El Vieco cortaziano XXIV

A veces uno amanece con ganas de extinguirse, Rocamadour. Como si fuéramos velitas sobre un pastel de alguien inapetente. A veces nos arden terriblemente los labios y los ojos y nuestras narices se hinchan y somos horribles y lloramos y queremos extinguirnos. Seguro que ahora no comprendes esto, pero cuando seas mayor habrá días en que amanezcas con ganas de que un aliento gigante sople sobre ti, apagándote. Así es la vida, Rocamadour, un constante querer apagarse y encenderse.

cortJulio Cortázar. Rayuela

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Nabokov hablando de Lolita

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Ricardo Piglia: Tesis sobre el cuento III

El cuento es un relato que encierra un relato secreto. No se trata de un sentido oculto que dependa de la interpretación: el enigma no es otra cosa que una historia que se cuenta de un modo enigmático. La estrategia del relato está puesta al servicio de esa narración cifrada. ¿Cómo contar una historia mientras se está contando otra? Esa pregunta sintetiza los problemas técnicos del cuento.

Segunda tesis: la historia secreta es la clave de la forma del cuento y sus variantes.

Ricardo Piglia  Ricardo Piglia

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La frase de García Márquez, Derek Walcott

Avatar de calledelorcoCalle del Orco

Derek Walcott

Una frase de García Márquez funciona en dos niveles: el nivel del narrador, que en una mitad, o incluso un tercio de la frase asumirá el papel omnisciente del narrador minucioso de Flaubert, luego la frase se desliza, desde la presencia de una voz, no la del narrador, sino la de un entusiasmado testigo que imagina una acción en el idioma corriente, la cual se lee, de entrada como una exageración. Al principio García Márquez me enfurecía, pero luego mudé de oído, y aprendí a acomodar otras voces, a menudo simultáneas, dentro de una frase. En un caso alguien es herido y la sangre cruza la calle y entra en una tienda o en una casa; esta metáfora exasperó mi realismo lógico, que es la naturaleza del idioma inglés; éste argumentaba que la sangre no cruza la calle, ni se arrastra ni entra en una casa. No obstante, yo al…

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Lecturas: «Farándula», de Marta Sanz

La película «Eva al desnudo» («All About Eve», 1950) se alzó con buena parte de los oscars de aquel año. Entre ellos, los correspondientes al mejor guion adaptado y la mejor dirección, que recayeron en Joseph L. Mankiewicz, un admirable escritor que, desde «Carta a tres esposas» y «La condesa descalza» hasta «La huella», supo explorar como nadie los oscuros territorios del disimulo y el rencor, la falsedad de la vida y el placer de la venganza. Esta película y la malevolencia de su creador están muy presentes en la última novela de Marta Sanz, «Farándula», cuya trama habla —entre otras muchas cosas— de la preparación y el estreno de una adaptación teatral de aquel filme. En un relato anterior, «Daniela Astor y la caja negra» (2013), dos muchachas de 12 años soñaban el mundo bajo la impresión de las vidas de jóvenes actrices —cuerpos gloriosos y vidas erradas— de 1978: Susana Estrada y Sandra Mozarowski, Bárbara Rey o Amparo Muñoz. Pero aquí no hay lección moral tan explícita, ni la verdadera (y amarga) vida espera a nadie al otro lado de la ficción.

