Crítica de ‘Me llamo Lucy Barton’, de Elizabeth Strout: Una pequeña obra maestra.

Protagonizada por una escritora convaleciente, Me llamo Lucy Burton es un alarde de sensibilidad. Elizabeth Strout muestra una insólita capacidad para convertir la nimiedad en canto a la vida

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La técnica y la historia literaria

Fernando AramburuPara mí, lo que llamamos técnica literaria es lo primero y la historia está al servicio de dicha técnica. Las historias son como el hueso de la aceituna. Van incluidas. Siento decirlo así, pero lo que realmente me anima a escribir es el hecho del juego con el idioma. Para mí la novela se define por la presencia activa de unos personajes que pongo a convivir.

Fernando Aramburu

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Ricardo Piglia, el hombre que siempre iba a triunfar dentro de diez años.

Libros: Ricardo Piglia, el hombre que siempre iba a triunfar dentro de diez años. Blogs de Mala Fama. La segunda parte de los diarios completos del escritor argentino retrata los duros años de dictadura militar en su país, con la pasión por la literatura como forma de resistencia

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Sánchez Ferlosio: Pecios IX

(Los obsolescentes) Lo nuevo nos amenaza con su brillo, como el quirófano en el que se disponen a abrirnos las entrañas; lo antiguo nos lo barnizan como el féretro en el que querrían tenernos ya encerrados, para poder sepultarnos de una vez, porque quizá ya estemos atufando a muerto; lo viejo, en fin, rápidamente, a los primeros indicios de desgaste, es arrojado sin más a la basura. En la basura está lo único que queda de todo lo que nos es maternal.

(Occidente) Fotografías de hambrientos y de muertos utilizadas como propaganda para solicitar nuestro socorro: ¿vender los sufrimientos de las víctimas en su propio beneficio?

(Premio Pulitzer o El deber de informar) Siempre hay un hijo de la gran puta capaz de esperar horas al suicida indeciso en la cornisa del rascacielos para poder fotografiarlo en el aire un instante antes de estrellarse contra el suelo.

(Virilidad) El que, ante un niño que bajo la sonriente complacencia de unos padres incapaces de imaginar que pueda molestar a nadie correr por entre las mesas del local, dice  «Lo que ese niño necesita es un par de hostias bien dadas» está expresando lo que él necesitaría: poder dárselas. Pertenece a la misma ralea viril que el que, ante una chica nerviosa o estridente, dice «Lo que esa necesita es un buen polvo», porque le humilla reconocer  la vibración que enciende su deseo y tiene que camuflarla en expresión de afrenta y de desprecio. Estos que saben remediar al prójimo con hostias y con polvos son los «maquereaux» de «le bâton et la carotte», que no aguantan a los demás como sujetos, sino sólo como objetos de sometimiento y de control.

Sánchez Ferlosio. Campo de retamas  Rafael Sánchez Ferlosio. Campo de retamas

 

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Francis Scott Fitzgerald reescribe su obra maestra

El gran Gatsby no se hubiese consagrado como una de las novelas más importantes del siglo XX de no haber interrumpido el autor sus vacaciones en la Costa Azul francesa, donde sometió el primer borrador a una profunda transformación

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Agota Kristof: Un tren hacia el norte

