La función del arte

Diego no conocía la mar. El padre, Santiago Kovadloff, lo llevó a descubrirla.

Viajaron al sur.

 Ella, la mar, estaba más allá de los altos médanos, esperando.

 Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad de la mar, y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura.

 Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre:

 —¡Ayúdame a mirar!

Eduardo Galeano  Eduardo Galeano

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Los 100 mejores cuentos de la literatura universal?

La selección de cuentos está sacada de la página web

«El dinosaurio todavía estaba allí»

 

  1. A la deriva – Horacio Quiroga
  2. Aceite de perro – Ambrose Bierce
  3. Algunas peculiaridades de los ojos – Philip K. Dick
  4. Ante la ley – Franz Kafka
  5. Bartleby el escribiente – Herman Melville
  6. Bola de sebo – Guy de Mauppassant
  7. Casa tomada – Julio Cortázar
  8. Cómo se salvó Wang Fo – Marguerite Yourcenar
  9. Continuidad de los parques – Julio Cortázar
  10. Corazones solitarios – Rubem Fonseca
  11. Dejar a Matilde – Alberto Moravia
  12. Diles que no me maten – Juan Rulfo
  13. El ahogado más hermoso del mundo – Gabriel García Márquez
  14. El Aleph – Jorges Luis Borges
  15. El almohadón de plumas – Horacio Quiroga
  16. El artista del trapecio – Franz Kafka
  17. El banquete – Julio Ramón Ribeyro
  18. El barril amontillado – Edgar Allan Poe
  19. El capote – Nikolai Gogol
  20. El color que cayó del espacio – H.P. Lovecraft
  21. El corazón delator – Edgar Allan Poe
  22. El cuentista – Saki
  23. El cumpleaños de la infanta – Oscar Wilde
  24. El destino de un hombre – Mijail Sholojov
  25. El día no restituido – Giovanni Papini
  26. El diamante tan grande como el Ritz – Francis Scott Fitzgerald
  27. El episodio de Kugelmass – Woody Allen
  28. El escarabajo de oro – Edgar Allan Poe
  29. El extraño caso de Benjamin Button – Francis Scott Fitzgerald
  30. El fantasma de Canterville – Oscar Wilde
  31. El gato negro – Edgar Allan Poe
  32. El gigante egoísta – Oscar Wilde
  33. El golpe de gracia – Ambrose Bierce
  34. El guardagujas – Juan José Arreola
  35. El horla – Guy de Maupassannt
  36. El inmortal – Jorge Luis Borges
  37. El jorobadito – Roberto Arlt
  38. El nadador – John Cheever
  39. El perseguidor – Julio Cortázar
  40. El pirata de la costa – Francis Scott Fitzgerald
  41. El pozo y el péndulo – Edgar Allan Poe
  42. El príncipe feliz – Oscar Wilde
  43. El rastro de tu sangre en la nieve – Gabriel García Márquez
  44. El regalo de los reyes magos – O. Henry
  45. El ruido del trueno – Ray Bradbury
  46. El traje nuevo del emperador – Hans Christian Andersen
  47. En el bosque – Ryonuosuke Akutakawa
  48. En memoria de Paulina – Adolfo Bioy Casares
  49. Encender una hoguera – Jack London
  50. Enoch Soames – Max Beerbohm
  51. Esa mujer – Rodolfo Walsh
  52. Exilio – Edmond Hamilton
  53. Funes el memorioso – Jorge Luis Borges
  54. Harrison Bergeron – Kurt Vonnegut
  55. La caída de la casa de Usher – Edgar Allan Poe
  56. La capa – Dino Buzzati
  57. La casa inundada – Felisberto Hernández
  58. La colonia penitenciaria – Franz Kafka
  59. La condena – Franz Kafka
  60. La dama del perrito – Anton Chejov
  61. La gallina degollada – Horacio Quiroga
  62. La ley del talión – Yasutaka Tsutsui
  63. La llamada de Cthulhu – H.P. Lovecraft
  64. La lluvia de fuego – Leopoldo Lugones
  65. La lotería – Shirley Jackson
  66. La metamorfosis – Franz Kafka
  67. La noche boca arriba – Julio Cortázar
  68. La pata de mono – W.W. Jacobs
  69. La perla – Yukio Mishima
  70. La primera nevada – Julio Ramón Ribeyro
  71. La tempestad de nieve – Alexander Puchkin
  72. La tristeza – Anton Chejov
  73. La última pregunta – Isaac Asimov
  74. Las babas del diablo – Julio Cortázar
  75. Las nieves del Kilimajaro – Ernest Hemingway
  76. Las ruinas circulares – Jorge Luis Borges
  77. Los asesinatos de la Rue Morgue – Edgar Allan Poe
  78. Los asesinos – Ernest Hemigway
  79. Los muertos – James Joyce
  80. Los nueve billones de nombre de dios – Arthur C. Clarke
  81. Macario – Juan Rulfo
  82. Margarita o el poder de Farmacopea – Adolfo Bioy Casares
  83. Markheim – Robert Louis Stevenson
  84. Mecánica popular – Raymond Carver
  85. Misa de gallo – J.M. Machado de Assis
  86. Mr. Taylor – Augusto Monterroso
  87. No hay camino al paraiso – Charles Bukowski
  88. No oyes ladrar los perros – Juan Rulfo
  89. Parábola del trueque – Juan José Arreola
  90. Paseo nocturno – Rubem Fonseca
  91. Regreso a Babilonia – Francis Scott Fitzgerald
  92. Solo vine a hablar por teléfono – Gabriel García Márquez
  93. Sobre encontrarse a la chica 100% perfecta una bella mañana de abril – Haruki Murakami
  94. Tlön, Uqbar, Orbis Tertius – Jorge Luis Borges
  95. Tobermory – Saki
  96. Un día perfecto para el pez plátano – J.D. Salinger
  97. Un marido sin vocación – Enrique Jardiel Poncela
  98. Una rosa para Emilia – William Faulkner
  99. Vecinos – Raymond Carver
  100. Vendrán lluvias suaves – Ray Bradbury