La farándula es, como dice la vieja Ana Urrutia, la espesa, “la síntesis de faralaes y tarántula”. El teatro (nos recuerda la autora en otro momento), ya deshechas las compañías de repertorio, sustituidos los salarios fijos por las comisiones de taquilla y el escalafón profesional por la arbitrariedad, es un reñidero de gatos y un semillero de odios. A un ritmo trepidante y nervioso, mediante flases-capítulos, Marta Sanz ha compuesto un certero friso de pobladores de ese mundo que agoniza pero todavía sobrevive. Unos son los actores que se han aventurado en la adaptación de Eva al desnudo: la ya veterana Valeria Falcón, que atisba el final de su carrera; la jovencísima e insustancial Natalia de Miguel (que lo mismo participa en un «reality show» que en una obra de prestigio) y su valedor (y luego marido), Lorenzo Lucas, escarmentado, pragmático y un punto cínico. Al otro lado de las candilejas, otros actores completan el reparto: la pareja compuesta por Mariana y Adolfo, que lo han hecho todo, que fueron actores reivindicativos y hoy intentan mirar los toros desde la barrera; Ana Urrutia, la actriz veteranísima a la que un ictus cerebral ha dejado en manos de todos; el matrimonio que forman la exquisita bróker Charlotte Saint-Clair y el actor de éxito mundial Daniel Valls, que, en el fondo, sabe muy bien que “es un débil mental”, como repite a menudo. Puede que esta última representación de quien alcanza la excelencia como actor, pero cuya naturaleza es simple y hasta brutal —tan fiel al pensamiento de Diderot acerca de los cómicos—, no sea el acierto mayor de este libro, aunque los lectores puedan reconocer allí —y seguramente les gustará— una visión muy satírica de quienes, sin más méritos que su vanidad y una idea elemental y aproximativa del mundo, se han convertido en iconos de la protesta contra todo.

Marta Sanz. FarándulaNo está mal, por supuesto, la presencia de esta dimensión de la farándula de hoy en una novela que es corrosiva de punta a cabo: desde que la abre un alucinado caleidoscopio de la Puerta del Sol (algo posterior a los indignados de 2011), que contemplamos con los ojos de Valeria cuando su tacón queda prisionero en una rejilla, hasta que se cierra el espectáculo con la misteriosa desaparición de Daniel Valls. Pero aquí y en algún otro lugar, el estilo vertiginoso, la rica fluencia verbal y la búsqueda denodada del sarcasmo se hacen demasiado mecánicos. La impresión de intensidad que se busca no suele conseguirse por acumulación, sino por el uso subrepticio del contraste y la variedad: por eso Cervantes era mejor que Quevedo. Pero debo reconocer que esa no es tacha mayor en esta buena novela. Cualquiera de sus pocos deméritos está rescatado por algunos otros momentos espléndidos: la captación de la intimidad doméstica de Adolfo y Mariana (cuando Lorenzo le lleva un dinero a su casa) es uno de ellos. Pero hay otros tres fragmentos, de los confiados al puro derroche verbal, que resultan antológicos: las reflexiones de otra actriz retirada, Mili, en el estreno de «Eva al desnudo»; el terrible monólogo vengador de Ana Urrutia, expulsada de casa de los Valls y vuelta al asilo, y la confesión final —escrita, no oral— de la misma Valeria Falcón en la que ha decidido “pensarme pensando dentro de otros” y que constituye el lúcido epílogo de un carrusel desasosegante e impiadoso. Esto es, necesario.

José-Carlos Mainer. Babelia


 

Textos

Charlotte Saint-Clair le saca diez centímetros a su marido, pero cuando él la ciñe por la cintura, está claro quién es la yegua y quién el jockey. Quién monta a quién. A ella, jaca de lujo, le gusta que las cosas sean así. La caracteriza una extraña vocación de servicio. Una necesidad de ser dulce en el refugio más allá de los ruidos electrónicos del teléfono móvil y de las terminales del ordenador. Servir al hombre, masajearle los pies, traerle, como un perrillo, el periódico en la boca. Las zapatillas. Mover el rabo. Arf, arf, Charlotte Saint-Clair.

Charlotte es clara y Daniel oscuro; ella lampiña, él velloso; ella pulida, pulquérrima, él huele a turba, a veces a sudor; ella es distante y él toca a las personas desde el primer momento. Él es torrencial, cálido; ella, fría en el estrato de la epidermis, pero cada vez que se acuesta con su marido le pone una pasión equivalente a la de Marnie cuando, por fin, supera la frigidez gracias al beso —¿de amor?— de Sean Connery: ojos en blanco, carne de gallina, salivación, reflujos y universo de colores que gira y gira y vuelve a girar; ella bebe con moderación dorados champanes y él es un sátiro amante del tintorro; ella come codornices envueltas en pétalos de rosa o ensaladas envasadas al vacío con estéticas tiras de remolacha que parecen patitas flotantes de medusa, y él roncha jabalíes asados mientras alguien amordaza al bardo de la aldea.

