Ladrón de palabras

Inventé una excusa y conseguí la llave para abrir la puerta del colegio. Terminadas las clases, vi el aula silenciosa y, sobre la mesa del profesor, un diccionario que deslicé en mi cartera. Los remordimientos aumentaron el peso del libro.

Por las noches me encerraba en una habitación de mi casa y extraía la única obra de mi biblioteca. Pero pronto la leí en presencia de la familia, y los padres creyeron que hojeaba un volumen de aire entre sus útiles de trabajo. Solamente la hermana se dio cuenta de la caída de unas páginas, descosidas como mi conciencia después del hurto.

Llegaron entonces los malos sueños en que una rebelión de niños abría las tapas grises y duras del tomo, patrullaba con ira por los caminos de los verbos, tomaba al asalto las ciudades del vocabulario y dejaba un campo de ilustraciones y etimologías incendiadas.

En otras pesadillas, el placer de descubrir la palabra «tundra» contenía la sombra de mis amigos atrapados en el hielo y el musgo. Sus cuerpos rodaban por una ladera en el vocablo «alud». O padecían sed cuando me alegré por el conocimiento de la voz «estepa». Escribí frases cuyos significados se hundían si pensaba en los compañeros de escuela a los que privé del libro.

El robo fue germinador. Compré varias novelas de Pío Baroja y con las expresiones aprendidas hice mi refugio.

El diccionario envejeció conmigo. No devolví aquella llave de culpa y felicidad.

Irazoki  Francisco Javier Irazoki. Orquesta de desaparecidos

Publicado en Colección de textos literarios o no, El oficio de lector | Etiquetado , | Deja un comentario

Lectores

Están los que jamás han leído y se avergüenzan de ello, los que ya no tienen tiempo de leer y lo lamentan, los que no leen novelas, sino libros útiles, ensayos, obras técnicas, biografías, libros de historia, están los que leen todo sin fijarse en qué, los que devoran y cuyos ojos brillan, están los que sólo leen clásicos, amigo mío, porque no hay mejor crítico que el tamiz del tiempo, los que pasan su madurez releyendo, y los que han leído el último tal y el último cuál, porque, amigo mío, hay que estar al día.

Pennac  Daniel Pennac, Como una novela, Anagrama

Publicado en El oficio de lector, Lector | Etiquetado , | Deja un comentario

El vieco cortaziano XIII

Publicado en Colección de textos literarios o no, Videos | Etiquetado | Deja un comentario

Álbum de librerías incompleto, 34

Hotel The Library Koh Samui, en Tailandia.

 

Hotel The Library Koh Samui. Tailandia

 

 

Una librería es una de las pocas evidencias que tenemos en la actualidad de que la gente sigue pensando.

Jerry Seinfeld

 

Kiosko de venta de libros, %22Eason's Book Stall%22, en la Estación de tren de Waterford, Irlanda. Foto de 1924.

 

Kiosco de venta de libros «Eason’s Book Stall», en la Estación de tren de Waterford, Irlanda. Foto de 1924

 

 

Publicado en Imágenes, Librerías | Etiquetado | Deja un comentario

«Vendrá la muerte y tendrá tus ojos»

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos 
esta muerte que nos acompaña 
de la mañana a la noche, insomne, 
sorda, como un viejo pesar 
o un vicio absurdo. Tus ojos 
serán una vana palabra, 
un grito callado, un silencio. 
Así los ves cada mañana 
cuando sola te inclinas 
ante el espejo. Oh esperanza, 
ese día también nosotros sabremos 
que eres la vida y eres la nada. 

Para todos la muerte tiene una mirada. 
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos. 
Será como abandonar un vicio, 
como ver aparecer en el espejo 
un rostro muerto, 
como escuchar un labio cerrado. 
Descenderemos al abismo mudos.

PaveseCesare Pavese

Publicado en Colección de textos literarios o no | Etiquetado , | Deja un comentario

Lectura:»Una letra femenina azul pálido», de Franz Werfel

Werfel. Una letra femenina azul pálidoViena, 1936. Una mañana, un alto funcionario del ministerio, casado con una bella y rica dama vienesa, abre una carta. Reconoce la letra azul pálido del sobre. Y esa caligrafía se hunde en su vida rutilante como la hoja de un cuchillo y la disloca de inmediato. En unas pocas líneas sumamente formales, la firmante solicita ayuda del poderoso funcionario para trasladar a una escuela vienesa a un muchacho alemán de dieciocho años. Sin embargo, para el destinatario, en esas líneas cifradas aflora un amor de muchos años, un amor enterrado con sumo cuidado. Y ese muchacho desconocido, ¿no será quizás un hijo ignorado? Las tremendas presiones a la hora de conjugar la propia vida con las exigencias de la sociedad, han alejado a este hombre, al elegante, impecable y cortés León de todos los elementos auténticos de su existencia, tanto de sus humildes orígenes como de aquella pasión inaceptable. Werfel consigue que confluyan el estudio psicológico y el análisis social de un modo perturbador de puro preciso, en este libro que se lee hoy como un amargo gesto de despedida de Viena y de toda la civilización centroeuropea.

