Horizontes para subir la cumbre

 

Tenía frío y no pedía fuego,

tenía terrible sed y no pedía agua:

pedía libros, es decir, horizontes,

es decir, escaleras para subir la cumbre

del espíritu y del corazón.

Porque la agonía física, biológica, natural,

de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco,

muy poco, pero la agonía del alma

insatisfecha dura toda la vida.

García Lorca  Federico García Lorca

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Álbum de Bibliotecas en construcción, XLIV

Riggs Library in Georgetown University

 

Riggs Library en Georgetown University

 

 

Pequeña biblioteca en la sala de espera de un hospital en Praga.

 

Pequeña biblioteca en la sala de espera de un hospital en Praga

 

 

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Más fuertes y mejores

Mientras escribo estas líneas, puedo ver junto a mí los desalentadores montoncitos de libros que se empiezan a acumular, como torres truncadas, en el suelo de mi despacho. Ya no me caben en las baldas y no sé dónde meterlos. Aunque hace ya mucho que perdí el respeto reverencial a los libros y, después de leerlos, suelo desprenderme de la mayoría, la cantidad de volúmenes que tengo crece como la espuma, porque me regalan muchos y, mea culpa, sigo comprando bastantes (menos mal que existen las versiones electrónicas). A veces pienso que se están convirtiendo en una especie de virus invasor y hasta llego a detestarlos durante unos instantes. Luego, claro, se me pasa corriendo. ¿Qué haría yo sin libros? Son y siempre han sido mi mejor amuleto ante los desasosiegos de la vida. En el dolor, en la ansiedad, en las esperas y las desesperaciones, si cuentas con una buena lectura estás al menos en parte protegido. Recuerdo perfectamente las obras que leí en algunos momentos especialmente penosos; en enfermedades propias, por ejemplo, o en esperas hospitalarias de enfermedades ajenas. Son libros que me ayudaron a atravesar esos tiempos oscuros, los estrechos desfiladeros de la vida; a decir verdad, pienso en ellos como si fueran mis amigos.

Sé, por otra parte, que esto que me sucede a mí le ocurre a muchos. El grupo editorial italiano Mauri Spagnol y el Centro de Estudios de Mercado y Relaciones Industriales de la Universidad de Roma publicaron hace poco los resultados de una investigación curiosísima: estudiaron si la lectura tiene algún efecto en el bienestar de las personas. Tomaron una muestra de 1.100 individuos, los dividieron en dos grupos, lectores y no lectores, y les aplicaron tres conocidos protocolos para calibrar el índice de satisfacción con la vida, según la autovaloración de los sujetos. En una escala del uno, lo peor, al diez, lo mejor, los 1.100 individuos se dieron, como media, una nota de felicidad por encima del siete. Esto ya es sorprendente en sí, o al menos a mí siempre me sorprende que, cuando le pides a la gente que puntúe su nivel de felicidad, todos los estudios suelen dar unas notas bastante altas, de notable para arriba. Y es que el ser humano es una criatura vitalista, adaptativa y tenaz. Pero lo novedoso de esta investigación es que los lectores superaron a los no lectores en todos los apartados por cerca de medio punto: se sentían más dichosos y experimentaban más a menudo emociones positivas. Resumiendo: parece que leer te ayuda a ser más feliz. Cosa que desde luego no me extraña.

Siempre me han dado pena las personas que no leen. Y no porque sean más incultas y menos libres, aunque es bastante probable que sea así. No, las compadezco porque creo que viven mucho menos. Leer es entrar en otras existencias, viajar a otros mundos, experimentar otras realidades. Y además, ¡qué inmensa soledad la de quien no lee! Porque la literatura nos une con el resto de los habitantes de este planeta, nos hermana con la humanidad entera, más allá del tiempo y el espacio. Podemos experimentar las mismas emociones que un escritor inglés del siglo XVI o que una autora contemporánea de la remota Nueva Guinea. Y al fundirnos con los demás, al salir de nosotros mismos, salimos también por un instante de nuestra muerte, que nos espera enroscada en la barriga. Leer te hace inmortal.

