«Creadores»

No sé si la costumbre de algunos artistas y autores de autodenominarse “creadores” es propia de nuestro tiempo o ya estaba instalada con anterioridad. La experiencia artística comparte mucho de la experiencia religiosa y parece lógico que los artistas acaben desafiando al mismo Dios, más todavía si la sociedad es descreída.

Liz PeralesLiz Perales.  «Stanislavblog». El Cultural

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La ficción como diversión

David Foster WallaceLa ficción para mí, principalmente como lector, es una extraña espada de doble filo. Por un lado, puede ser difícil, redentora, moralmente instructiva y todas esas cosas que aprendemos en la escuela, por el otro, se espera que sea divertida, es muy divertida. Y lo que me llevó a escribir fueron sobre todo los recuerdos de tardes de lluvia muy divertidas pasadas con un libro. Era una especie de relación. Creo que parte de la diversión, al menos para mí, era formar parte de un intercambio entre conciencias, una forma en la que los seres humanos hablan los unos con los otros sobre temas de los que normalmente no hablamos.

 David Foster Wallace

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Francisco Brines: La poesía, el poeta

[…] la poesía es una sorpresa total y luego, cuando terminas, es también un documento material: te conoces por el poema, pero no conocías antes de escribir el poema lo que en él escribes.

[…] en realidad poeta somos antes de escribir. El poeta es el niño, porque descubre esa sombra y el poeta adulto es el que vive con capacidad de asombro, que siempre conserva algo del niño que fue.

Francisco Brines  Francisco Brines

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Libros…

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El Vieco cortaziano XIII

Cuento sin moraleja

Un hombre vendía gritos y palabras, y le iba bien, aunque encontraba mucha gente que discutía los precios y solicitaba descuentos. El hombre accedía casi siempre, y así pudo vender muchos gritos de vendedores callejeros, algunos suspiros que le compraban señoras rentistas, y palabras para consignas, slogans, membretes y falsas ocurrencias.

Por fin el hombre supo que había llegado la hora y pidió audiencia al tiranuelo del país, que se parecía a todos sus colegas y lo recibió rodeado de generales, secretarios y tazas de café.

—Vengo a venderle sus últimas palabras —dijo el hombre—. Son muy importantes porque a usted nunca le van a salir bien en el momento, y en cambio le conviene decirlas en el duro trance para configurar fácilmente un destino histórico retrospectivo.

—Traducí lo que dice —mandó el tiranuelo a su intérprete.

—Habla en argentino, Excelencia.

—¿En argentino? ¿Y por qué no entiendo nada?

—Usted ha entendido muy bien —dijo el hombre—. Repito que vengo a venderle sus últimas palabras.

El tiranuelo se puso en pie como es de práctica en estas circunstancias, y reprimiendo un temblor mandó que arrestaran al hombre y lo metieran en los calabozos especiales que siempre existen en esos ambientes gubernativos.

—Es lástima —dijo el hombre mientras se lo llevaban—. En realidad usted querrá decir sus últimas palabras cuando llegue el momento, y necesitará decirlas para configurar fácilmente un destino histórico retrospectivo. Lo que yo iba a venderle es lo que usted querrá decir, de modo que no hay engaño. Pero como no acepta el negocio, como no va a aprender por adelantado esas palabras, cuando llegue el momento en que quieran brotar por primera vez y naturalmente usted no podrá decirlas.

—¿Por qué no podré decirlas, si son las que he de querer decir? —preguntó el tiranuelo, ya frente a otra taza de café.

—Porque el miedo no lo dejará —dijo tristemente el hombre—. Como estará con una soga al cuello, en camisa y temblando de terror y de frío, los dientes se le entrechocarán y no podrá articular palabra. El verdugo y los asistentes, entre los cuales habrá algunos de estos señores, esperarán por decoro un par de minutos, pero cuando de su boca brote solamente un gemido entrecortado por hipos y súplicas de perdón (porque eso sí lo articulará sin esfuerzo) se impacientarán y lo ahorcarán.

Muy indignados, los asistentes y en especial los generales, rodearon al tiranuelo para pedirle que hiciera fusilar inmediatamente al hombre. Pero el tiranuelo, que estaba-pálido-como-la-muerte, los echó a empellones y se encerró con el hombre para comprarle sus últimas palabras.

Entre tanto, los generales y secretarios, humilladísimos por el trato recibido, prepararon un levantamiento y a la mañana siguiente prendieron al tiranuelo mientras comía uvas en su glorieta preferida. Para que no pudiera decir sus últimas palabras lo mataron en el acto pegándole un tiro. Después se pusieron a buscar al hombre, que había desaparecido de la casa de gobierno, y no tardaron en encontrarlo, pues se paseaba por el mercado vendiendo pregones a los saltimbanquis. Metiéndolo en un coche celular lo llevaron a la fortaleza y lo torturaron para que revelase cuáles hubieran podido ser las últimas palabras del tiranuelo. Como no pudieron arrancarle la confesión, lo mataron a puntapiés.

Los vendedores callejeros que le habían comprado gritos siguieron gritándolos en las esquinas, y uno de esos gritos sirvió más adelante como santo y seña de la contrarrevolución que acabó con los generales y los secretarios. Algunos, antes de morir, pensaron confusamente que en realidad todo aquello había sido una torpe cadena de confusiones y que las palabras y los gritos eran cosa que en rigor pueden venderse pero no comprarse, aunque parezca absurdo.

Y se fueron pudriendo todos, el tiranuelo, el hombre y los generales y secretarios, pero los gritos resonaban de cuando en cuando en las esquinas.

Cortazar 6Julio Cortázar

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La creación

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Álbum de Bibliotecas en construcción, XLV

La Biblioteca de la Oxford Union, en el Reino Unido.

Biblioteca de la Oxford Union, en Reino Unido

 

 

La biblioteca de Napoleón III, en el Palacio de Fontainebleau, en París, Francia.

Biblioteca de Napoleón III, en el Palacio de Fontainebleau, París.

 

 

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Y yo amo la vida

Me violaron a los seis años.

Me internaron en un psiquiátrico.

Fui drogadicto y alcohólico.

Me intenté suicidar cinco veces.

Perdí la custodia de mi hijo.

Pero no voy a hablar de eso.

Voy a hablar de música.

Porque Bach me salvó la vida.

Y yo amo la vida.

 

James Rhodes. Instrumental    James Rhodes. Instrumental

 

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El sentido de la literatura

Abelardo Castillo¿Qué sentido tiene la literatura en un mundo sin sentido? No hay más que dos respuestas. La primera: ningún sentido. La segunda es precisamente la que hoy no parece estar de moda: el sentido de la literatura es imaginarle un sentido al mundo y, por lo tanto, al escritor que la escribe.

Abelardo Castillo

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Es la vida, compañeros…

Esa niña que tan cruelmente agoniza entre muñecas y cortinas y aroma de flores en el piso humillado.

Esa niña de pelo mojado en transpiración y ojeras profundas como jardines quemados de la Segunda Guerra.

Esa niña que rima débilmente palabras absurdas con las pupilas fijas en los pliegues de la cama demasiado grande.

Es la vida, compañeros, que lánguidamente nos da la espalda como no queriendo despedirse.

Bolaño    Roberto Bolaño

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