Contraportada de la edición de Anagrama


 

Textos

Qué agradable, pensó Leónidas, iré andando a la oficina. Y volvió a sonreír. Pero esta vez fue una sonrisa extrañamente ambigua, entusiástica y burlona a la vez. Siempre que estaba contento y lo sabía, dejaba aflorar esa sonrisa entre entusiástica y burlona. Como muchos hombres que ya han alcanzado una elevada posición en la vida, individuos sanos, bien proporcionados y hasta hermosos, Leónidas solía sentirse particularmente contento en las primeras horas de la mañana y aprobar sin reservas la tortuosa marcha del mundo. Era como salir en cierto modo de la nada nocturna y, cruzando el puente de un asombro ligero y diariamente renovado, entrar en la conciencia total del propio éxito en la vida. Y este éxito, en su caso, era realmente meritorio por ser hijo de un pobre catedrático de instituto de undécima categoría, un don Nadie sin familia ni apellido y, para colmo de males, con un nombre ridículamente pretencioso.

[…]

Varias veces al día se consideraba a sí mismo un auténtico favorito de los dioses. De haberlo interrogado alguien sobre su «concepción del universo», habría tenido que admitir abiertamente que veía el universo como una organización cuyo único sentido y objetivo consistía en rescatar de las profundidades a ciertos favoritos de los dioses como él, para luego elevarlos a las alturas y dotarlos de poder, honores, gloria y lujo.

[…]

Al igual que los otros altos funcionarios del Estado, el jefe de sección no sentía ningún respeto especial por los señores ministros. Éstos cambiaban según el juego de las fuerzas políticas, mientras que él y sus colegas permanecían en sus puestos. Encumbrados o barridos por la resaca de los partidos, los ministros parecían en general nadadores sin aliento que se aferraban a las tablas del poder. No poseían una visión exacta de los laberintos de la administración ni la sensibilidad adecuada para captar las sagradas reglas de juego de una burocracia que no tiene otra finalidad que ella misma. Con excesiva frecuencia eran simplistas de poca monta que sólo habían aprendido a fatigar sus ordinarias voces en mítines multitudinarios y a intervenir de forma engorrosa, por las puertas traseras de los despachos, en favor de sus correligionarios y familiares. Leónidas, en cambio, no menos que sus iguales, había aprendido el arte de gobernar como los músicos aprenden el contrapunto durante años de práctica incesante. Poseían un tacto delicadísimo para registrar los miles de matices inherentes a la tarea de administrar y decidir. A sus ojos, los ministros no eran sino simples peleles políticos por mucho que, siguiendo el estilo de la época, asumieran ciertos aires dictatoriales. Ellos, en cambio, los jefes de departamento, arrojaban sus inamovibles sombras sobre esos tiranos. Fuera cual fuera el tinte partidista de las lavazas que inundaban los despachos ministeriales, ellos seguían teniendo los hilos en la mano. Eran indispensables. Con la preciosa altivez de los mandarines permanecían en un modesto segundo plano. Despreciaban la opinión pública, los periódicos, el autobombo personal de aquellos héroes de un día —y Leónidas aún más que los otros, pues era rico e independiente.

[…]

Leónidas está de pie detrás de Amelie en el palco de la ópera. Se inclina sobre su cabellera que, gracias a la dilatada tortura bajo el casco metálico del peluquero, circunda ahora su cabeza como una nube inmaterial, como un vapor dorado oscuro. La gloriosa espalda de Amelie y sus inmaculados brazos están desnudos. Unos hombrillos muy finos sostienen el suave terciopelo verde mar de su vestido, que ha estrenado esa misma noche. Un modelo parisiense muy costoso. Eso la ha puesto de un humor festivo. En el esplendor de su autocomplacencia, supone que también León estará de un humor festivo al verla tan radiante y luminosa. Le lanza una mirada y ve un hombre elegante con un rostro ajado y grisáceo atornillado sobre la esplendorosa pechera del frac. Una fugaz sombra de inquietud se abate sobre ella. ¿Qué ha ocurrido ahí? ¿Cómo es posible que entre el almuerzo y la ópera aquel bailarín eternamente joven se haya convertido en un respetable señor de cierta edad, cuyos ojos parpadeantes y cuya boca de comisuras caídas apenas logren disimular un cansancio de vivir más bien crepuscular?

