Sánchez Ferlosio: Pecios V

(Ansiolíticos) Parece verosímil que haya sido esa nueva ideología o religión del «Pensamiento emocional y positivo», hija del secular y acrisolado antiintelectualismo americano, la que ha lanzado a la opinión ese irresponsable principio de que «las crisis» -sin más determinación-  abren las mayores posibilidades de cambio y de mejora. Aplicado a Haiti no podría haber falacia más canalla, porque todo el mundo sabe perfectamente que el terremoto no será ocasión de nada, sino que, por el contrario, agravará tremendamente sus desgracias anteriores y perpetuará su perdición. Evidencias como esta son las que quieren borrar del horizonte los ansiolíticos occidentales  del tipo «pensamiento positivo».

(Llenar la Nada) El gigantesco auge del deporte, singularmente del fútbol, procede de un estado de hastío, de nihilismo; es como la sustitución de todo designio por una expectativa recurrente, rotatoria, sin fin: lo siempre nuevo siempre igual garantizado.

(Si levantara la cabeza 1) Es una verdadera desgracia que la evolución de las especies en que él puso su talento y tal vez su confianza se haya venido empobreciendo hasta caer en una miserable degeneración del barón de Coubertin: «Cutius, altius, fortius».

(Si levantara la cabeza 2) Menos mal que Darwin no podía ni remotamente imaginar que el segundo centenario de su nacimiento llegaría a coincidir con el cincuentenario de uno de los más abyectos y repugnantes engendros de la regresión humana: la muñeca Barbie.

(Tertuliano II) Sería una grave injusticia despojar a las víctimas de su derecho a contemplar el retorcerse de los cuerpos y oír el alarido de sus verdugos abrasándose en el fuego eterno.

Sánchez Ferlosio. Campo de retamasRafael Sánchez Ferlosio. Campo de retamas

 

Publicado en Colección de textos literarios o no | Etiquetado | Deja un comentario

Lectura: «Incendios», de Richard Ford

En 1960, cuando Joe tenía dieciséis años, su madre se enamoró. Hacía muy poco tiempo que se habían mudado a Great Falls, en Montana. Era la época del boom del petróleo y el padre de Joe, un golfista profesional que se ganaba escasamente la vida como instructor en clubs privados, había pensado que el gran dinero estaría allí, y que él recibiría una parte de la lluvia de oro que caería sobre la región. Pero nada resultó de acuerdo con lo esperado, y lo que comenzó a caer sobre las cabezas de los pobladores de Great Falls fue la lluvia de cenizas de los incontrolables incendios de los bosques cercanos, que llevaban ardiendo todo el verano sin que fuera posible extinguirlos.

Richard Ford. IncendiosLos fuegos alteraron también la quieta superficie de la vida, liberando latentes complejidades en las relaciones entre los padres de Joe.

El padre perdió su trabajo y, sumido en un profundo extrañamiento, se alistó en las brigadas que marchaban a los bosques a combatir el fuego. Sólo estuvo ausente tres días, pero duraron una eternidad y cambiaron para siempre la vida de Joe.

Su madre conoció a otro hombre, y el adolescente arrojó entonces su primera y desconcertada mirada sobre el opaco mundo del deseo, sobre el enigmático mundo de la madurez. Incendios es una novela de iniciación, «de entrada a la vida», y es también la historia de una pasión contada por quien menos puede saber de ella, el hijo de la enamorada, por quien menos puede creer y comprender la naturaleza de tales sentimientos.

