La lectura, los buenos libros…

Vargas LlosaEs difícil decir la inmensa felicidad y riqueza de sentimientos y de fantasía que me han dado -y me siguen dando- los buenos libros que he leído. Nada me apacigua más cuando estoy en ascuas o me levanta el espíritu si me siento deprimido que una buena lectura (o relectura). Todavía recuerdo la fascinación maravillada con que leí las novelas de Faulkner, los cuentos de Borges y de Cortázar, el universo chisporroteante de Tolstói, las aventuras y desventuras del Quijote, los ensayos de Sartre y de Camus […] Lo mismo podría decir de las sagas de Balzac, de Dickens, de Zola, de Dostoiesvki, y el difícil desafío intelectual que fue poder llegar a gozar con Proust y con Joyce […]

Mario Vargas Llosa

Publicado en El oficio de creador, El oficio de lector, Lecturas | Etiquetado , , | Deja un comentario

La música del libro

La oigo en la cabeza. Es una tonalidad. Y, en mi caso, es la tonalidad la que crea los personajes. Luego, los personajes crean las situaciones. El origen de un libro está en esa música de la lengua. En la actualidad, incluso con alrededor de veinte libros a la espalda, sigo con la misma sensación de ser un principiante, un aficionado, cuando empiezo un libro nuevo. Como si en todos estos años no hubiera aprendido nada. Seguramente porque el libro nuevo es muy diferente de los anteriores y que, como nunca había escrito ese libro antes, tengo que instruirme según lo voy componiendo. La escritura, en mi caso, está muy relacionada con la música. Y con el hecho de andar. Con el ritmo del cuerpo, por lo tanto. Por lo demás, la música es eso: el ritmo del cuerpo. Cuando ando doy con ritmos que me ayudan a hacer frases y párrafos. Primero siento esa melodía, o esa cadencia, llámelo como quiera, en el cuerpo. Luego se convierte en palabras en cuanto tengo una pluma en la mano. Suelo citar con frecuencia esta frase espléndida de Ossip Mandelsta: «Me pregunto cuántos pares de sandalias gastó Dante escribiendo «La divina comedia». Mandelstam sintió ese ritmo del caminar en la escritura y la poesía de Dante. Por lo demás, al hablar de versificación se habla en pies, ¿o no?

Auster  Paul Auster

Publicado en Tecnica literaria | Etiquetado , | Deja un comentario

Lectura: «Aflicción», de Russell Banks

Con «Aflicción», una novela inolvidable que ha sido comparada con una tragedia griega, damos a conocer en España a uno de los mejores escritores norteamericanos contemporáneos, Russell Banks.Esta es la historia de la extraña conducta criminal de mi hermano mayor y de su desaparición -comienza el narrador, Rolfe Whitehouse-. Nadie me ha incitado a revelar estas cosas, nadie me ha pedido que no lo haga. Wade Whitehouse tiene algo más de cuarenta años, se ha separado de su mujer y en el proceso de divorcio ha Russell Banks. Aflicciónperdido su casa y la custodia de su hija. Malvive de diversos trabajos públicos y privados realizados al servicio del cacique de Lawford, la pequeña ciudad de la que, a diferencia de su hermano Rolfe, nunca consiguió escapar. Todos los meses de noviembre, Lawford se transforma en un campo de batalla, donde los cazadores llegan desde los más remotos lugares del estado y se lanzan contra los ciervos -en ocasiones, las balas perdidas han acabado con la vida de algún hombre-, y el eco de los disparos resuena en todas partes. Y es en dos semanas de un noviembre cuando transcurre la novela, y Wade, envuelto en una espiral de desdicha y violencia creciente, llega al punto sin retorno en el que la muerte -propia o ajena- es el único acto posible.

(Contraportada de la editorial Anagrama)


 

Textos

Ésta es la historia de la extraña conducta criminal de mi hermano mayor y de su desaparición. Nadie me ha empujado a revelar estas cosas; nadie me ha pedido que no lo haga. Los que le queríamos, simplemente ya no hablamos de Wade, ni entre nosotros ni con nadie más.

