Si sigue leyendo en papel es que no ha probado un buen e-Book

El libro electrónico es todo ventajas frente al libro en papel. Se puede leer de noche sin encender la luz y molestar a nuestra pareja. Se evita ocupar espacio en estanterías y cajas en trasteros. Se puede modificar el tamaño de letra a gusto de cada uno y pueden integrar diccionarios o traductores

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El Vieco cortaziano. XLII

La tos de la señora alemana

La mentalidad científica quiere que todo tenga explicación, incluso lo maravilloso. Qué le vamos a hacer, tal vez sea así; pero entonces, apenas se acepta resignadamente esta supuesta conquista total de la realidad, lo maravilloso vuelve desde pequeñas cosas, lo insólito resbala como una gota de agua a lo largo de una copa de cristal, y quienes merecen el comercio con esas mínimas presencias olvidan la sapiencia y la conciencia para pasarse a otro lado y hacer cosas como por ejemplo escuchar la tos de una señora alemana.

En 1947, poco después del fin de la guerra, Wilhelm Furtwangler dirigió un concierto entre las ruinas de una Alemania derrotada, que la mayoría de sus vencedores empezaba a rehabilitar al Oeste después de haberla repudiado al Este. También Furtwangler había sido repudiado en un principio por su condescendencia frente a la me(ga)lomanía de Adolfo Hitler, tras de lo cual parecía de buen tono rehabilitarlo; así terminan muchas guerras, lo cual explica que un tiempo después vuelvan a desatarse, pero no es de eso que vamos a hablar sino del concierto en el que Yehudi Menuhin, invitado por las fuerzas de ocupación, tocó esa noche el Concierto en Re de Beethoven que el ilustre Furtwangler sacaba una vez más de su jaula para mostrar lo que era capaz de hacer con ese imperecedero leopardo de la música. La Rias (sigla de la radio alemana) difundió el concierto y además lo grabó con los medios técnicos disponibles en ese momento, que no eran muchos. La grabación (¿disco, alambre, cinta magnetofónica?) quedó en los archivos hasta que el otro día, más de treinta años después, fue prestada a la radio francesa que la prestó a su vez a mi receptor sintonizado en France-Musique. Un argentino en París escuchó así a una orquesta alemana y a un violinista judío que tocaban bajo la batuta de un muerto; todo eso, que hubiera sido perfectamente incomprensible hace menos de un siglo, formaba y forma parte de lo ordinario, de lo que la ciencia explica a los niños en las escuelas; todo eso era cotidiano, simplemente apretar unos botones e instalarse en un sillón.

Tal vez Menuhin no tocó jamás el concierto de Beethoven como esa noche; le sobraban razones para hacerlo tan prodigiosamente en el mismo lugar donde habían sido exterminados siete millones de judíos y donde acaso algunos de sus exterminadores se sentaban en las plateas del teatro y lo aplaudían frenéticamente. Del concierto en sí, de su intérprete y de su director sólo puede hablarse con admiración, pero no es de eso que hablamos sino de ese instante, creo que en el segundo movimiento, en que un pianissimo de la orquesta dejó pasar una tos, un solo golpe seco y claro de tos que no habría de repetirse, una tos de mujer, la tos de una señora que cualquier cálculo de probabilidades definiría como la tos de una señora alemana.

Durante más de treinta años esa pequeña tos anónima había dormido en los archivos de la radio; ahora reiteraba su diminuto fantasma en millares de oídos que escuchaban un concierto en otro tiempo y otro espacio. Imposible saber quién tosió así esa noche; ninguna ciencia, ningún caballero Dupin podría rastrear su origen. Sin la menor importancia, sin la más pequeña significación, esa tos se repitió multiplicada por infinitos altavoces para recaer instantáneamente en la nada; pero alguien que acaso nació para medir cosas así con más fuerza que las grandes y duraderas cosas, oyó esa tos y algo supo en él que lo maravilloso no había muerto, que bastaba vivir porosamente abierto a todo lo que habita y alienta entre lo concreto y lo definible para resbalar a otro lado donde de pronto, en la enorme masa catedralicia de un concierto beethoveniano, la breve tos de una señora alemana era un puente y un signo y una llamada. ¿Quién fue esa mujer, dónde se sentó esa noche, está aún viva en alguna parte del mundo? ¿Por qué esa tos hace nacer estas líneas en otro tiempo, bajo otro cielo? ¿Hasta cuándo vamos a seguir creyendo que lo maravilloso no es más que uno de los juegos de la ilusión?

Cortázar

Julio Cortázar

 

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La esencia de la novela está en la corrección perpetua, Albert Camus.

