¿Leer puede hacerte más feliz?

¿Leer puede hacerte más feliz? se preguntaba un ensayo de hace unos meses en la revista «The New Yorker». Su autora, la narradora y antropóloga social Ceridwen Dovey, aseguraba que sí. Yo, que ya lo sabía, en cambio, prefiero amenazar con un no leer seguro que te hace más tonto. Mucho mas tonto de lo que piensas. Más que eso que estás pensando.

Y, de acuerdo, tal vez la literatura no sirva para salvar el mundo, pero si que te ahorrará unos cuantos billetes de esos que gastas acostado en un diván  recitándole a un casi desconocido el cuento de la nunca muy bien redactada novela de tu vida.

Rodrigo FresánRodrigo Fresán. El País

Publicado en El oficio de lector | Etiquetado , , | 2 comentarios

Entrar en un libro

[…] Así, toda la gente lee hoy todo volando, lo leen todo y no conocen nada. Yo entro en un libro y me establezco en él en cuerpo y alma, tiene que imaginárselo, en una o dos páginas de un trabajo filosófico como si penetrara en un paisaje, una naturaleza, una formación estatal, un accidente terrestre si se quiere, para penetrar a fondo en ese accidente terrestre con todas mis fuerzas y no sólo a medias y queriéndolo a medias, investigarlo y luego, una vez investigado con toda la minuciosidad disponible, deducir el todo. El que lee todo no comprende nada, dijo. No es necesario leer todo Goethe, todo Kant, ni tampoco es necesario todo Schopenhauer; unas páginas del Werther, unas páginas de las Afinidades Electivas, y al final sabremos más sobre esos dos libros que si los hubiéramos leído del principio al fin, lo que en cualquier caso nos privaría del placer más puro. […]

Thomas Bernhard2  Thomas Bernhard. Maestros antiguos

Publicado en El oficio de lector | Etiquetado , , | Deja un comentario

Me hicieron para escribir

Lobo AntunesCuando no escribo no me siento bien, siento como una angustia; una cosa física difícil de explicar. Tengo la impresión de que me hicieron para escribir.

António Lobo Antunes

Publicado en El oficio de creador | Etiquetado , | Deja un comentario

Álbum de librerías incompleto, 36

Librería Lello. Oporto1

 

Librería Lello. Oporto. 1

 

La librería Lello, diseñada en 1906, con un interior asombroso de maderas talladas en un neogótico Tudor, no se parece a ninguna otra que yo haya visitado. Más que una librería, recuerda la biblioteca de una universidad muy antigua en un país muy civilizado. En ella puede sentirse la intemporalidad de las voces de los libros, pero también la de la presencia de las generaciones de lectores. Porque aparece en las películas de Harry Potter, se ha convertido en punto de destino de un turismo iletrado y masivo, que llega a cada momento desde cualquier parte del mundo. Los dueños han tenido que instalar un quiosco de venta de entradas, delante del cual hay siempre una cola de turistas que ya distraen la espera haciéndose fotos, con o sin el pertinente brazo extensible. La entrada cuesta tres euros, que se le devuelven al que compra un libro. Pero en el interior que fue tan espacioso ya no hay sitio ni calma para mirar ningún libro, ni para hacer otra cosa que no sea abrirse paso entre una masa de gente que toma fotos de sí misma. Parejas, familias enteras, apiñadas excursiones asiáticas, niños narcotizados por pantallas diminutas, un espesor de cuerpos en un vagón de metro a hora punta, un chasquido de cámaras digitales y tonos de teléfono. Desde una de las estanterías, un busto de Eça de Queiroz contempla el circo detrás de su monóculo.

Antonio Muñoz Molina. Babelia

 

Librería Lello. Oporto.2

 

Librería Lello. Oporto. 2

 

Librería Lello. Oporto.3

 

Librería Lello. Oporto. 3

 

Publicado en Imágenes, Librerías | Etiquetado , | 3 comentarios

Lectura: «París-Austerlitz», de Rafael Chirbes

Abajo esas cejas arqueadas. Libro póstumo no suele casar bien con criterio literario de autor en vida. Y ante esta novela breve de Rafael Chirbes (1940-2015), uno de los mejores escritores de este país, las dudas son tantas o más legítimas, dado el potencial comercial de la edición de una obra inédita. Restablecido el arco de las cejas, toca esconder las prevenciones. En primer lugar porque su autor, a pesar de tratarse de un proyecto que fue retomado y abandonado por espacio de 20 años, la dio por finalizada meses antes de su muerte. Y en segundo lugar, por una razón que, de necesitarlo, anularía la anterior: «París-Austerlitz» es una novela breve soberbia, digna del talento y el oficio de su autor.