(A través de la página «El dinosaurio todavía estaba allí»)

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Joan Margarit: «Nuevas cartas a un joven poeta», 7. Poesía y tradición, I

Uno de los aspectos más importantes del aprendizaje de los poetas jóvenes es la lectura de los clásicos de la poesía, aquellos poetas que no hemos olvidado con el paso del tiempo porque su obra siempre mantiene la fuerza y el interés.

La lectura de un poeta clásico siempre está llena de sugerencias para la propia obra y es una constante cura de salud poética, de esperanza y paz interior indispensables aún para el poeta «maldito», en el momento de escribir un buen poema […]

Toda la buena poesía que se ha escrito es para mí un gran friso donde los poetas del pasado han dejado sus huellas. En este friso dejará su pincelada quienquiera que llegue a escribir un buen poema. Poner el acento en la «novedad», en la «originalidad» de la pincelada no  parece, para comenzar, una buena pretensión.

Pero también es necesaria una cierta franqueza, una cierta despreocupación a la hora de escribir un poema. El poeta no puede dejarse agobiar por el pasado. «¿Qué puede decirse después de Horacio, de Baudelaire, o de Hardy?» es una pregunta que, según cómo se formule, puede abortar la posibilidad de escribir. […] Esta es una de las dos principales contradicciones de los poetas. Necesitan ser osados respecto al ayer, pero esta osadía no vale para nada si no va acompañada de la correspondiente humildad, que todos los grandes poetas han tenido. Hay que ser osado a la hora de escribir el poema y humilde antes y después de escribirlo. La segunda contradicción es que el poeta, por una parte, suele tener una cierta tendencia a la soledad, con el inevitable trasfondo de menosprecio que eso puede significar para los demás, de quienes, en cambio, necesita el reconocimiento, a veces con una intensidad vergonzante, porque sin lectores el poema no existe.

Joan Margarit. Nuevas cartas a un joven poeta  Joan Margarit. Nuevas cartas a un joven poeta

 

 

 

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La literatura capaz de salvar al mundo

Voy a escribir lo último que tengo que decir, y creo que lo hago pensando en el éxodo… Diré que no poseemos más conciencia que la literatura; que su función como conciencia es la de informarnos de nuestra incapacidad de aprehender el horrendo peligro de la fuerza nuclear. La literatura ha sido la salvación de los condenados; la literatura, la literatura ha inspirado y guiado a los amantes, vencido a la desesperación, y tal vez en este caso pueda salvar al mundo.

John CheeverJohn Cheever, Diarios

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Lucía

Era demasiado luminosa y demasiado inteligente para que nadie pudiera hacer otra cosa que imitarla. Antes que nada sus amigas, que sostenían el cigarrillo como ella, con desdén, entre el índice y el pulgar; se vestían como ella, hablaban igual. A pesar de la complejidad de su inteligencia, Lucía mostraba una naturalidad muy convincente, por eso podía permitirse muchas cosas que otras personas son incapaces de hacer impunemente. La misma rapidez de su entendimiento parecía completamente natural a la luz de su intensa sinceridad.

–Una mujer elegante –dijo hoy el abuelo– que me pasara suavemente una mano «pulita» por debajo de la camisa…, así recuperaría yo ahora la memoria que he perdido –se reía con sus ojitos celestes.

Ricardo Piglia. Los diarios de Emilio Renzi. Años de formación Ricardo Piglia. Los diarios de Emilio Renzi. Años de formación

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Umberto Eco, hacedor de libros

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Álbum de Bibliotecas en construcción, XLIII

Biblioteca Municipal Miguel Cané de Buenos Aires, donde trabajó Borges

 

Biblioteca Municipal «Miguel Cané». Buenos Aires. Aquí trabajó Borges

 

La lectura es el único medio a través del cual nos deslizamos, involuntariamente, a menudo sin poder hacer nada, a la piel de otro, a la voz de otro, al alma de otro.