Contraportada de la editorial Anagrama


 

Textos

Se ajustaba el gorro de baño, juntaba las manos por encima de la cabeza, doblaba las rodillas y se zambullía en el agua; tras deslizarse bajo la superficie unos instantes, volvía a aparecer y nadaba doblando los brazos y uniendo los dedos, primero, y rompiendo el agua y avanzando luego con fáciles movimientos. Hacía un largo y volvía, y los ancianos —rancheros, supongo, y mujeres divorciadas de granjeros— la miraban con envidia y en silencio. Yo la observaba, y mientras lo hacía pensaba que cualquiera que la viera, no mi padre o yo sino alguien que no la hubiera visto nunca antes, se llevaría una impresión equivocada. Quiero decir que se diría: «He ahí una mujer feliz»; o: «He ahí una mujer con una bonita figura»; o: «He ahí una mujer a quien me gustaría conocer mejor, aunque jamás podré hacerlo…» Y me decía a mí mismo que mi padre no era ningún estúpido, y que el amor era permanente, por mucho que a veces pareciera recular y no dejar huellas.

[…]

Se volvió como para dirigirse hacia su cuarto, pero al hacerlo alargó la mano y me dio unos golpecitos en el hombro.

“ —Eres un cielo —me dijo—. Como tu padre. Me dejó en la cocina y volvió a entrar en su cuarto para terminar de arreglarse. Yo seguía queriendo preguntarle si amaba a mi padre. Pensé que me sería mucho más fácil ser amable con ella si sabía si lo amaba. Pero allí, solo, sentado en la cocina, no me pareció que pudiera preguntárselo gritando, y tampoco tenía ganas de ir a su dormitorio. Así que tuve que resignarme a quedarme sin saberlo, ya que nunca más tuvimos ocasión de hablar acerca de ello.

[…]

Y entonces emprendí la vuelta a casa. Había deseado marcharme aquel mismo día, pero ahora comprendía que no podía hacerlo, porque mis padres seguían viviendo en casa y yo aún era demasiado joven. Y aunque el hecho de quedarme no podía ayudarles, los tres debíamos estar juntos de un modo que yo no podía cambiar. Mientras caminaba en el frío anochecer hacia las incipientes luces de Great Falls, una ciudad que no era ni sería nunca mi hogar, recordé que la pasada madrugada mi madre me había preguntado si tenía un plan para ella. Y no tenía ninguno; pero si lo hubiera tenido sin duda habría sido que los dos —ella y mi padre— vivieran más tiempo y fueran más felices que su hijo. La muerte, en aquel momento, era menos terrible que estar solo, aunque yo no estaba solo y confiaba en no llegar a estarlo, aunque me di cuenta de la puerilidad de este pensamiento. Y en aquel preciso instante advertí que estaba llorando sin saberlo. ¡Aquello sí que era algo inesperado! Porque lo único que hacía —me dije— era ir hacia casa e intentar pensar en cosas, en las cosas de mi vida, tal y como estaban.

[…]

Se enderezó y fue hasta la trasera del coche y abrió el maletero. Miré hacia atrás, pero no pude ver qué hacía, ni oír nada. Tampoco le oí decir nada. Cerró el maletero, e instantes después, cuando miré por una de las ventanillas laterales, lo vi: subía deprisa por las escaleras hacia la casa blanca de Warren Miller, que seguía iluminada y en la que aún se oía la música del piano. Llevaba algo en las manos; no pude ver lo que era, pero debía de ser algo que había sacado del maletero. Lo llevaba asido con ambas manos. Y entonces experimenté esa sensación que más tarde oiría decir que acompaña a todos los desastres, la sensación de ver las cosas desde una enorme lejanía, como si se miraran a través de un catalejo invertido; la sensación de que, pese a tenerlas a un palmo de los ojos, uno se queda inmovilizado y sumido en la impotencia. Una sensación que primero te hace sentir frío, y luego calor, como si lo que temes no va a suceder finalmente, si bien después sucede y te sorprende aún menos preparado para presenciarlo y para aceptar que te suceda.