Foto de André KertészHay dos fotos antiguas en blanco y negro que me parecen maravillosas y que son un ejemplo de esa fuerza benéfica de la literatura. Una es de André Kertész y muestra una ancianita en camisón sentada en una cama de madera, un mamotreto viejo con dosel. La instantánea fue tomada en el asilo de Beaune (Francia) en 1929, así que la mujer era una asilada, probablemente sola, enferma y pobre, una vieja sitiada por la muerte. Pero tiene un libro en las manos y está embebida en él. Lee, de perfil, con serena y perfecta placidez. Qué invulnerable se la ve, protegida por el gran talismán de la lectura. Toda ella luz dentro del barquito de su cama en mitad de un océano de tinieblas.

Biblioteca de Holland HouseLa otra foto es bastante conocida: la biblioteca de Holland House, en Londres, tras los bombardeos de 1940. El techo del edificio se ha derrumbado pero las paredes, repletas de libros, se mantienen en pie. Aquí y allá hay tres hombres con abrigo y sombrero que, subidos a la inestable pila de escombros, miran los lomos de las estanterías u hojean algún volumen. A mí esta foto siempre me ha parecido un emblema de la esperanza, de la capacidad de supervivencia de los humanos. En lo más aterrador de la pesadilla nazi, cuando parecía que el infierno triunfaba, esos hombres buscaban en la hermandad lectora con el resto de la humanidad las fuerzas suficientes para seguir resistiendo. Esta es la magia de la literatura: nos hace ser más fuertes y mejores.

Rosa Montero    Rosa Montero. El País Semanal

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Virginia Woolf. Ponerse a escribir…

Texto de Wolf.jpg

Virginia Woolf. Diario de una escritora

(A través de «Bulevar Literario»)

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La frase en la escritura

Mi idea es que una frase es un espacio entre dos puntos y a la vez es una responsabilidad. Yo solo abro una frase si tengo algo que decir, y si es así intento decirlo lo más rápidamente posible y callarme. Si digo algo en 20 palabras y consigo dejarlo en 10, mejor. Si logras la misma idea en menos espacio la frase adquiere una potencia que permite la interpretación, respetar al lector como persona inteligente, que imagina y construye su propio mundo. La lectura no consiste solo en leer, sino en levantar la cabeza, ahí empieza realmente buena parte de la creación. Si el libro es muy exhaustivo, didáctico, explicativo, no queda nada para el lector. Pero si una frase tiene una intensidad que nos hace levantar la cabeza, empieza algo que te lleva a imaginar, a asociar. La potencia de la frase depende de concentrar lo esencial.

Gonçalo M. Tavares  Gonçalo M. Tavares

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Las siete manías más raras de los escritores

El proceso de escritura de los grandes escritores se ha mitificado a lo largo del tiempo, como una especie de round secreto con su propia mente en el que se utiliza todo tipo de técnicas para colocarse en el estado de ánimo adecuado para que las palabras puedan fluir. Algunas de estas técnicas obedecen a una lógica de estímulos comunes para propiciar la creatividad, desde café, alcohol y drogas hasta música o caminatas. Otras, sin embargo, son más extrañas y parecen entrar dentro de una región cabalística o una peculiar mística, actos que podrían parecer “psicomágicos”.

Un artículo de The Guardian recupera los que considera son los hábitos más extraños que han empleado famosos escritores para entrar en el “flow” de la escritura. Traducimos aquí cinco de estos casos sui generis de extraños gestos de grandes escritores, y añadimos un par más para así hacer un cabalístico número siete.

 

T.S. Eliot

T.S.EliotEl gran poeta de The Waste Land se pintaba la cara de verde para escribir, en lo que parece ser el gesto más sorprendente, una especie de drag poético. Al parecer Eliot hacía esto para “no parecer  un empleado de banco” y tomar el aire distinguido y extravagante de un poeta, siguiendo tal vez la imagen del dandi de Baudelaire. Pintar su cara de verde con un polvo también podría ser una forma de tomar una personalidad dramática.