La temática de «Paris-Austerlitz» retrotrae a libros anteriores a los últimos de Chirbes, monumentales, shakesperianos, como «Crematorio» o «En la orilla». La trama se ubica a finales del siglo pasado, en París, una pareja homosexual a las que les diferencia edad, nacionalidad y extracción social. Quien nos narra esta historia a modo de duelo más intelectualizado que sentido es un joven madrileño, de familia acomodada, que viaja a París en su sueño de labrarse la vida como pintor.

Chirbes. Paris-AusterlitzEl relato es un cierto pliego de descargo, descarnado y valiente, frío bisturí aplicado a la carne de la relación y al ex­aman­te agonizante a causa del sida, sin piedad ni mentiras piadosas. Éste se llama Michel, de cincuenta y tantos, obrero cualificado de ascendencia normanda. El amante maduro y el amante joven. Carne nueva y protección. Intereses y desamparo. Te doy todo porque lo quiero todo de ti. Una batalla que como todas acaba con intercambio de cadáveres y reproches. Amante que abandona al enfermo. Amante que asfixia con su dependencia a quien no sabe cómo llamar a lo que siente. La agonía de Michel, en el hospital de Saint-Louis, y las visitas de su examante son un prodigio de la destreza de Chirbes tanto cuando relata el itinerario como el runrún de la carcoma, el colapso, el miedo, el desenlace, los distintos egoísmos del que se entrega sin preguntar y el que se va alejando sin avisar del todo. Y fascinante la manera en que Chirbes inserta los interludios del narrador explicando anécdotas de la infancia de Michel o las relaciones de ambos con sus respectivas madres.

Rafael Chirbes se nos muestra en estado de gracia en el control del qué y el cómo. Es directo y profundo, valiente y certero. No es concisión lo suyo sino algo que tiene mucho más que ver con la precisión, con la lucidez, con la verdad poética de levantar el telón, ver lo oculto, volverlo a bajar y tratar de olvidar lo visto. No sales igual que entras en esta estación de París Austerlitz. El único motivo por el cual no es incontestable este libro es por la resolución un poco abrupta, no fallida pero que muestra un desequilibrio con las casi 150 páginas anteriores. Como si mientras la escribía arrebatado por la inspiración —fantaseemos en modo «Kubla Khan», de Coleridge—, alguien hubiera llamado al timbre de casa de Chirbes y a esa interrupción no hubiese podido reponerse el novelista. Ése es todo el “debe” a este libro.

Devoramos las páginas de la trama, del ayer más o menos remoto al inmediato, al hoy y a un lugar por determinar desde el que nos habla quien narra. No hay compasión al narrar la carnicería que es amarse. Rafael Chirbes consigue aislar ese sentimiento, ese trastorno llamado amor y aplicarle tratamiento de verdad. El enfermo que se muere de sida lo hace por falta de anticuerpos, por falta de protección, de no prevenirse. Chirbes consigue que entendamos en una sutil comparativa que existe otro virus más tóxico, letal y universal que el sida, que es el amor romántico. Un sentir artificial más que natural ante el que la sociedad desde el siglo XVIII no tiene defensas, desamparada ante su adicción destructiva, abrasiva, sin remedio. Nos morimos mucho antes que —como Michel— de neumonía, de insatisfacción, de infelicidad, de frustración. Sin defensas ante el fuerte, el que abandona, el que no se entrega, el que decide. Sin defensas ante el débil, el que chantajea, el que reprocha, responsabiliza y se autolesiona. La disección de esa enfermedad llamada amor que hace Rafael Chirbes es certera, salvaje y valiente, en cierto modo, racionalmente incontestable. Sobre todo porque lo hace al servicio de la narración no de engrudo ensayístico, pulsando las teclas justas de explicador de historias, casi de memoria, sin esfuerzo, y adoleciendo, quizás, de esas 50 páginas de más que al menos yo necesito para que esta obra sea ¿perfecta? Y es que vamos a echar mucho de menos a Rafael Chirbes.

Carlos Zanón. Babelia


Textos

Regresan las imágenes de su narración original, génesis en el que nunca existió el paraíso, y quien aparece es el hombre mal afeitado que lo aparta de un manotazo cuando él le abre la puerta de casa, y coge a su madre por los hombros, la zarandea, la insulta, y de pronto se echa a llorar y cruza la salita en cuatro zancadas y se mete en el retrete, donde orina con la puerta abierta. El niño oye el ruido de la orina y ve la espalda del hombre, que, al salir del retrete, lo levanta hasta la altura de su cara y lo besa. La barba daña la mejilla del niño, que se aparta bruscamente, mientras oye la voz de la madre que dice: bésalo, es tu padre. Pero él no quiere besarlo. El hombre se queja: ya no me conoce. Y repite otra vez: no me conoce. Atardece. La luz se afila y recorta la figura del hombre, que pasa horas sentado en una silla, con la espalda recta, pegada al respaldo. El niño lo mira desde un rincón y luego se acerca a él y le pone la mano en la rodilla, pero el hombre no se mueve, se limita a respirar con un silbido que, cincuenta años más tarde, Michel me dice que reconoce en sí mismo: vengo de un gen con los fuelles rotos, dice.

