Álbum de Bibliotecas en construcción, XLII

Biblioteca de Menéndez Pelayo, en Santander.

Biblioteca de Menéndez Pelayo. Santander

 

… los libros ocultan países maravillosos que ignoramos, contienen experiencias que no hemos vivido jamás. Uno es indudablemente más rico después de la lectura.

Adolfo Bioy Casares.

 

Biblioteca de Victor Hugo

Biblioteca de Víctor Hugo. París

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El crítico y el narrador omnisciente

Los críticos solemos poner algunas líneas rojas cuando leemos. Es lo que hace distintivo una reseña de periódico de una investigación erudita. Una funciona con el instinto literario (además del saber) y la otra con el saber. Una es falible, como toda lectura basada en el gusto (además del saber) y la otra tiende a lo contrario. Ejemplos. Si leo una novela donde la voz omnisciente emplea el neologismo “rumorología”, tiendo a descorazonarme. Si esa misma voz incurre en un vulgarismo de calado como “follar” (que lo dice la voz omnisciente y no un personaje, y por eso es un vulgarismo), comienzo a alarmarme por lo que seguirá después.

Ayala-DipJ. Ernesto Ayala-Dip. Babelia

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Joan Margarit: «Nuevas cartas a un joven poeta», 6. Poesía y literatura

[…] Para escribir buena poesía conviene haber leído buenas novelas porque van dejando un poso, una especie de retaguardia, un fondo sobre el que a veces se destacará en primer plano de un poema. En general no se sabrá nunca de qué manera cada una de estas novelas ha sido útil en momentos o poemas concretos, pero sí que se acabará comprendiendo que los poemas serían mucho peores, o no serían, sin un cierto número de buenas novelas.

Ahora bien, entre las buenas novelas hay algunas que significan más aún para el poeta: estas buenas novelas tiene un papel muy parecido al de una cierta poesía clásica dentro del proceso de escribir un poema, es decir, que inciden directamente sobre poemas, a veces sobre libros enteros, de una manera reconocible, si no para los demás, sí para el poeta. Se hace difícil decir cuáles son o sus características, porque esto variará para cada poeta, pero para mí es evidente que las delicadas obras de Jacobsen que recomienda Rilke -«Niels Lyne» y «Marie Grubbe»- pertenecen esta categoría. Yo añadiría obras tan diferentes como «La montaña mágica», de Thomas Mann, «El Cuarteto de Alejandría», de Lawrence Durrell, «Vida y destino» de Vasili Grossman», «El corazón de un cazador solitario», de Carson McCullers, «El teatro de Sabbath», de Philip Roth, «Ana Karenina» de Lev Tolstoi, y los relatos de Hemingway, Rodorera, Carver, Aldecoa, Cheever y Salter.

Joan Margarit. Nuevas cartas a un joven poetaJoan Margarit. Nuevas cartas a un joven poeta

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El proceso de la lectura

El primer proceso, el de recibir impresiones con el máximo entendimiento, es solo la mitad del proceso de leer; otro debe completarlo si queremos obtener el mayor placer de un libro. Debemos juzgar estas impresiones múltiples; debemos hacer de estas formas efímeras una que sea recia y duradera. Pero no de inmediato. Esperemos a que el polvo de la lectura se asiente; a que el conflicto y los interrogantes amainen; paseemos, conversemos, arranquemos los pétalos marchitos de una rosa o quedémonos dormidos. Entonces, de repente, sin que lo queramos, porque es así como la naturaleza efectúa estas transiciones, el libro volverá, pero de modo diferente. Irá flotando por el aire hasta la mente como un todo. Y el libro como un todo es diferente del libro recibido comúnmente en frases separadas. Los detalles ahora encajan en su sitio.

Virginia WoolfVirginia Woolf. El lector común

(A través de «Boulevard literario»)

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Gente que camina en mi mente

De noche suenan los teléfonos y escucho las voces que llaman desde el país donde nací.

Me anuncian la muerte de una persona que conocí en mi infancia o juventud e, inmediatamente, siento la desaparición de un paisaje. La superficie que se desgaja deja en la niebla un torso, los brazos, los pies que fueron dos caminos paralelos. El roble y la higuera son ojos borrados cuando las frases salen del teléfono y entran en mis oídos.

[…]

Otras llamadas siguen despegando las calles del pueblo , y aumentan el grupo de hombres y mujeres que pasean en mi memoria al despedirse de una patria de huecos.

Pronto seré el viejo que lleva en un bolsillo toda la extensión de su tierra.