 


 

Edgar Allan Poe

PoePoe, famoso por sus minuciosos cuentos detectivescos, escribía en pequeñas y angostas tiras que pegaba con cera, creando una especie de enorme pergamino. La escritura de Poe reflejaba una letra manuscrita obsesiva, literalmente minimalista. Al parecer, hacía esto para crear un efecto de continuidad en las hojas que de otra forma era difícil obtener.

 


 

 

Scott Fitzgerald

FitzgeraldFitzgerald vivió como nadie el sueño de bonanza de la era del jazz y los “roaring 20″, el exceso y el glamour. Muchos escritores escribían borrachos, pero Fitzgerald tenía la particularidad de hacerlo siempre con champagne. La frase: “Cualquier cosa en exceso es mala, pero demasiada champange es justamente buena”, se atribuye a Fitzgerald.

 

 


 

 

Ernest Hemingway

HemingwayAunque popularmente se asocia a Hemingway con el alcohol e incluso tenía a Fitzgerald como su compañero de juerga, al parecer Hemingway escribía sobrio. Sobrio, de pie (sin riesgo de caer) y con una vestimenta ritual de mocasines y una piel de antílope. La postura corporal, según The Guardian, debido a una lesión de guerra en la pierna. Tal vez Hemingway intuía que la vida sedentaria era terrible para la espalda. Otros escritores como Lewis Carroll y Thomas Wolfe también implementaron esta medida.


 

George Bernard Shaw

George Bernard ShawEl escritor George Bernard Shaw construyó un cobertizo montado sobre un mecanismo giratorio que le permitía escribir siguiendo el curso del Sol todo el día, en una estupenda práctica heliográfica. Su cabaña también tenía el propósito de aislarse de la civilización, algo que compartía con muchos escritores. “La gente me molesta”, escribió Shaw, “vengo aquí a esconderme de ellos”. En este cobertizo Shaw escribió algunas de sus obras maestras, como Pigmalión. 


 

Hunter S. Thompson

Hunter S. ThompsonEste era el ritual diario del famoso periodista gonzo, empezando por un Chivas Regal a los 5 minutos de levantarse, para sentar la tónica.

 

 

 


 

Friedrich Schiller

Friedrich SchillerQuizá el hábito más extraño es el del escritor alemán Friedrich Schiller. Según relata su amigo, el aún más famoso Johann Wolfang von Goethe, Schiller mantenía unas manzanas podridas en su escritorio, ya que este olor le producía una explicable inspiración y se había vuelto adicto al mismo.

 

(A través de «Culturamas.es«)

 

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Hay tantas escrituras…

Hay tantas escrituras: las que dan voz a la tragedia y al horror de la vida y aquellas que dan voz a su encanto; las que se obsesionan con la verdad y aquellas que pretenden reinventar el mundo. Está la escritura que nace en la cabeza, en el conocimiento intelectual, y aquella que nace en la mano, en la creatividad que ignora que el autor entiende menos su obra que los demás, como me sucedió cuando hablaba con Singer y me daba cuenta de que yo entendía más sus grandes obras, sus relatos y parábolas que había escrito él y no yo.

MagrisClaudio Magris

(A través de «Calle del Orco»)

 

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El deber del escritor

El deber

del escritor, del poeta

no es ir a encerrarse cobardemente en un texto,

un libro, una revista de los que ya nunca saldrá,

sino al contrario, salir afuera

para sacudir

para atacar

el espíritu público

si no

¿para qué sirve?

¿y para qué nació?

Antonin ArtaudAntonin Artaud

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Álbum de librerías incompleto, 35

Antigua fotografía de la Librería de Murguía, en México.

Antigua fotografía de la Librería de Murguía, en México

 

 

ATLANTIS BOOKSHOP, LONDRES. 49A, Musseum Street.

Atlantis Bookshop. 49A, Museum Street. Londres

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Lectura: «Arenas movedizas», de Henning Mankell

«Arenas movedizas» es el título que le puso Mankell a ese libro que reúne sus vivencias y que edita Tusquets (traducción de Carmen Montes Cano), el sello que ha publicado todos sus libros. Allí enfrenta el horizonte de la muerte creando el arco de algunos de los primeros hallazgos que han marcado su existencia personal y colectiva. No es un libro filosófico ni de autoayuda, aunque esté esparcido de preguntas esenciales de siempre, sino que a partir de ellas recuerda que la vida de cada uno está llena de historias luminosas o sombrías, cuentos o novelas según se quiera, que nos conectan con el mundo.