Joyce Carol Oates

 

Biblioteca de Kansas City

 

Biblioteca de Kansas City

 

 

 

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Adriano de Robertis (1300-1400), maestro pintor

A De Robertis le gustaría decirle a Beaufort que ha reflexionado mucho, durante estas setenta y dos horas, acerca de la «Virgen barbuda». Que hay que poner el sentido de la oración en lo que hacemos. Que Dios, si existe, quiere ser reconocido, no idolatrado. Y que, en ocasiones, una blasfemia sirve más que una plegaria porque oculta el humano deseo de creer. Pero no lo hará. Callará estas reflexiones a las que, además, no sabría dar una forma rotunda y a la vez convincente. Su boca, en verdad, no está hecha para la disputa dialéctica. Si acaso, para las zanahorias crudas.
Un día de otro siglo, un siglo en el que existirán máquinas capaces de demoler sin esfuerzo el castillo de Sansepolcro y todo lo que en él se encierra, como una mano que apartara de su camino una zarza molesta, cierto hombre escribirá que los dioses se han quedado obsoletos, que ya no sirven. Entonces, en ese amanecer furioso, sólo existirá la Nada.

[…]

Porque quien en el acto de componer música, pintar frescos, esculpir sobre mármol o levantar catedrales se contempla a sí mismo desde la perspectiva del oficio, no puede por menos que preguntarse: «Todo este esfuerzo, toda esta lucha de vanidades, toda esta ingente escenificación, ¿para qué?» De los demonios que acechan al creador a lo largo y ancho de su tarea, ninguno tan angustioso como la carencia de sentido, acepta De Robertis bajo la mirada bovina, un tanto estúpida, del Pantocrátor en quien ya no sabe si cree. Porque, por definición, el sentido no es algo que se le suponga a la creación, no es algo que le sea dado «ex ovo». Así, del misterio de las sensaciones e impresiones que alimentan su vida, el creador cosecha el misterio de la realización de su obra.

[…]

Esa misma noche, al recoger su habitación, junto a los cuadernos de pintura y a los pocos objetos personales que ese pintor morigerado y de gesto adusto ocultaba bajo su jergón, uno de los fámulos del lazareto encontrará, entre las ropas que el anciano De Robertis conservaba a su muerte, un fragmento de pared.
En ese fragmento, que muestra signos de policromía y tiene el tamaño y el aspecto de una antigua tablilla romana, nítida y caligrafiada por una mano firme, aparece una frase en latín, una frase en forma de rombo que para el fámulo —hombre iletrado y brusco, que la observa con la prevención propia de aquellos para quienes el lenguaje se agota en lo que se transmite por la boca y se capta por los oídos— nada significa:

 Lux
antiquior
amore

Menéndez Salmón. La luz es más antigua que el amor  Ricardo Menendez Salmón. La luz es más antigua que el amor

 

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Nació Dadá

El 2 de febrero de 1916, mientras Europa se desangraba en la mayor carnicería de su historia, se publicó en un diario de Zúrich un comunicado que anunciaba de la próxima inauguración de un “centro de diversión artística” cuyas veladas tendrían lugar en una taberna de Spiegelstrasse. Y, en efecto, el día 5 se celebró allí la primera sesión del Cabaret Voltaire, de la mano de Hugo Ball; su esposa, Emmy Hennings; el joven rumano exilado Tristan Tzara y los pintores Jean Arp, Marcel Janco y Sophie Taeuber: había nacido Dadá. El éxito de aquellas primeras veladas, en las que —en contraste con el fragor de los cañones y los aullidos de las trincheras— la irreverencia, el sinsentido, el disparate y el juego constituían una auténtica celebración de la vida, fue inmediato. El número 1 de la Spiegelstrasse se convirtió en el lugar de encuentro de una serie de abigarrados personajes —exiliados, desertores, espías, pacifistas internacionalistas, revolucionarios, intelectuales, artistas— que habían escogido la neutral Zúrich para escapar de la guerra.

Rodríguez RiveroManuel Rodríguez Rivero. Babelia

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Vivir la vida de la imaginación

Escribir –medité- debe ser un acto desprovisto de voluntad. La palabra, como la corriente profunda del océano, debe emerger por su propio impulso. Un niño no necesita escribir, es inocente. Un hombre escribe para expulsar el veneno que ha acumulado a causa de su forma de vida falsa. Trata de recuperar su inocencia, y, sin embargo, lo único que consigue (escribiendo) es inocular el mundo con el virus de su desilusión. Ningún hombre pondría palabra alguna por escrito, si tuviera el valor de vivir lo que cree […] El auténtico gran escritor no quiere escribir: quiere que el mundo sea un lugar en que pueda vivir la vida de la imaginación

Henry MillerHenry Miller

(A través de «Hyperbole.es»)

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