IrazokiFrancisco Javier Irazoki. Orquesta de desaparecidos. Hiperión

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Leer nos hace más felices

La lectura nos hace más felices y nos ayuda a afrontar mejor la existencia. Los lectores están más contentos y satisfechos que los no lectores, en general son menos agresivos y más optimistas”. Quienes lo dicen son los responsables de un análisis reciente elaborado por la Universidad de Roma III a partir de entrevistas a 1.100 personas. Aplicando índices como el de la medición de la felicidad de Veenhoven y escalas como la Diener para registrar el grado de satisfacción con la vida, los investigadores han llegado a estas conclusiones que demuestran, como dice Nuccio Ordine, autor del manifiesto La utilidad de lo inútil, que “nutrir el espíritu puede ser tan importante como alimentar el cuerpo” y que necesitamos, mucho más de lo que pensamos, esas experiencias y conocimientos que no se traducen en beneficios económicos.

¿Cómo nos sentimos y qué cambios experimentamos cuando nos sumergimos en una historia? ¿Tiene un efecto transformador? ¿Nos hacen ver los protagonistas de las ficciones nuestras contradicciones y deseos? ¿Nos recuerdan cosas esenciales, tal vez olvidadas?

La ciencia cada vez tiene más recursos para contestar a estas preguntas. Artículos en revistas especializadas dan cuenta de los resultados de resonancias magnéticas que revelan la alta conectividad que se produce en el surco central del cerebro, región del motor sensorial primario, y en la corteza temporal izquierda, el área asociada al lenguaje, mientras leemos un libro y tras acabarlo.

El estrés se reduce y la inteligencia emocional sale ganando, así como el desarrollo psicosocial, el autoconocimiento y el cultivo de la empatía, según un equipo de neurocientíficos de la Universidad de Emory, en Atlanta, que siguieron las reacciones de 21 estudiantes durante 19 días consecutivos. La lectura puede incluso modificar comportamientos a través de la identificación con los protagonistas de la literatura, sostiene Keith Oatley, novelista y profesor de Psicología Cognitiva de la Universidad de Toronto.

“Nos cuesta mucho ponernos en los zapatos del otro en el día a día, pero ¿cuántas veces nos hemos puesto en la piel del personaje de una novela? Empatizamos con él y nos ayuda a entender mejor las señales de los demás”, argumenta Antonella Fayer, psicóloga y coach especializada en desarrollo de liderazgo, quien asegura que “las lecciones que encontramos en la literatura sobre dilemas morales y emocionales son necesarias para cualquier persona, muy especialmente para líderes y políticos, que están convencidos de que no tienen tiempo. Actúan, juzgan y sueltan discursos, pero les convendría parar y acceder a lecturas para mejorar su comprensión de los otros”, señala Fayer, aludiendo a las palabras de Alan Brew, exeditor de Financial Times. “Leer a los grandes escritores te hace una persona mejor preparada para tomar decisiones creativas, interesantes y educadas”.

El convencimiento de los beneficios de la lectura es el motor de School of Life, centro londinense de biblioterapia que prescribe libros para ayudar a superar conflictos (ruptura, duelo…). Como dice el filósofo Santiago Alba Rico, autor de Leer con niños, un ensayo que estimula en los padres el placer de compartir relatos con sus hijos, la lectura, como el enamoramiento, es un “vicio virtuoso”. Cuando conocemos los bienes que nos proporciona, no podemos dejar de practicarla. Vayamos pues a la literatura, como invitaba Cortázar, “como se va a los encuentros más esenciales de la existencia, como se va al amor y a veces a la muerte, sabiendo que forman parte indisoluble de un todo y que un libro empieza y termina mucho antes y mucho después de su primera y su última página”.

Emma RodríguezEmma Rodríguez. El País Semanal

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La realidad es un misterio

Antonio LópezSe habla tanto, tanto, tanto… Alguien tiene que empezar a callarse. Cuando estás delante de la Victoria de Samotracia, no está el autor comentándola. Explicarlo me parece una imprudencia, enseñar cómo otras personas tienen que ver algo que en la realidad es una incógnita. Me interesa más lo que los artistas dicen que los que otros hablan sobre ellos. La realidad es un misterio, la vida es un misterio, y ahí andamos todos, los científicos, los sabios…, tratando de averiguar y avanzar.