[…]

Cuando acabamos el traslado, se puso a besarme, hundió la cara en mi hombro y se estuvo así, sin moverse, mucho rato. Sentía en el cuello el calor húmedo de su respiración y eso me daba seguridad: él se encogía como si buscara protección y yo me sentía protegido. Prodigios de la primera etapa del amor. Engañosas prestidigitaciones de la carne y juego de disfraces (los disfraces del deseo: la flor que atrae con su brillante color al insecto). […] La música, un aceite que engrasaba dos cuerpos desnudos, seres a los que se les había arrancado el caparazón (¿de qué frágil cualidad se vuelve el hombre despojado de su cáscara textil?); larvas que, en el espejo, parecían desprovistas de estructura interna, incluso de piel, mutilados pedazos de carne que se buscan.

[…]

Al amanecer, lo acompañé a la parada del autobús que lo llevaba a la fábrica, y aún ahora puedo ver su gesto de despedida detrás de la ventanilla, he vuelto a verlo cada vez que me separaba de él en el hospital y lo dejaba con los ojos inertes, Michel, con su chupa de cuero y su bufanda roja, la mano levantándose hasta que se pone al lado de su cara que apenas esboza una sonrisa. El rostro de un hombre satisfecho en un autobús que se desliza y empequeñece y confunde con los otros vehículos bajo la luz anaranjada de las farolas. Aún faltan varias horas para que amanezca. Arrecia la lluvia, vuelvo a la carrera a casa, me preparo otro café y dudo si meterme en la cama o ponerme a dibujar un rato.

[…]

Bernardo, mi amante en Madrid, dice que esa búsqueda de una finalidad por encima de lo que vives y te pasa es mi concepción jesuítica del mundo, estúpida búsqueda de los novísimos, del sentido de la vida, del más allá, todas esas cosas que no quieren decir nada y te enredan y te condicionan la vida. Bernardo: condena segura a la infelicidad. Te inyectan el virus de la trascendencia de niño, y se convierte en una dolencia crónica que ya no se cura.

Chirbes  Rafael Chirbes, Paris-Austerlitz. Anagrama.

Publicado en El oficio de lector, Lecturas | Etiquetado | Deja un comentario

Diez escritoras contemporáneas que deberías empezar a leer ya mismo (si no lo estás haciendo) – Canino

En el Día Internacional de la Mujer puedes empezar a leer las escritoras que te presentamos en esta jugosa selección.

Origen: Diez escritoras contemporáneas que deberías empezar a leer ya mismo (si no lo estás haciendo) – Canino

Publicado en Lecturas | Etiquetado | Deja un comentario

Joan Margarit: «Nuevas cartas a un joven poeta», 7. Poesía y tradición, II

A mí me gusta sentir que escribo desde lo que llamo la inteligencia sentimental, que desconfía de la ausencia de reglas y que, en lugar de rehusarlas, se abre a todo tipo de posibilidades formales, negando sólo la intervención de la irracionalidad. […] Con respecto a la realidad, esta inteligencia sentimental recorrerá el camino inverso del de la transfiguración romántica y vanguardista, es decir, partirá de esa misma realidad para poner de manifiesto los poemas que contiene. Dicho de otra manera: adaptará la poesía a la realidad, es decir, a la vida. El instrumento de la inteligencia sentimental utiliza para este recorrido desde la realidad más inmediata a la más profunda es la experiencia del sentimiento acotada siempre por la razón o, aún desde más cerca, por el sentido común. No conozco ningún gran poema que contenga una insensatez.

La poesía no tiene fin porque la realidad tampoco lo tiene. Cada poeta, si encuentra su propia voz, podrá aportar un matiz distinto de esta realidad. Estos matices y esta voz son los que siempre son nuevos. […] Un buen poema es la parte visible de un iceberg que debe su equilibrio a su parte más profunda y oculta, formada por sustancias artísticas anteriores, a veces próximas, a veces muy antiguas. Y siempre hablando del dolor, la muerte, el amor, el mal, la felicidad, el miedo, la culpa, con diferentes matices. Cada generación ha de reinterpretar estos conceptos, sentimientos, experiencias y pensamientos […]

Joan Margarit. Nuevas cartas a un joven poeta  Joan Margarit. Nuevas cartas a un joven poeta.