No hay ser por fin que, a partir de cierto nivel elemental de conciencia, no se agote buscando las fórmulas o las actitudes que darían a su existencia la unidad que le falta. Parecer o hacer, el da…

Origen: La esencia de la novela está en la corrección perpetua, Albert Camus – Calle del Orco

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Dylan Thomas. Proceso creativo

La escritura de un poema es, para mí, la tarea física y mental de construir un compartimento de palabras hermético, de preferencia con una columna principal móvil (a saber, la narrativa), para contener un poco de las verdaderas causas y fuerzas de la mente y el cuerpo creativos. Las causas y fuerzas están siempre ahí, y necesitan siempre una expresión concreta. Para mí, el “impulso o “inspiración” poéticos es sólo la súbita, y generalmente física, llegada de la energía a la capacidad artesanal y de construcción. El trabajador más perezoso recibe menos impulsos. Y viceversa.

Dylan Thomas

Dylan Thomas

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Entrevista con Joan Margarit

Joan Margarit: «El poema es un espejo cuyo reflejo nos consuela»

Un día antes de cumplir 80 años, el poeta pasa revista a una vida bien vivida. Recién reeditadas por Austral sus obras completas Todos los poemas. (1975-2015) , Margarit habla de las bondades de la vejez, «libre y tranquilizadora», de la imposibilidad de una democracia inculta y de su obsesión por descubrir por qué escribe poemas.

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La realidad exige, Wislawa Szymborska

La realidad exige que también mencionemos esto: la vida sigue. Continúa en Cannae y en Borodino, en Kosovo Polie y en Guernica. Hay una estación de gasolina en una pequeña plaza de Jericó, pintura fresca en los bancos del parque de Bila Hora. Las cartas se cruzan entre Pearl Harbor y Hastings, una camioneta pasa debajo del ojo del león de Queronea, y los florecientes huertos cerca de Verdún no pueden escapar al atmosférico frente que se aproxima. Hay tanto Todo que la Nada se esconde casi gentilmente. La música brota de los yates anclados en Accio y las parejas bailan en las cubiertas bañadas por el sol. Hay tantas cosas sucediendo siempre que deben estar pasando en todas partes. Donde no hay ni una sola piedra en pie vemos al Hombre de los Helados rodeado de niños. Donde Hiroshima estuvo Hiroshima está de nuevo, produciendo cosas para el uso de cada dia. Este terrible mundo no está desprovisto de encantos, de las mañanas que hacen inestimables los despertares. La hierba es verde en los campos de Maciejowice, y salpicada de rocío, como es lo normal de la hierba. Quizás todos los campos son campos de batalla, todas las tierras lo son, las que recordamos y las que se han olvidado: los bosques de abedules, cedros, abetos, la blanca nieve, las amarillas arenas, la gris grava, los iridiscentes pantanos, los cañones de negra derrota, donde, en tiempos de crisis, puedes esconderte debajo de un arbusto. ¿Qué moral sacamos de esto? Probablemente ninguna. Sólo la sangre fluye, secándose rápidamente, y, como siempre, unos cuantos rios, unas cuantas nubes. Sobre trágicos pasos de montañas el viento vuela sombreros de cabezas inconscientes y no podemos evitar reír de eso.

Wislawa Szymborska

Wislawa Szymborska

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Cuaderno de poemas. «Sol y carne». Arthur Rimbaud

Sol y carne

¡Si volviera el tiempo, el tiempo que fue!
Porque el hombre ha terminado, el hombre
representó ya todos sus papeles.
En el gran día, fatigado de romper los ídolos,
resucitará, libre de todos sus dioses,
y, como es del cielo, escrutará los cielos.
El ideal, el pensamiento invencible, eterno,
todo el dios que vive bajo su arcilla carnal
se alzará, se alzará, arderá bajo su frente.
Y cuando le veas sondear el inmenso horizonte,
vencedor de los viejos yugos, libre de todo miedo,
te acercarás a darle la santa redención.
Espléndida, radiante, del seno de los mares,
tú surgirás, derramando sobre el Universo
con sonrisa infinita el amor infinito,
el mundo vibrará como una inmensa lira
bajo el estremecimiento de un beso inmenso…

El mundo tiene sed de amor: tú la apaciguarás,
¡oh esplendor de la carne! , ¡oh esplendor ideal
¡Oh renuevo de amor, triunfal aurora
en la que doblegando a sus pies los dioses y los héroes,
la blanca Calpigia y el pequeño Eros cubiertos con
nieve de las rosas
las mujeres y las flores su bellos pies cerrados!