Antonio López. Pintor

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Álbum de librerías incompleto, 33

Librería Delamain. París. 3

Librería Delamain. París. 1

Los libros son la más increíble agencia de viajes

Ingrid Astier

Librería Delamain. París. 2

Librería Delamain. París, 2

Librería Delamain. París. 1

Librería Delamain. París. 3

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Los detalles de la lectura

NabokovAl leer, debemos fijarnos en los detalles, acariciarlos. Nada tienen de malo las lunáticas sandeces de la generalización cuando se hacen después de reunir con amor las soleadas insignificancias del libro. Si uno empieza con una generalización prefabricada, lo que hace es empezar desde el otro extremo, alejándose del libro antes de haber empezado a comprenderlo. Nada más molesto e injusto para con el autor que empezar a leer, supongamos, Madame Bovary, con la idea preconcebida de que es una denuncia de la burguesía. Debemos tener siempre presente que la obra de arte es, invariablemente, la creación de un mundo nuevo, de manera que la primera tarea consiste en estudiar ese mundo nuevo con la mayor atención, abordándolo como algo absolutamente desconocido, sin conexión evidente con los mundos que ya conocemos. Una vez estudiado con atención este mundo nuevo, entonces y sólo entonces estaremos en condiciones de examinar sus relaciones con otros mundos, con otras ramas del saber.

Vladimir Nabokov, Curso de literatura europea

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Borges, él y yo

Él es callado, introvertido y a menudo busca el silencio. Yo, soy así, me excita exhibirme en público y ponerle en aprietos. A él le encanta refugiarse en la tenue luz de una lámpara encendida, adora escribir sentado y dudar del secreto de las palabras. Yo, le persuado de sus falsas incertidumbres, mientras las leo tumbado. Yo me emborracho y él sufre mis resacas. Soy extrovertido y a veces se lo hago saber. Mi ironía le desquicia y se ensimisma cada vez que cuento un chisto malo, soy un experto en gracias absurdas. Y él, día y noche, pretende darles una dimensión metafísica. Me odia cada vez que se levanta a mear por mí en una noche etílica. A él le gustan Bolaño, Borges y Vila-Matas, y yo me pregunto ¿cómo los soporta? Prefiero mil y una veces a Los Simpson, The Big Bang Theory y Dos hombres y Medio. Mientras yo veo Los Simpson presiento que se enamora de Lisa, entonces me apiado de él y le dejo leer algún poema de Borges. Borges y yo le enternece y a menudo lo recita en voz alta y yo hago como que le escucho. Tengo más de mil amigos en Facebook, y él sólo me tiene a mí. Muchas noches sueña conmigo y entonces voy y cruzo en perspectiva su sueño y me despierto haciéndome real. Él detesta los insomnios, yo los aprovecho para fumar. Él es el fumador pasivo que absorbe el ochenta y tres por ciento del humo de mi vida. Él tuvo una ulcera duodenal y yo le llevé lectura al hospital y no desaproveché la oportunidad para ligar con su enfermera de turno. Le encanta salir a la calle con una libreta en el bolsillo de la chaqueta y a mí me estimula contrariarle ignorándola. Siempre olvido el bolígrafo. En la cafetería, él toma la incitativa y pide un café largo mojado de una gota de leche y yo lo aguanto lo necesario hasta que pido un pacharán con un cubito hielo. A veces tose él y otras tantas lo hago yo, y entre tos y tos la discusión suele estar más que servida. Deja de fumar, me dice. Déjalo tú, le contesto. Su pertinaz sentido del deber enfurece a mis deseos. Mis placeres frenan sus solitarias obsesiones. Él hace el amor y yo follo. A ratos, reconozco que le necesito cuando el sexo me aburre. Yo, alegremente, persigo las riendas de la noche y él procura hacer deporte cada vez que se lo permito. De hecho, ahora mismo, él sólo quiere escribir y yo me empecino en hablar de mí mismo. «No sé cuál de los dos escribe esta página.», se pregunta Borges en Borges y yo. Aquí está, otra vez, él, citando como le encanta hacer, adornando de cultismo sus líneas. Y yo me muerdo la lengua porque no me queda más remedio que leer este imitado texto en público. ¿Y si hay aplausos? ¿quién creen, ustedes, que se los va a llevar? Él, ingenuo, dice que Borges. Yo digo que él para que se lo crea, mientras enciendo un cigarro y me pongo una copa, que sé que les molesta, tanto a su querido Borges como a él. ¡Qué pesados los dos! Entonces, él, me oye, refunfuña y deja de escribir.

Mohamed El MorabetMohamed El Morabet, Babelia

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