Mark Strand – Nocturno del poeta que amaba a la luna

Mark Strand

Versión: Isaías Garde

Me cansé  de la luna, de su mirada estupefacta, del azul helado de su contemplación, de sus llegadas y sus partidas, del modo en que convoca, incapaz de distinguir entre ellos…

Origen: Mark Strand – Nocturno del poeta que amaba a la luna – Zoon Phonanta

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Lectura: ‘Hombres en mi situación’. Per Petterson

La indigestión de novela nórdica de la última década parece haber remitido en las librerías, pero hay títulos que combaten ese empacho con obras de excelente factura lit

Origen: ‘Hombres en mi situación’ de Per Petterson (Libros del Asteroide) | El Diario Vasco


Textos

No recuerdo con exactitud la primera vez que cogí el autobús para bajar al centro y caminar por las calles de noche, ir de bares, pasar por tabernas, bares y cafeterías, pero debió de ser poco después de la marcha de Turid, el mismo mes, es lo más probable, y por tanto más de un año después de que el barco ardiera llevando en su interior a mis seres queridos, como dijeron en el telediario, sus seres queridos ardieron en un ferri, en un camarote, en un pasillo, se perdieron en el mar, abandonaron esta vida no muy lejos de una tienda duty-free.


pero no íbamos de la mano, discutíamos, y más que eso. Fue una nadería que de pronto adquirió dimensiones incontrolables, no entendía por qué y quise evitarlo, dejarlo atrás, pero no supe cómo, éramos como dos ruedas de bicicleta encajadas en el rail del tranvía, me daba miedo pelearme con ella, porque ella no conocía el miedo pero yo sí, y la trampilla estaba a punto de abrirse bajo mis pies. Desesperado, cerré los puños, los levanté, debió parecer una amenaza, porque preguntó, vas a pegarme, vas a pegarme, y de repente me golpeó en el estómago, bastante fuerte, la verdad, pero yo no tenía intención de pegarle, por qué iba a pegarle. No sabía qué hacer, no me había pegado nadie desde primaria, y entonces siempre devolvía el golpe, lo había aprendido de mi padre, siempre tienes que devolver el golpe, me decía, o te perderán el respeto, pero ahora no podía hacerlo, ni quería, y de repente habíamos cruzado una frontera, al otro lado no conocía a nadie. Tal vez debería haberme ido a casa, hubiera sido comprensible, aunque no resultara heroico. Pero me quedé de pie, no hice nada, no dije nada, ella con el rostro pétreo, vuelto hacia el otro lado, yo con el pecho contra la barandilla de hierro forjado y bajo mí el río efervescente de lluvia que descendía desde las fábricas Lilleborg, por los rápidos, pasaba por delante del taller de Myra, hacia la ciudad y el fiordo. No tenía ni idea de qué decir, no sabía qué palabras podía emplear que no resultaran catastróficas, irrevocables, casi mortales, puede que ya entonces se hubiera acabado. Vigdis ni siquiera había nacido.


Así aguantó un largo año más, por necesidad, no porque fuera su deseo, pero al final se acabó. La carta empezaba así: «Querido Arvid. Desperté una mañana y ya no te quería. No estés triste, no es culpa tuya». No es que fuera un bombazo, pero me mareé igualmente y tuve que apoyarme en el armario. Un año sin amor, pensé, eso era mucho. Por lo que sabía, puede que más. Pero ahí de pie, con la carta en la mano, me acordé muy bien de una vez en que estaba tumbado sobre ella, muy cerca, pecho con pecho, no con todo mi peso encima pero sí cubriéndola por completo, los brazos abiertos hacia los lados, sus dedos entrelazados con los míos, y dije, qué sientes ahora. Ella estaba en silencio, tomó aire, dijo, me siento amada. Eres amada, dije yo. No hacía tanto, al menos no habían pasado muchos años, pero nunca seguí por ahí, no de forma convincente. Ahora me resulta imposible comprender lo que dije, o no en toda su dimensión, pero ahí tuve una oportunidad y la desperdicié sin darme cuenta. O tal vez lo supiera y la dejé ir de todas formas, porque me exigía demasiado ahondar en ella.


Caminé entre las lápidas escurridizas en dirección al sendero y pasé por delante de la tumba reciente. Era un hombre. Había vivido treinta y cinco años. Tuvo que tratarse de un accidente, tal vez incluso hubiera ocurrido mientras estaban juntos. Ella, la del sendero, con él, y solo sobrevivió ella. Seguía allí de pie. Cuando estuve a su altura, me detuve. Puede que tuviera un aspecto un poco melodramático con las perneras sucias y me avergonzaba que me hubiera visto arrodillado ante la tumba, pero ya estaba hecho. Hola, dije. Hola, respondió. Eres Arvid Jansen. Sí, soy yo, sí. He leído tus libros, dijo ella. Me gustan. Pero por qué son tan tristes. No lo sé, dije, me salen así, en realidad no es algo que yo controle. Qué curioso, dijo. Sí, es un poco curioso. Luego hizo un gesto con la cabeza señalando las tumbas, la suya y la mía. ¿Murieron en el incendio del ferri? Dijo el nombre del ferri. Me resultó un poco difícil escuchar cómo decía el nombre. Sí, dije. Fue terrible, dijo ella. Sí. ¿Por eso son tan tristes tus libros? No estoy seguro, viene de antes, no hace tanto que ardió el ferri, solo un par de años, un poco más. Es cierto, no me había dado cuenta. Me di la vuelta y miré en la misma dirección que ella, por encima de las lápidas, hacia el final. ¿Es tu marido? Pregunté. No, un conocido. Era un conocido, dijo. Me entraron ganas de seguir preguntando, por ejemplo, qué clase de conocido era, pero no lo hice. Nos quedamos allí de pie. En su rostro había una paz que yo nunca había sentido. Subimos la cuesta juntos, pregunté yo. Eso estaría bien, respondió ella.