[…]

Álex no tuvo más remedio que pensar, aunque sólo fuera un minuto, que los mamporreros, los embalsamadores, las pajilleras, los empresarios de las industrias farmacéuticas del placebo y del cura sana culito de rana, los escritores de los libros de autoayuda, los emprendedores, los que cantan «no, no hay que llorar que la vida es un carnaval», los negociadores, los sindicalistas que pactan con la patronal, los responsables de las oenegés y de toda la caridad cristiana del mundo, los educadores en valores, los que dicen buenos días en el ascensor, los que desayunan fibra y fruta, los que nunca ven la botella medio vacía, no eran los héroes de estos tiempos que, por lo visto, no los necesitaban.

[…]

Nosotros no tenemos miedo de la gente. Nosotros somos ellos», Mariana se había guardado el fajo. Volvía a hablar de la gente y, cuando lo hacía, Lorenzo intentaba adivinar si la carga de la chispa eléctrica de dentro de sus ojos era angelical o demoniaca, porque la gente son maestras de niños huérfanos, niños huérfanos, campeones paralímpicos de natación, asesinos, la madre Teresa de Calcuta y el Papa del Palmar de Troya, violadores, viejecitas que viven solas y que nunca han roto un plato, científicos locos, trabajadores del matadero, especuladores, mujeres generosas que preparan grandes cenas y se quedan a velar a los pacientes de los hospitales, estudiantes desesperados, auxiliares de enfermería que te cogen la vena a la primera —¡benditas sean!—, traperos multados por la policía municipal, parados de cincuenta que parece que ya han cumplido setenta y nueve, actrices que dejan de trabajar por viejas pellejas, adulteradores de potitos, aceites y otros alimentos, maltratadores, conductores que atropellan a un chiquilín y se dan a la fuga, donantes de sangre, prestamistas, cofrades de semana santa, tasadores del precio del agua, sacerdotes pederastas, ateos filántropos, gitanos que se rompen la camisa en las bodas, lectores que estropean los libros y lectores que los dignifican, defraudadores, chóferes de coches oficiales que piden compasión, poetas soplagaitas, casamenteros, progenitores que llevan a sus vástagos a los castings infantiles para anuncios, concursantes, remienda-virgos, hombres de mediana edad que pasan hambre, misioneros, fingidores, agorafóbicos, pornógrafos, ablandadoras de clítoris, espectadores atentos de la miseria, bachilleres que suspenden y esnifan pegamento, monárquicos, republicanos, presidentes que afirman que todo, todo, todo va como la seda, dentistas que te destrozan la boca por maldad, ignorancia, prisa, universitarios exiliados, contribuyentes, limosneros, nómadas, víctimas que no son ni buenas ni malas, sólo son víctimas, verdugos, mercaderes de aspirina y sueros fisiológicos, estanqueros que no dejan fumar en su garito, viejos achicharrados en torno a un brasero, diáconos que no creen en la virginidad de María…

[…]

Yo no escribo para que nadie se reconozca en su parte inteligente, sino en su más abyecta y entrañable vulgaridad. En su caca, en su culo, en su pedo, en su pis. En el niño hijo de puta que fue y que posiblemente sigue siendo.

[…]

Estamos enterrados y hablamos en voz alta para no morirnos. Para constatar que aún la tierra no nos ha desecado la boca y la faringe. Para, en nuestra soledad, hacernos compañía. Para no enloquecer o enloquecer definitivamente. Hablamos sin la prepotencia o la falsa esperanza de aspirar a ser escuchados. Hablamos porque no nos queda más remedio que hablar. Vivimos en una situación permanente de últimas palabras.