   Vi a mi padre llegando a lo alto de las escaleras y andando por el porche —una pequeña galería de acceso que ocupaba sólo en parte la fachada— y dirigiéndose hasta un extremo, justo enfrente del ventanal que daba a la sala. Oí sus pasos sobre el piso de tablas. Oí el débil salpicar que produce un líquido al ser vertido sobre una superficie. Y entonces supe lo que mi padre estaba haciendo, o intentaba hacer. La música, en el interior de la casa de Warren Miller, cesó. Y se oyó sólo el apagado ruido del líquido vertido de una garrafa de cinco litros, que era lo que mi padre tenía en las manos. Rociaba con él —con gasolina o queroseno o fuera lo que fuere lo que había comprado en la estación de servicio— el pie de la casa, donde las tablas del porche se unían con la pared de la fachada. Y quise detenerlo, pero se movía con rapidez, y yo no pude moverme lo bastante deprisa dentro del coche, no lograba manejar con celeridad las manos ni hacer un ruido capaz de llamar su atención para decirle que dejara inmediatamente de hacer lo que estaba haciendo. Vi a contraluz su silueta, que cruzaba de un lado a otro el ventanal. Y entonces se encendió la luz del porche, y Warren Miller abrió la puerta en el preciso instante en que mi padre llegaba ante ella. Warren Miller salió al porche iluminado, y visu cojera. Y él y mi padre se encontraron frente a frente, mi padre con la garrafa de cristal en las manos y Warren Miller con las manos vacías. Fue algo en verdad extraño de presenciar. Y, por espacio de un instante, pensé que todo iba a arreglarse, que Warren Miller tomaría las riendas de la situación —yo sabía que podía hacerlo— y que mi padre renunciaría a sus propósitos de prender fuego a la casa de Warren Miller y arruinar su propia vida y la mía y la de mi madre, como si no importaran nada y fueran algo de lo que alegremente se pudiera abdicar.

 

Richard FordRichard Ford. Incendios

 

 

Publicado en El oficio de lector, Lecturas | Etiquetado , | Deja un comentario

Escribir es una piedra lanzada en lo hondo del pozo.

Clarice LispectorTengo miedo de escribir. Es tan peligroso. Quien lo ha intentado lo sabe. Peligro de hurgar en lo que está oculto, pues el mundo no está en la superficie, está oculto en sus raíces sumergidas en las profundidades del mar. Para escribir tengo que instalarme en el vacío. En este vacío donde existo intuitivamente. Pero es un vacío terriblemente peligroso: de él saco sangre. Soy un escritor que tiene miedo de la celada de las palabras: las palabras que digo esconden otras: ¿cuáles? Tal vez las diga. Escribir es una piedra lanzada en lo hondo del pozo.

Clarice Lispector. Un soplo de vida. Siruela

Publicado en El oficio de creador | Etiquetado , | 1 comentario

Gamoneda: «Me planteo dejar de escribir»

 

El silencio obligado del poeta

A los autores que ganen más de esa cantidad al año (9000 euros, el salario mínimo interprofesional) por derechos de autor, conferencias, seminarios, cursos o coloquios, el ministerio quiere retirarles la pensión cuando se trata de creadores que se han jubilado de otra actividad y que estén cobrando una pensión. En mi caso, he cotizado durante casi medio siglo para adquirir el derecho a cobrar una pensión y ahora puedo perderlo. La opción es, o bien optar por cobrar la jubilación y dejar de escribir; o escribir y renunciar a la pensión. Eso, con independencia de las multas dispuestas en caso de incumplimiento, por las que te pueden reclamar cuatro años de dicha paga, lo cual, en la mayoría de los casos, será equivalente a lo que pueda ganar como autor en una década […] Esto es una cosa que tiene tanto de esperpéntica como de cruel e injusta. Y que viene a hacer que me plantee dejar de escribir.

Antonio GamonedaAntonio Gamoneda

Publicado en El oficio de creador, Historia de la literatura | Etiquetado | Deja un comentario

Álbum de Bibliotecas en construcción, XLI

Biblioteca de la Fundación Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

Biblioteca de la Fundación «Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes»

 

La biblioteca es la más democrática de las instituciones, porque nadie en absoluto puede decirnos qué leer, cuándo y cómo.