Una escultura en un parque, cerca de una estación abandonada.
Representa a un perro y a un hombre.
El perro está de pie y el hombre de rodillas con los brazos rodeando el cuello del animal y la cabeza ligeramente inclinada.
Los ojos del perro miran hacia la llanura que se extiende hasta que se pierde la vista, a la izquierda de la estación. Los ojos del hombre miran fijamente hacia delante por encima del lomo del perro, contemplan los raíles cubiertos de hierba, por donde no circula ningún tren desde hace mucho tiempo. Los habitantes se fueron del pueblo donde se encuentra la estación abandonada. Aún quedan algunos ciudadanos amantes de la naturaleza y la soledad que se instalan allí cuando hace buen tiempo, pero todos tienen coche.
También está el anciano que merodea por el parque y dice que esculpió al perro y que al abrazarlo —porque lo quería mucho— él mismo quedó petrificado.
Cuando se le pregunta cómo puede ser que aún siga ahí, vivo, de carne y hueso, contesta simplemente que está esperando el próximo tren hacia el Norte.
Nadie se atreve a decirle que ya no hay trenes hacia el Norte, que ya no hay trenes hacia ninguna parte. Le proponen llevarlo en coche pero niega con la cabeza.
—No, en coche no. Me esperan en la estación.
Le proponen llevarlo hasta la estación, hasta cualquier estación del Norte.
Vuelve a agitar la cabeza.
—No, gracias. Debo coger el tren. He escrito cartas. A mi madre. A mi mujer también. He escrito que llegaría con el tren de las ocho de la tarde. Mi mujer me espera en la estación con los niños. Mi madre también me espera. Desde que murió mi padre me espera para el entierro. Le prometí que iría al entierro. También me gustaría volver a ver a mi mujer y a mis hijos, a los que abandoné. Sí, los abandoné para convertirme en un gran artista. He sido pintor, escultor. Pero ahora tengo ganas de volver.
—Pero… todo eso, la carta a su madre y a su esposa, el entierro de su padre, ¿cuándo sucedió?
—Sucedió cuando… envenené a mi perro porque no me quería dejar marchar. Se me colgaba de la chaqueta, del pantalón, aullaba cuando me iba a subir al tren. Entonces lo envenené y lo enterré bajo la escultura.
—¿La escultura ya estaba allí?
—No, la hice al día siguiente. Esculpí a mi perro aquí, sobre su tumba. Y cuando llegó el tren para el Norte, lo abracé por última vez y… me quedé petrificado sobre su cuello. No quería dejarme marchar ni estando muerto.
—Sin embargo usted está aquí y espera un tren.
El anciano sonrió:
—No estoy tan loco como cree. Sé muy bien que no existo, estoy petrificado y acostado sobre el lomo de mi perro. También sé que los trenes ya no pasan por este lugar. También sé que mi padre está enterrado desde hace mucho tiempo y que mi madre, también muerta, ya no me espera en ninguna estación, nadie me espera. Mi mujer volvió a casarse, mis hijos ya son adultos. Soy viejo, señor, muy viejo, mucho más viejo de lo que cree. Soy una estatua, no me iré. Todo esto no es más que un juego entre mi perro y yo, un juego al que hemos jugado durante años, un juego que ganó de antemano en el momento en que lo conocí.

agota-kristof  Agota Kristof

(A través de «Zoopat»)

http://patriciadamiano.blogspot.com/2016/09/agota-kristof-un-tren-hacia-el-norte.html#ixzz4Jl2hv5Ji

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La mentira de la ficción

Hace dos mil cuatrocientos años, Gorgias, citado por Plutarco, lo dijo de forma insuperable: «La poesía (es decir, la ficción) es un engaño en el que quien engaña es más honesto que quien no engaña, y quien se deja engañar más sabio que quien no se deja engañar» […] La ficción es una mentira, por tanto, un engaño, pero una mentira o un engaño que en el fondo resulta ser una variante peculiar de las «nobles mentiras» de Platón o de las «mentiras oficiosas» de Montaigne; se trata de una mentira o un engaño que, en una novela, no busca el perjuicio del engañado, quien sólo creyéndose esa mentira o ese engaño podrá alcanzar una verdad peculiar: la verdad de la literatura.

Cercas. El Impostor  Javier Cercas. El Impostor

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Ángel González: Sobre la poesía

La poesía puede ser una forma de salvarse. Sirve para librarse de los problemas personales, para verlos con distancia y sacarlos de uno mismo.

…cuando se está escribiendo un poema con fortuna, o al menos uno lo cree así, sí se produce una emoción intensa, casi erótica.

La poesía, el arte en general, cambia nuestra visión del mundo, nos lo presenta de otra manera, con otra luz. Si cambia nuestra visión del mundo, en cierto modo, muy lejano, lo estamos cambiando.

Cuando escribo poesía lo hago por necesidad. Tienes algo dentro que quiere salir y formalizarse. También quieres explicarte a ti mismo algo que no entiendes.

Ángel González  Ángel González

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Álbum de librerías incompleto, 49

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Stephen’s Bookshop, en Monmouthshire, Gales

 

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The Ivy Bookshop, en Baltimore, Maryland

 

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La frontera entre un simple mortal y un lector de Tolstói

Origen: La frontera entre un simple mortal y un lector de Tolstói – Jot Down Cultural Magazine

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