Publicado en Didáctica literaria, El oficio de creador | Etiquetado , | Deja un comentario

Retrato: Faulkner

FaulknerEn la fotografía de Van Vechten, Faulkner tiene el pelo blanco y su nariz destaca como esas narices de viejo que acaban invadiendo el rostro igual que un cáncer. Hay cierto hastío en su gesto, como si la comida le hubiera provocado acidez de estómago, lleva un traje que no le sienta del todo bien y un pañuelo nada primorosamente planchado asoma de su bolsillo izquierdo. Su mano izquierda está doblada en una postura sin duda incómoda y a su espalda, como en el resto de la sesión, hay una pared de ladrillo o que remeda al ladrillo, una especie de muro de las lamentaciones.

Se advierte que el escritor no está a gusto en la pose, pero podemos dar fe de que esa nariz ha olido sabe dios qué fondos de vaso y que esas manos han mecanografiado algunas de las mejores páginas de la literatura de todos los tiempos. Porque ese hombre, el Verbo, William, es una de las encarnaciones más majestuosas del misterio que llamamos «escritura», uno de sus demiurgos más poderosos, una de sus potestades. Porque ese hombre, el Verbo, William, «perdurará».

Menéndez Salmón. La luz es más antigua que el amor  Ricardo Menéndez Salmón. La luz es más antigua que el amor.

Publicado en Colección de textos literarios o no, Imágenes | Etiquetado , | Deja un comentario

Sánchez Ferlosio: Pecios VI

(Confianza) Algunos aprecian la coherencia o congruencia como una prueba de honradez en la conducta o como una garantía de verdad en el razonamiento, pero, al cabo, tiene un punto de vanidad estética: vale poco más que la rima, pero es mucho más peligrosa.

(Equívoco pronominal) Se ponen como muy arrogantes usando el plural, porque piensan que Nosotros tiene la ejemplaridad de no ser personal sino solidario; pero Nosotros es tan persona como Yo, y, si cabe, muchísimo peor persona.

(Anacarsis) Cada vez más ejemplarmente piadosa resulta hoy en día la respuesta del escita Anacarsis, que visitó Atenas en tiempos de Solón, cuando los atenienses le preguntaban que por qué no tenía hijos: «Por amor a los niños».

(Creyentes en la inexistencia) Ahora salen con el eslogan «Probablemente Dios no existe; deja de preocuparte y goza de la vida». No sé lo que es hoy en día «gozar de la vida» como no sea gastar dinero y hacer el mamarracho para sofocar el mortal aburrimiento de un mundo malvendido. Pero lo malo de la fe no es que Dios dé preocupaciones, sino todo lo contrario: Dios quita preocupaciones; Dios inhibe, enajena, insensibiliza, embrutece.

Sánchez Ferlosio. Campo de retamasRafael Sánchez Ferlosio. Campo de retamas

 

Publicado en Colección de textos literarios o no | Etiquetado | Deja un comentario

Juan Mayorga: Escribir teatro

Escribir es un privilegio que me hace feliz y en los días en los que no puedo escribir o escribo poco lo soy menos […]. Existe una tradición del escritor agonista y sufridor pero yo gozo escribiendo y me ayuda a tener una actitud de alerta y de hospitalidad respecto al mundo. Además, me alegra que mis textos provoquen reuniones y generen sociedad. Lo de menos es el elogio y el aplauso.

Escribo fundamentalmente para ese chaval que antes de pensar que iba a trabajar en el teatro iba al teatro […]. Y ese chaval no solo esperaba algo del teatro sino que elegía obras que también esperaban algo de él, que lo respetaban. Si te tratan como a un consumidor que simplemente quiere satisfacer sus apetitos, si todo es simplificar, abaratar y reducir, te están faltando el respeto.

¿Quien escribe mis palabras? ¿Hasta qué punto estoy ocupado por frases y tópicos de mi tiempo o del poder? Son cuestiones que me planteo cada día como escritor y ciudadano. El teatro sin embargo tiene una extraordinaria capacidad para hacernos escuchar la palabra y mostrarnos hasta que punto somos escritos por otros. Y tiene también la capacidad incluso de crear nostalgia o envidia de lengua. La cuestión es que cada uno sea capaz de construir su propia lengua y el teatro otorga cierto empoderamiento en este sentido.

Juan MayorgaJuan Mayorga

Publicado en El oficio de creador | Etiquetado , | Deja un comentario