Rimbaud Arthur Rimbaud

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Lo que es uno, Sergio Pitol

Sergio PitolUno es los libros que ha leído, la pintura que ha visto, la música escuchada y olvidada, las calles recorridas. Uno es su niñez, su familia, unos cuantos amigos, algunos amores, bastantes fastidiosos. Uno es una suma mermada por infinitas restas.

Sergio Pitol

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Por qué Baroja merece una revolución y que volvamos a él

Quienes nacimos en los ochenta y noventa también somos hijos de Pío Baroja. O, dicho de otra manera: don Pío también es nuestro. ¡Que no nos lo arrebaten! Saquémoslo de copas, apoyémoslo en la barra de un bar, preguntémosle por lo que sucede, exorcicémonos con sus aventuras… Aprendamos a mandar a la mierda lo que repudiamos con el ingenio que acuñó. Incluso leámosle para darnos el gusto de rechazar sus libros o maneras con conocimiento de causa. Todavía estamos a tiempo de engordar la familia de los hijos que Baroja no tuvo. Que vuelva Silvestre Paradox a los colegios y que El árbol de la ciencia […]

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Lectura de Karl Ove Knausgård. Sergio del Molino

Sal en los ojos

Había quedado con uno de esos editores salvajes que leen todo antes de que lo lean los demás. Llegué pronto, pedí una cerveza y abrí el libro que llevaba. Al poco, llegó el amigo editor, y antes de saludarme, antes siquiera de verme, me preguntó qué andaba leyendo. Era «La muerte del padre», que acababa de salir en Anagrama de forma un tanto discreta aún. Pocos sabían en España quién era Karl Ove Knausgård, no se había difundido su leyenda, no había enamorado a nadie con sus retratos de vikingo tímido. El editor, por supuesto, estaba al corriente, lo había leído en inglés. «Es fatigoso», dijo, decepcionado por mi gusto. Y yo lo entendía. Sí, Knausgård es fatigoso, aunque también adictivo. Comprendo a sus críticos, los que lo abandonan en la página 50 irritados por su forma de narrar puntillista y a menudo gélida, pero no entiendo que ellos no entiendan a quienes lo leemos con mueca de bulímico. Aún no sabía que Zadie Smith hablaba de él como de una droga, pero yo lo sentía así. No podía dejar de leer. De hecho, mi plan (mi deseo de yonqui) era volver al libro en cuanto me quedara solo. Ha sido así con las tres novelas de la serie autobiográfica «Mi lucha» que se han traducido al castellano («La muerte del padre», «Un hombre enamorado» y «La isla de la infancia»). No las he leído, sino que me he empachado de ellas como me atiborraba de pipas cuando era niño. Y, al final, en los ojos me ha quedado una sensación muy parecida a la que dejaba la sal de los frutos secos en la lengua.

He descubierto que a algunas personas de mi generación les pasa lo mismo. Hay algo en la forma en que Knausgård se expone y expone a quienes se cruzan con él que se parece al vértigo del suicida. Se podrá decir que no es para tanto, que, en la era Facebook, todo el mundo camina desnudo y hasta con las carnes abiertas, pero sabemos que no es así, que las redes sociales no exponen la intimidad, sino que la banalizan. Knausgård trabaja el recuerdo de una forma tan cruda y detallista (con un detallismo inverosímil: nadie puede recordar tantas texturas, colores y gestos de una comida con un amigo sucedida cinco años atrás), que nos hace partícipes de su angustia, su condición y sus muchas frustraciones. En un registro muy distinto, la identificación es muy parecida a la de las películas de Woody Allen, donde el retrato de una forma de vida en un aquí y un ahora va tejiendo una complicidad de la que no se puede escapar.

Porque, como en el ejemplo de Woody Allen, la primera víctima de Knausgård es el propio Knausgård. La forma despiadada en que se mira y se juzga a sí mismo le da fuerza y razón cuando traslada esa misma dureza a los demás. Y alguien que se maltrata, que duda de ser buen padre, que admite que sus hijos pequeños le sacan de quicio y se siente mal por ello, que derrocha, que no sabe cómo manejar la relación con un padre que muere a destiempo, que no está seguro de tratar bien a su pareja y que se presenta muy a menudo en horas bajas, ridículas o incluso miserables, acaba adquiriendo una redondez humana digna de un abrazo. Un abrazo que, lo sabemos, nos estamos dando a nosotros mismos. Quisiéramos ser tan implacables como Knausgård, reconocernos tan falibles e idiotas como él se retrata. En un mundo tan de mentira, de vendedores de humo y de gente que camina de puntillas, leer a un narrador que escribe a pecho descubierto es adictivo. Yo no puedo apartar la vista, como no puedo dejar de comer pipas.

Sergio del Molino

Sergio del Molino. El Mundo

 

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