Doris Lessing

 

Biblioteca movil en Chicago, 1940

Biblioteca móvil. Chicago, 1940

 

 

Publicado en Sin categoria | Etiquetado | Deja un comentario

Karl Ove Knausgård: Escribir

Escribir “Mi lucha” ha sido un ejercicio de pérdida de control. Cada mañana escribo una página. Me levanto temprano y escribo una página en dos horas. Empiezo con una palabra. Puede ser “manzana” o “sol” o “diente”, cualquiera, eso no importa. Es solo un punto de partida -una palabra, una asociación- y la condición de escribir sobre aquello. No puede ser sobre nada más. Entonces, comienzo sin saber de qué va a tratar el asunto, y así es como el texto se produce por sí solo. 

[…] Es simplemente sentarse a escribir. No pensar, y escribir. Creo que es un estado mental, al que usualmente comparo con la música. Cuando uno ve a los músicos, ellos no están pensando en qué están haciendo, solo tocan. Bueno, lo mismo puede ocurrir con la escritura. Es solo escribir. 

Cuando no estás preocupado de ti, empiezas a escribir cosas sobre las que nunca pensaste antes. Tus pensamientos no toman el sendero que normalmente habrían seguido. Y el pensamiento es distinto del tuyo. El lenguaje está en ti, pero fuera de ti y no te pertenece. Eso es lo que la literatura puede hacer: cuando le agregas algo, algo más te devuelve. 

[…] Pero ahora he aprendido a escribir de manera diferente. No puedo repetir lo que hice en «Mi lucha». Se transformó en una especie de técnica: escribo un poquito sobre cómo me siento por algo, un poquito sobre fracaso o pena por algo, y luego viene una reflexión de estilo más ensayístico, y después una descripción de algo ordinario, y así. No puedo repetir eso por el resto de mi vida.

[…] Empezar a escribir de otra forma será muy difícil. Tal vez habrá una especie de vacío en que sea imposible escribir. Ha ocurrido antes y volverá a ocurrir. Y, de nuevo, va a pasar.  

El privilegio de un novelista es que uno es capaz de estar tres años solitario y nadie va a interferir en nada si no lo quieres. Y si tienes fe en tu escritura, es fácil. Es cuando se pierde la fe que las cosas se ponen difíciles. Cuando empiezas a pensar esto es estúpido, es una idiotez, no vale la pena, y así. Esa es la verdadera lucha: superar ese tipo de pensamientos. Cuando se comienza una novela, bueno, el 99% de los novelistas empiezan de manera torpe, estoy seguro. Uno necesita seguir adelante, de modo que eso pueda convertirse en algo. Tal vez tomará 50 o 100 páginas, pero va a resultar bien. 

Cuando me voy a acostar, ansío que llegue la mañana, pues sé que tengo esas dos horas para escribir. Es un momento mágico. Y sé que va a ocurrir. Puedo confiar en ello.

KnausgårdKarl Ove Knausgård

 

Publicado en El oficio de creador | Etiquetado , | Deja un comentario

Lectura: «La pequeña comunista que no sonreía nunca», De Lola Lafon

8 de julio de 1976, Juegos Olímpicos de Montreal. Nadia Comaneci, una jovencísima y desconocida gimnasta de un país remoto, Rumanía, ejecuta su ejercicio en las barras asimétricas. Un ejercicio perfecto. La niña de catorce años deja a todos patidifusos y hace saltar por los aires el marcador electrónico, que no preveía la posibilidad de que un ser humano alcanzara la perfección. Nadia obtiene el primer diez en gimnasia de la historia olímpica. A partir de ese momento epifánico, la historia de la pequeña Nadia es la de una criatura adorable que conquista el corazón del mundo entero: el «hada de Montreal». Pero también la de una niña que en poco tiempo se hace mujer y es sometida por ello a un juicio implacable: «la magia se ha esfumado», sentencia un titular de la época. Y la de una adolescente que vive bajo el régimen comunista de Ceaușescu, encumbrada a la categoría de héroe nacional. Y la de una chica sometida a la vigilancia de la Securitate y al asedio de Nicu, el siniestro hijo del dictador. O la de una mujer que, un mes antes de la revolución que derrocará y ejecutará al Conducator, protagoniza una fuga de película a través de la frontera con Hungría y llega a los Estados Unidos como refugiada política para descubrir que el sueño americano no es precisamente un cuento de hadas.