Y, claro, al estilo de Mankell, hay una denuncia política y social sobre el legado que dejaría esta civilización a la humanidad: No será Rubens, ni Shakespeare, ni Beethoven, sino los residuos nucleares enterrados en el fondo de alguna montaña sueca jugando con la memoria de las siguientes generaciones, con el riesgo paradójico de que, afirma Mankell, el último recuerdo que deje el ser humano será ése: «Que nadie recuerde nada. Lo último que dejaremos detrás de nosotros es algo que escondemos para que nadie lo encuentre”.

Mankell. Arenas movedizas«Arenas movedizas» es la vida como un rompecabezas de historias que entretejen en silencio el porvenir de una persona. Empezando por el título, Mankell cuenta cómo le aterraba, desde niño, y durante sus periplos por el mundo la idea de ser engullido por una de esas arenas pero luego descubre la verdad que las rodea, todo mito. Y en este caso, frente a la enfermedad que parecía engullirlo sale de allí al aferrarse a los recuerdos, al repasar su vida: “Puede que no me atreviera a pensar en el futuro. Era territorio incierto, minado. Así que volvía continuamente a la infancia”, escribe en el libro. Y también a su adolescencia y a su madurez, a sus momentos estelares.

Entre las obras de Henning Mankell destaca la serie policiaca del inspector Kurt Wallander, traducido a 40 idiomas, que inició en 1990 con Asesino sin rostro. En sus novelas, narra dramas humanos en los que advierte problemáticas sociales o políticas de su país o de Europa. Una mirada a la cual ha contribuido su presencia en África desde 1973 cuando fue por primera vez.

Con todo eso ha creado este libro-testimonio. Una procesión de episodios de primeras veces y sus sombras. Un espejo retrovisor, como él lo llama, en el que mira atrás para seguir avanzando

Winston Manrique Sabogal. El País


 

Textos

De repente fue como si la vida se estrechara. Aquella mañana, recién estrenado el año 2014, cuando me dieron el diagnóstico de cáncer, fue como si la vida se encogiera. Escaseaban las ideas, una especie de paisaje desértico se me extendía por dentro, en la cabeza.

[…]

La vida es el arte de sobrevivir. En el fondo, no es nada más.

[…]

En nuestro caso, no obstante, podemos decir que ya hemos decidido cuál será el recuerdo más claro de nuestra civilización.

No será Rubens. Ni Rembrandt. Ni Rafael.

Tampoco Shakespeare, Botticelli, Beethoven, Bach o los Beatles.

Dejamos tras nosotros algo muy distinto. Cuando todas las manifestaciones de nuestra civilización hayan desaparecido, quedarán dos cosas: la nave espacial Voyager, en su eterno viaje por el espacio exterior, y los residuos nucleares en el corazón de la roca.

[…]

La decisión de dejar el instituto la tomé de repente. Aunque no tanto. En el subconsciente llevaba tiempo preparándome para una partida decisiva. No porque me costaran los estudios. Simplemente, me parecía aburrido pasarme todas aquellas horas dormitando, porque yo ya había resuelto ser escritor. Aprender y estudiar era algo que podía hacer mucho mejor sin necesidad de estar encerrado en un aula.

[…]

Tener la posibilidad de decidir a qué quiere uno dedicar su vida es un gran privilegio. Para la inmensa mayoría de las personas del planeta, la vida es supervivencia elemental, en un plano mucho más dramático.

[…]

Siempre me reafirmaba en la idea de que el ser humano es un ser narrante. Más «Homo narrans» que «Homo sapiens». En los relatos de los otros nos vemos a nosotros mismos. Toda obra de arte sincera contiene un fragmento pequeñísimo de un espejo.

[…]

Existen dos tipos de narrador que se encuentran en una lucha constante. Uno entierra y esconde, mientras que el otro cava para desvelar.

MankellHenning Mankell. Arenas movedizas. Tusquets

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