Marta Sanz  Marta Sanz. Farándula

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¿Se escribe mejor de pie o sentado?

Origen: ¿Se escribe mejor de pie o sentado? | Documentos | EL PAÍS Semanal

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Poema de amor de Samuel Beckett

El 7 de enero de 1938 Beckett salió a tomar un café con sus amigos Alan y Belinda Duncan.
Mientras caminaban por la calle de Orleans, un hombre se acercó a pedirles dinero. Ante la negativa de Beckett, el hombre le hundió un puñal en el pecho.

Los Duncan pidieron auxilio por las calles oscuras de París mientras el escritor se desangraba. Una mujer les abrió las puertas de su casa. Minutos más tarde, una ambulancia recogía a Beckett entre la vida y la muerte.

La mujer, una pianista dedicada a la enseñanza de la música, era Suzanne Deschevaux-Dumesnil. Así conoció Beckett a la mujer con la que compartiría su vida los próximos cuarenta años. «Para ella el acto tranquilo» podría leerse como un poema dedicado a Suzanne en los duros años franceses. Un raro poema de amor

Para ella el acto tranquilo
los poros sabios el sexo libre
la espera no muy lenta los lamentos no
muy largos
la ausencia
al servicio de la presencia
algunos jirones de azul en la cabeza los
vuelcos
del corazón
al fin muertos
toda la tardía gracia de una lluvia
interrumpida
al caer una noche
de agosto
para ella vacía
él puro
de amor ..

Samuel BeckettSamuel Beckett

(A través de «Arte y literatura»)

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Descargas: Obras Completas de Eduardo Galeano (1940-2015)

  Libros completos: 1. Bocas del tiempo (2004), 132 páginas 2. Días y Noches de Amor y de Guerra (1978), 119 páginas 3. El cazador de historias (dossier) 4.El fútbol a sol y sombra y otros escritos…

Origen: Obras Completas de Eduardo Galeano (1940-2015) – Libros Gratis en PDF

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El crítico

Al mirar atrás, el crítico ve la sombra de un eunuco. ¿Quién sería crítico si pudiera ser escritor? ¿Quién se preocuparía de calar al máximo en Dostoievski si pudiera forjar un centímetro de los Karamazov, o reprobaría la altanería de Lawrence si pudiera dar forma al huracán de El arco iris? Toda gran escritura brota de «le dur désir de durer», la despiadada artimaña del espíritu contra la muerte, la esperanza de sobrepasar al tiempo con la fuerza de la creación. «Brightness falls from the air»: cinco palabras y un alarde sonoro que se apaga. Pero han durado tres siglos. ¿Quién querría ser crítico literario si pudiera poner los versos a cantar, o componer, a partir de su propio ser mortal, una ficción viva, un personaje perdurable? La mayoría de los hombres tiene su polvorienta supervivencia en las guías telefónicas viejas (es una suerte que se conserven en el Museo Británico); en el hecho literal de su existencia hay menos verdad y menos vida que en Falstaff o en Madame de Guermantes, sólo por imaginar a éstos.
El crítico vive de segunda mano. Escribe acerca de. Ha de dársele el poema, la novela o el drama; la crítica existe gracias al genio de otros hombres. En virtud del estilo, la crítica puede convertirse en literatura. Pero esto suele acontecer sólo cuando el escritor hace de crítico de la propia obra o de corifeo de la propia poética, cuando la crítica de Coleridge es obra acumulativa o la de T. S. Eliot divulgación. Fuera de Sainte-Beuve, ¿hay alguien que pertenezca a la literatura permanente en calidad de crítico? No es la crítica lo que hace vivir al lenguaje.

George Steiner  George Steiner

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Velocity, un poema de Billy Collins

Termino el café y poso la taza sobre la mesa. Busco entre los libros que tengo sobre la mesita y escojo Nine horses, de Billy Collins.

Origen: Velocity, un poema de Billy Collins

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