[…]

Imaginemos que hacia las ocho de la noche de esta víspera de Halloween pasa frente a Toby’s a buena velocidad, procedente de la desviación de la autopista interestatal y en dirección al pueblo por la Route 29, un Ford Fairlane verde claro de hace ocho años con una luz azul de la policía en el techo. Figurémonos que el conductor es un hombre moreno de facciones cuadradas que lleva una gorra de agente municipal. Tiene un atractivo convencional, pero nada extraordinario: si fuese actor, haría el papel del honrado pero testarudo jefe de ovejeros en una película del Oeste de los años cincuenta sobre la guerra de los pastos. Sus ojos, castaños y hundidos con arrugas a los lados, son los ojos de una persona que trabaja al aire libre; tiene la nariz pequeña y ganchuda, estrecha en el puente, con grandes y anchas aletas. Representa su edad, cuarenta y un años, y aunque de boca pequeña, labios finos y rectos y delicada barbilla de adolescente, la parte inferior de su rostro, teñida de gris por una sombra de barba formada desde las cinco de la mañana, tiene la leve carnosidad de un hombre sano y atlético que trabaja mucho y bebe demasiada cerveza.

Sentada a su lado va una niña de pelo como fibra de lino y la cara tapada con una máscara de plástico en forma de tigre. Es evidente que el hombre tiene prisa, y habla a la niña con gestos resueltos mientras conduce. La niña aparenta unos diez años.

[…]

De pronto lamentó haber parado en el restaurante y no estar en la carretera quitando nieve, solo, helado y perdido en sus sueños. La inquieta mirada de Margie, la expresión un tanto perpleja de Frankie y la actitud expectante de Chick le resultaban demasiado incómodas y familiares. Los demás habitaban un mundo; él estaba en otro. Y la distancia entre ambos universos producía en los demás preocupación y perplejidad, despertando su curiosidad hacia él: porque él vivía solo en su mundo y ellos compartían el otro.

Encendió el cigarrillo y vio que le temblaban las manos. Mira qué cabronas, tiritando como perrillos helados de frío que imploran a la puerta de casa que les dejen entrar. Wade se sintió frágil, a punto de hacerse añicos. Cuando tenía dieciséis años sintió por primera vez esa especie de fragilidad, y desde entonces la redescubría de pronto sin causa aparente.

[…]

Tanteando en la oscuridad debajo del banco de trabajo, cogió la lámpara de petróleo. Permaneció de pie ante el cadáver de su padre como un sacerdote que bendice la hostia, desenroscó el tapón de la base de la lámpara y vertió el petróleo sobre el cadáver, desde los zapatos al pecho y por las manos, el rostro y el pelo, hasta vaciar el depósito. Fue al extremo del banco y miró el cadáver desde los pies. Tenía el mechero en la mano: lo encendió y lo extendió despacio hacia adelante, sosteniéndolo como si ofreciera una vela, y al instante el cadáver se envolvió en un sudario de llamas amarillentas. Tambaleante, Wade retrocedió unos pasos y vio cómo la ropa se prendía fuego y el pelo y la piel resplandecían como oro en el azulado y amarillo cerco de las llamas: el fuego serpenteó por el banco manchado de aceite, saltó a las viejas tablas de la pared, resollando y crepitando, el aire se ennegreció de humo y se llenó del seco y rancio olor a carne quemada. La pared posterior del establo ya estaba ardiendo, y el banco y el cadáver eran una pira alimentada por el viento que soplaba a espaldas de Wade; el calor subía en estrepitosas y grandes oleadas contra su rostro, obligándolo a retroceder paso a paso, cada vez más cerca de la puerta. Y de pronto se encontró fuera, a la luz, en un campo de nieve reluciente con los oscuros árboles detrás y, encima de él, una inacabable extensión de cielo azul y el sol: un disco plano, frío y blanco como el infinito.

Russell Banks  Russell Banks. Aflicción. Anagrama.

 

 

Publicado en El oficio de lector, Lecturas recomendadas | Etiquetado | 6 comentarios

Solo el sonido de las hojas

Sin móviles y pensada como un santuario de la concentración. Así es la última librería de moda en Londres.

Origen: Solo el sonido de las hojas | Documentos | EL PAÍS Semanal

Publicado en Librerías | Etiquetado | Deja un comentario

Escribo…

Alejandra Pizarnik1Entre otras cosas, escribo para que no suceda lo que temo; para que lo que me hiere no sea; para alejar al malo. Se ha dicho que el poeta es el gran terapeuta. En este sentido, el quehacer poético implicaría exorcizar, conjurar y, además, reparar. Escribir un poema es reparar la herida fundamental, la desgarradura. Porque todos estamos heridos. 