Lola Lafon. La pequeña comunista que no sonreía nuncaEn todas esas Nadias hurga y rebusca Lola Lafon. Pero no como biógrafa, sino como novelista. A través de un intercambio fabulado de correos y conversaciones telefónicas con la propia Nadia Comaneci, teje una especie de documental ficcionado que llena «los silencios de la historia y los de la protagonista». Y así puede hablarnos sobre la dictadura que reina sobre el cuerpo femenino, siempre sometido a exigencias de eterna juventud.

Y sobre la utilización de los mitos populares, en este caso por parte de la propaganda del régimen rumano. Y sobre la Rumanía de los años ochenta, la de la carestía y el racionamiento, la de los decretos demográficos, la del matrimonio Ceaușescu más recalcitrante, la del sistema de control y espionaje paranoide de la Securitate. Poniendo voz –aunque sea inventada– al hada que encandiló al mundo en 1976, en fin, Lafon reinterpreta su historia personal y la de la Guerra Fría antes de la caída del Muro.

Contraportada de la editorial Anagrama


Texto

El público se ha puesto en pie y de sus dieciocho mil cuerpos procede la tempestad, los pies rugen rítmicamente contra el suelo y, en medio del fragor, el sueco abre y cierra la boca, pronuncia palabras inaudibles, miles de flashes forman una lluvia de destellos heterogéneos, y ella entrevé al sueco, qué hace, abre las dos manos, y el mundo entero filma esas dos manos que le muestra el juez. Entonces la pequeña le tiende también sus dos manos, le pide una confirmación, es un… ¿diez? Él asiente lentamente con la cabeza mientras mantiene los dedos extendidos frente al rostro, centenares de cámaras le tapan a la niña, las compañeras del equipo rumano bailan a su alrededor, sí, cielo, sí, ese uno coma cero cero es un diez.

 

Publicado en El oficio de lector, Lecturas | Etiquetado , | Deja un comentario

La página en blanco

Lorenzo SilvaCuando uno no sabe qué decir, la página en blanco es una especie de mar proceloso que no sabe cómo cruzar; pero cuando uno se sienta teniendo una historia en la cabeza, una historia que le está saliendo por los dedos, la página en blanco viene a ser como la estepa para el caballo de un cosaco: campo abierto para galopar hasta el final.

Lorenzo Silva

 

Hidalgo BayalYo eso del sufrimiento y el temor ante el folio en blanco no lo he sentido nunca. Hay una distinción que establece Ferlosio en «Las semanas del jardín», que está incluido en «Altos Estudios Eclesiásticos», entre genitum, la inspiración, lo que viene dado por los dioses, y factum, que es lo elaborado, lo hecho a propósito. Yo quizás tienda un poco a lo primero, a depender de ocurrencias, de inspiraciones repentinas. Si vienen, bien, y si no vienen, tampoco no pasa nada. 

Gonzalo Hidalgo Bayal

Publicado en El oficio de creador | Etiquetado , | Deja un comentario

Joan Margarit: «Nuevas cartas a un joven poeta», 5. Entender un buen poema. III

La intensidad del poema

Es probable que un poema sea sólo una cuestión de intensidad. La intensidad, ¿a qué la podemos asociar, si no es a la experiencia de un sentimiento? Puede ser un sentimiento más o menos oculto o más o menos manifiesto, pero allí donde pueda haber intensidad, puede haber poesía. […] Intensidad quiere decir concentración. Pero esto no excluye, sino todo lo contrario, que el poema tenga que entenderse […] Yo sólo sé aproximarme al concepto de entender diciendo que es un proceso de entrada y de salida. Lo que en teoría de la información se llama una caja negra. Entra una información y sale otra, sin que sepamos que ha pasado en el interior de la caja negra. En un poema entra una persona con un determinado estado interior, lo que yo llamaría, continuando dentro del marco de la teoría de la información, con un grado de desorden a causa de los miedos, las tristezas, las pérdidas, es decir de los factores que continuamente están amenazando el equilibrio interior. Si a la salida del poema este desorden es menor, quiere decir que se trata de un buen poema y que se ha entendido.