 

Franz Werfel  Franz Werfel. Una letra femenina azul pálido. Anagrama

Publicado en El oficio de lector, Lecturas recomendadas | Etiquetado | Deja un comentario

Utilidades de la literatura

Ya el esclavo de Nerón y filósofo estoico Epicteto afirmaba que la lectura equivalía al entrenamiento de un atleta antes de entrar al estadio de la vida, y que su propósito final era el de alcanzar la paz suprema. Pero la lectura de ficciones sirve, además, ya desde la infancia, como herramienta para fortalecer el pensamiento abstracto, para comprender la percepción del paso del tiempo y estimular la imaginación, para entender el curso narrativo de todas las cosas, para aprender a diferenciar entre lo ficticio y lo verídico y lo posible e imposible (sin tener que renunciar a nada), para que se cuestionen o se potencien nuestras ideas y creencias, para la comprensión de conceptos como destino y éxito y fracaso y, finalmente, para evadirnos de la prisión de nuestros días en busca de mil y una noches y paisajes y experiencias que difícilmente podríamos explorar o vivir desde nuestros dormitorios y oficinas.

[…]

El no leer, en cambio, no tiene ninguna ventaja y sí demasiados efectos residuales. Y ese virtual fin de la soledad que es la de pasarte la vida emitiendo y recibiendo ráfagas de más o menos 140 caracteres (y palabras abreviadas y emoticonos y «selfis» acerca de asuntos por lo general poco trascendentes) no es buen consejo ni consejero. Mirar no es lo mismo que ver y, mucho menos, que leer.

Rodrigo FresánRodrigo Fresán. El País

Publicado en Didáctica literaria | Etiquetado , | Deja un comentario

Gao Xingjian

El arte, desde niño era mi pasión. Desde que era pequeño, me metía en todo. Tocaba el violín, con cinco años hacía teatro, aunque el único espectador fuera mi padre. Empecé a escribir a los ocho. Me lo impuso mi madre: que hiciera un diario. Con la Revolución Cultural todo eso se me acabó. Pero recuerdo mi primera ficción, tenía 10 años y me regalaron un cuaderno con hojas blancas, sin líneas, y empecé a escribir la aventura de un niño que no quiere crecer, como Peter Pan, acompañada de dibujos. Me divirtió mucho.

[…]

Kafka era único. Él precisamente conoció de manera profunda el absurdo en la vida. Era ultrasensible. Encontró esa vacuidad en la vida moderna antes que los demás. Y lo muestra en sus obras. Precisamente ahí tiene un caso, es la literatura quien nos revela, quien nos alerta, quien nos hace conscientes. Ése es su papel. Esas revelaciones, además, se traducen, corren, se convierten en verdades universales.

Gao XingjianGao Xingjian

Publicado en El oficio de creador, Historia de la literatura | Etiquetado | Deja un comentario

El desnudamiento de la palabra

El mío ha sido un largo camino hacia el desnudamiento de la palabra: desde las primeras tentativas de escribir, cuando era jovencito en una prosa abigarrada, llena de palabras que hoy me dan vergüenza, hasta llegar a un lenguaje que yo quisiera que fuera cada vez más claro, sencillo, y por lo tanto más complejo, porque la sencillez es la hija de una complejidad de creación que no se nota ni tiene que notarse.

Uno siente primero que el trabajo intelectual consiste en hacer complejo lo simple, y después uno descubre que el trabajo intelectual consiste en hacer simple lo complejo. Y un caso de simplificación no es una tarea de embobamiento, no se trata de simplificar para rebajar de nivel intelectual, ni para negar la complejidad de la vida y de la literatura como expresión de la vida. Por el contrario, se trata de lograr un lenguaje que sea capaz de transmitir electricidad de vida suprimiendo todo lo que no sea digno de existencia.

Eduardo Galeano 2Eduardo Galeano

(A través de «Bulevar literario»)

Publicado en El oficio de creador | Etiquetado , | Deja un comentario

Un libro en el bolsillo

En sus caminatas y sus divagaciones por Dublín Leopold Bloom lleva una patata en el bolsillo del abrigo, y la manosea como un talismán secreto. Yo creo que hay que llevar siempre, en vez de una patata, un libro, un libro breve o poco voluminoso que quepa en un bolsillo grande, un libro para leer en el metro o en el autobús o en la sala de espera o en ese rato que nos queda de sobra a los neuróticos que llegamos muy anticipadamente a una estación o a una cita, retales gustosos de tiempo en los que el libro nos regala su cercanía y su tacto. […]

Muñoz Molona 1Antonio Muñoz Molina

Publicado en El oficio de lector, Lecturas | Etiquetado , | Deja un comentario