Alejandra Pizarnik

Publicado en El oficio de creador | Etiquetado , | Deja un comentario

Dora Markovitch, musa del siglo breve

Nació en Argentina ella 22 de noviembre de 1907, hija de un arquitecto yugoslavo y de una dama francesa. Llegó con veinte años a París, simplificó su áspero apellido dejándolo en Maar y complicó de hombres su vida. Tuvo cuatro amantes, todos destinados a la fama, y un gran amigo, el soldado homosexual y cronista de aquellos años James Lord.

Salida de la cama de Georges Bataille, futuro hermano supone la locura, entró en la de Éluard, numen del Surrealismo emergente. Éluard, en 1936, le presentó a Picasso, y ambos,  para no disgustarlo, dieron vida a un coherente «amour fou». Él, que inventó el cubismo mientras ella nacía, quedó electrizado por aquella joven de cabello negro como la noche y de ojos azules como uno de sus periodos pictóricos que, sentada sola en la mesa de un restaurante, jugaba a clavar un cuchillo  a toda prisa entre los dedos de su mano enguatada de blanco, y que una de las veces le dejó como regalo un par de aquellos guantes manchados de sangre. El primer año el dejó de pintar y se puso a escribir versos, y ella, fotógrafa de gran talento que trabajo con Capa, Cartier-Bresson y Jean Renoir, dejó la fotografía y empezó a pintar.

Dora Markovitch«Eres la mujer más divertida que he conocido nunca», le dijo, pero cuando retomó los pinceles la retrató sólo como reencarnación del dolor, un rostro permanentemente surcado de lágrimas. Seis años después, cuando en su cama apareció Françoise Gilot, el amor terminó, y a Dora, que fue la inspiradora del «Guernica», le quedó únicamente la locura. Se sumió en una oscura depresión. Conoció varias clínicas psiquiátricas y probó el «electroshock». Al borde del suicidio, como consecuencia de lo cual confesó que lo había evitado sólo por hacerle un desprecio a Picasso, conoció al viperino doctor Lacan, que la introdujo primero en el psicoanálisis y luego en la cama.

Tuvo una vida tan larga como aquel siglo breve. Murió en soledad en 1997, dieciséis años después que Lacan, veintitrés después que Picasso, treinta y cinco que Batalle y cuarenta y cinco después de Éluard . Todo el mundo conoce a sus hombres pero pocos saben quién fue ella. La única pariente lejana que se pudo localizar, una campesina yugoslava, dijo no conocer a ningún Picasso y secamente renunció a la herencia, aquella casa en la rue des Grands Augustins que rebosaba de bocetos del maestro, todos con la cara de Dora llorando.

Eugenio Baroncelli. Doscientas sesenta y siete vidas en dos o tres gestos

Eugenio Baroncelli. Doscientas sesenta y siete vidas en dos o tres gestos

Publicado en Sociedad del arte | Etiquetado , , , | Deja un comentario

John Fante: el escritor maldito que inspiró a Bukowski

Media docena de novelas (ninguna de las cuales supera las 200 páginas) y un puñado de cuentos. Esa es la obra completa de John Fante (1909-1983), concentrada en dos momentos de refulgir creativo: a finales de los años treinta y a comienzos de los ochenta del siglo pasado. Porque cuarenta años son los que separan la escritura de Espera a la primavera, Bandini (de 1939, primera aparición de su alter ego Bandini) de Camino de Los Ángeles (1985), publicada dos años después de su muerte…

Origen: John Fante

Publicado en Crítica literaria, Historia de la literatura | Etiquetado , | Deja un comentario

Los grandes poetas

 Rosa MonteroMe pregunto si los grandes poetas son poetas justamente porque no pueden salir de sí mismos, porque se pasan la vida dando vueltas en el interior de un yo desmesurado (a diferencia de la mayoría de los novelistas, que son seres escindidos entre un tumulto de personalidades e incapaces de encontrar su propio yo).

Rosa Montero

Publicado en Teoría literaria | Etiquetado , | Deja un comentario

Álbum de Bibliotecas en construcción, LVII

Biblioteca árabe de Scottsdale (Arizona)

 

Biblioteca árabe de Scottsdale. Arizona

 

Biblioteca ambulante infantil en Mongolia

 

Biblioteca ambulante infantil en Mongolia

 

Publicado en Imágenes | Etiquetado | Deja un comentario

El Vieco cortaziano XX

Publicado en Colección de textos literarios o no, Videos | Etiquetado | Deja un comentario