ¡oh noche! para mi frente…
Tú, cuya llegada es tan suave que parece un alejamiento,
cuyo flujo y reflujo de tiniebla, cuando la luz alienta,
tiene ondas de cariño muerto, frío de mares de sueño,
brisas de paisajes supuestos para nuestra excesiva angustia…
Tú, pálidamente, tú, llorada, tú líquidamente,
aroma de muerte entre flores, aliento de fiebre sobre orillas,
tú, reina, tú señora del castillo, tú, dueña pálida, ven…

Fernando Pessoa | Álvaro de Campos