No hay muchas cajas negras en las cuales nuestra soledad pueda entrar para salir más consolada, más ordenada, más feliz en suma. La poesía quizá no es gran cosa, pero más dura es la intemperie sin versos. En este sentido, la poesía es la última Casa de Misericordia.

Joan Margarit. Nuevas cartas a un joven poetaJoan Margarit. Nuevas cartas a un joven poeta

Publicado en Didáctica literaria, El oficio de creador | Etiquetado , | Deja un comentario

Escribir y llorar

A veces es difícil comprender que motiva a ciertas personas convertirse en escritores, por qué pretenden un oficio que nunca podrá procurarles lo que realmente persiguen.

No es solo explorar lo que contar e intentar hacerlo de otra manera o más bien de una forma que consideran mejor, superior a otras, distinta, moderna, comparable a los que consideran grandes.

No solo dedicar mucho tiempo a encontrar el equilibrio o desequilibrio de ánimo que permita bucear en un argumento, encontrar una posibilidad de trama, unos personajes, el tono justo, las palabras que no traicionen alguna forma de autenticidad que se considera esencial para que el resultado merezca mínimamente la pena.

No solo armarse de valor para exponerse ante otros que no tendrán compasión de ellos, que rechazarán el original con alguna frase educada o quizá solo con el silencio, o de críticos que, con suerte, liquidarán con un par de frases conmiserativas o feroces el libro que por fin se publicó en alguna editorial desconocida sin recibir mucho más que tenerlo entre las manos.

No solo eso. El escritor puede llegar a ser reconocido, seguir escribiendo un libro tras otro, siempre un poco más atormentado por los ojos que lo miran, por las expectativas de los que lo aprueban y lo desaprueban, por el calibre del arma que lo amenaza desde algún sitio muy cercano,  quizá desde dentro de sí mismo.

No solo escribir historias, sino vivir una vida propia, poder costearla,  y tener conciencia de que eso también cuenta, de que puede ser juzgado por cualquier cosa que hizo o no hizo, que opinó o que calló, por sus propias creencias de hace tantos años ahora en boca de otros, que solo necesitarán eso para disparar y liquidarle para siempre.

[…]

“¿No es genial que la gente hable de vos como de un escritor muy sólido?”. Foster Wallace lo mira con piedad y le dice: “Va a ser interesante hablar con vos en unos años”. “¿Por qué?”, pregunta Lipsky. Y Foster Wallace —recuerden, esto es la vida real: las cosas como sucedieron— responde: “En mi experiencia eso no es cierto. Lo peor que hay en el hecho de que todos te presten mucha atención es que también vas a tener ‘atención negativa’. Y si eso te afecta, el calibre del arma que te apunta ha aumentado de una 22 a una 45”. Después, se acerca a Lipsky y susurra: “No estoy seguro de que quieras ser como yo”. Y Lipsky, con un respingo, responde: “No. No quiero”. Pero miente. Y uno, entonces, sólo quiere arrodillarse y gemir y repetir como un mantra aquello que Foster Wallace dijo en una entrevista, mucho antes de 2008, el año en que se ahorcó: “Yo tuve un profesor (…) que aseguraba que la tarea de la buena escritura era la de darles calma a los perturbados y perturbar a los que están calmados”. Sabía lo que saben pocos: que, para algunos, no hay forma de ganar. Que para algunos, aún cuando se gana, todo está perdido.”

 

Ramón González CorrealesRamón González Correales (A través de Hyperbole.es)

Publicado en El oficio de creador | Etiquetado , | 1 comentario