Per Petterson: Hombres en mi situación

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El desterrado de Berlín. Antonio Muñoz Molina

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Antología de pequeños tesoros literarios. Joan Margarit

Aunque nunca sabré cuál de mis rostros
escogerás un día al recordarme,
he sentido de pronto que tú y yo, sin caricias,
hemos sobrevivido a un abandono.

Joan Margarit

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Samanta Schweblin: al servicio de una buena historia

Samanta Schweblin

En tiempos en los que la novela gana presencia en el mercado, la argentina Samanta Schweblin se consagra con el relato breve.

Origen: Samanta Schweblin: al servicio de una buena historia

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Reflexiones. José Saramago

El mundo se está convirtiendo en una caverna igual que la de Platón: todos mirando imágenes y creyendo que son la realidad.

José Saramago

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Después del fin del mundo, Adam Zagajewski

Origen: Después del fin del mundo, Adam Zagajewski – Calle del Orco

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Adam Zagajewski

Ayer, 21 de marzo y Día Internacional de la Poesía, murió en Cracovia el poeta y ensayista Adam Zagajewski a los 75 años.

Adam Zagajewski (Lvov, actualmente Ucrania, 1945 – Cracovia, 2021), fue uno de los autores más respetados de la literatura polaca contemporánea y uno de los más grandes poetas europeos. Adscrito a la contestataria Generación del 68, sus poemas luminosos, sencillos y profundamente bellos, confirman, tal como declaró el jurado que le concedió el Premio Princesa de Asturias de las Letras en 2017, el sentido ético de su literatura.

El humanismo, la nostalgia y las «huellas sensibles» de las ciudades en las que vivió–como señaló Mercedes Monmany–, juntamente con su profunda vocación europea, fueron algunos de sus grandes temas artísticos. Tal como dijo al recibir el Premio Princesa de Asturias, Zagajewski entendía la poesía como aquello que surge de la mente y el corazón y que no se puede prever ni planear: «debatimos sobre las clases y capas sociales, pero en el día de cada día no vivimos en la colectividad, sino en la soledad. No sabemos qué hacer con un momento epifánico, no somos capaces de preservarlo».

Adam Zagajewski fue un hombre extraordinario, sabio y de sensibilidad refinada, cualidades que su obra, tanto en verso como en prosa, reflejaban. Su pérdida deja un vacío dificil de remplazar, porque el mundo, más que nunca, necesita poetas como él, que nos acerquen a la belleza y nos recuerden el camino.

Además del Premio Princesa de Asturias, obtuvo los premios Kurt Tucholsky (1985), PEN Club de Francia (1987), Vilenica (1996), Tranströmer (2000), el que concede la Fundación Literaria Konrad Adenauer (2002), el Premio Neustadt de Poesía 2004 y el Premio Europeo de Poesía 2010.

En Acantilado publicamos sus libros de poesía «Tierra del fuego» (2004), «Deseo» (2005), «Antenas» (2007), «Mano invisible» (2012) y «Asimetría» (2017); los ensayos «Dos ciudades» (2006), «En defensa del fervor» (2005), «Solidaridad y soledad» (2010) y «Releer a Rilke» (2017); así como su peculiar autobiografía «Una leve exageración» (2019).

(El Acantilado)


A mí mismo en mis memorias

Fluye, fluye, nube gris,
se abre la flor de la peonía,
nada te une ya a esta tierra,
nada te une ya a este cielo
.

Delira en la canícula el jardín,
un gato da bostezos en el porche.
Caminas por la calle de los tilos
en flor, de qué ciudad, lo ignoras,

en qué país, no lo recuerdas.
Brillan livianos los estorninos,
la noche se aproxima suavemente,
juegan al escondite los capullos de las rosas.

Eres tan sólo un sueño, una imagen,
sólo un anhelo eres.
Cuando te vayas, como las nubes,
se teñirá de bronce tu recuerdo.

Y rondarás los ríos
y las sombras de los árboles,
pero naufragarás en la tierra, en la tierra, en la tierra.

Adam Zagajewski


Adam Zagajewski, un poeta que atrapó la fuerza de la cotidianidad

El escritor y traductor Andrés Catalán analiza la obra del autor polaco “cuyo trabajo se desarrolla en un equilibrio entre lo sublime y el detalle del día a día con una ironía que nunca desemboca en el cinismo”

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Entrevista con Irene Vallejo. Clarín

Irene Vallejo: «El libro como objeto es el acceso más íntimo y cercano a la experiencia estética»

La escritora española conmovió con ‘El infinito en un junco’, que ya se tradujo a más de 20 lenguas. Aquí habla de sus procedimientos, de cuando sintió que tendría que dejar de escribir y de su admiración por la obra de autoras latinoamericanas.

Origen: Irene Vallejo: «El libro como objeto es el acceso más íntimo y cercano a la experiencia estética»

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El oficio de escritor. Joseph Brodsky

Uno no sabe nunca si lo que ha escrito entraña algún valor, y aún menos si podrá escribir algo valioso en el futuro. Si no acaban con nosotros, la inseguridad y la incertidumbre se convierten en nuestras amigas íntimas, hasta el punto de que llegamos a atribuirles inteligencia propia.

Joseph Brodsky

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