Cuaderno de poemas. «Como tú». Roque Dalton

Yo como tú
amo el amor,
la vida,
el dulce encanto de las cosas
el paisaje celeste de los días de enero.


También mi sangre bulle
y río por los ojos
que han conocido el brote de las lágrimas.
Creo que el mundo es bello,
que la poesía es como el pan,
de todos.


Y que mis venas no terminan en mí,
sino en la sangre unánime
de los que luchan por la vida,
el amor,
las cosas,
el paisaje y el pan,
la poesía de todos.

Roque Dalton
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Ventana a YouTube. 9 consejos de escritura creativa. Jonathan Franzen

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Crítica: «La gente no existe», de Laura Ferrero. Ascensión Rivas

Laura Ferrero. Foto: Jordi Bernadó

La galería de vidas de Laura Ferrero

Su segundo volumen de relatos, ‘La gente no existe’, reúne situaciones cotidianas narradas con las emociones que ocultamos en nuestro interior

Origen: La galería de vidas de Laura Ferrero | El Cultural

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Álbum de librerías incompleto. 166

Librería Boulandier. Bilbao.

Librería ambulante
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La insoportable levedad del ser, Milan Kundera

ENTREVISTADOR: Pero ¿por qué eligió la farsa como forma para una novela que no está concebido como mero entretenimiento? KUNDERA: ¡Sí es entretenimiento! Nunca he entendido el desprecio de los fran…

Origen: La insoportable levedad del ser, Milan Kundera – Calle del Orco

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Lecturas. Wisława Szymborska

Leo todo el tiempo. Muchos libros de divulgación científica y de antropología, de zoología. Leo a Brodsky, con el que tenía mucha afinidad. Pero como no quiero olvidarme de nadie sólo voy a decir que leo a Rilke. Con él comenzó mi fascinación por la poesía.

Wisława Szymborska

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Crítica: «Revancha». Kiko Amat

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Reflexiones. Valeria Luiselli

Pero la nostalgia no es siempre nostalgia de un pretérito. Existen lugares que nos producen nostalgia por adelantado. Lugares que sabemos perdidos en cuanto los encontramos; lugares en donde nos sabemos más felices de lo que jamás seremos después.

Valeria Luiselli

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Entrevista con Javier Marías. Juan Gabriel Vásquez

Javier Marías retratado en Madrid.DANIEL OCHOA DE OLZA / EPS

Javier Marías: “Casi todo el mundo gusta de pensar bien de sí mismo y que sería incapaz de matar a sangre fría”

‘Tomás Nevinson’, la nueva novela del escritor madrileño, se desarrolla en un universo de espías, secretos y dilemas morales en medio de la violencia terrorista. La credulidad se ha convertido hoy en una auténtica plaga, afirma, y las mentiras reinan en “este tiempo tan entontecido”.

Origen: Javier Marías: “Casi todo el mundo gusta de pensar bien de sí mismo y que sería incapaz de matar a sangre fría” | EL PAÍS Semanal | EL PAÍS

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Lectura: «El club». Leonard Michaels

El hechizo eterno de Leonard Michaels

Malas Tierras recupera «El Club», la primera novela de un autor que en los 70 deslumbró por la calidad y el atrevimiento de su prosa

Origen: El hechizo eterno de Leonard Michaels

 


Textos

—Cierto —-confirmé, con el deje típico de Los Ángeles que sugiere comprensión empática y no sorpresa. Kramer captó el matiz y me miró como a un posible colega.

Mantenía su espeso pelo negro bajo control, con la raya al medio y modelado para que le tapara las orejas de un modo similar al de las niñas de otra época. Contrastaba con la oscura fuerza de su mirada, con su forma de dar la mano, parecida a un mordisco, y con los tatuajes en sus antebrazos. Una serpiente alada de color azul. Una daga azul rodeada de rosas. Hablaban de una vida anterior, supuse, pero Kramer iba arremangado hasta los hombros. Costaba relacionarlo con la alfombra, que al fin percibí que era mullida y naranja. Noté el tacto al vadearla y brincar por ella mientras Kramer me conducía hacia los hombres.

Dar la mano, saludar con la cabeza, decir mi nombre, cada hombre era como un complejo fogonazo —ojos, mano, nombre—, pero uno tenía nitidez. Era explícito; de inmediato más cercano a mí que los demás. Solly Berliner. Alto, delgado, de traje. Pelo canoso y un destello verde en los ojos. La cara de un niño sorprendido por la vejez. Su traje era de poliéster gris, discreto y desalíñado. Kramer me dejó con Berliner junto a la maceta, con una cerveza en la mano.


Volví a pensar en las mujeres. Ira, identidad, política, derechos, injusticias. Las envidiaba. Parecía interesante formar paro de un colectivo en desventaja de nuestra sociedad. Las desventajas te dan algo por lo que luchar, te hacen moralmente superior, te dan seriedad. ¿Qué nos quedaba a los hombres hoy día Ya lo tenían todo. ¿Necesitaban clubes? La mera visión de dos hombres juntos sugiere un club.


Al día siguiente, supuse, mis estudiantes me verían resacoso,forzando la voz. Si alguno preguntaba algo, probablemente le respondería con las palabras justas con la esperanza de que el sentido se presentara sin más, como un perro perdido. Me traía sin cuidado el día siguiente. Me sentía atrevido, igual que años atrás cuando me juntaba con mis colegas después de clase y decía: «Echemos una partida de billar». Íbamos a unos billares del centro de Manhattan, una sala mórbida de hombres y de sensaciones nítidas. Sin luz natural. Sin sonidos de la calle. Se oía el crujido y el chirrido de cuando se pone tiza en la punta de un taco y los triángulos que golpeaban la mesa y se deslizaban por el fieltro. Los hombres siempre apoyados contra la pared con un cigarro en la boca o deambulando por las mesas, «mirando» y luego proponiendo partidas. Me convertí en uno de ellos: el taco se deslizaba a través del gancho que formaba mi dedo índice hacia una bola blanca como un hueso, una luna moteada. Luego el golpe medido, el suave estallido, las bolas que repiqueteaban, giraban y se hundían en las troneras. Siempre había un reloj ético en la pared, pero yo no era consciente del tiempo cuando me inclinaba, en el aire sombrío y polvoriento, sobre el fieltro verde y luminoso. Cuando perdía una partida, una hélice ardiente empezaba a girar en mi pecho, un deseo feroz de echar otra, de recuperar mi lugar entre los hombres a pesar de la hora.


—¿Alguien quiere café?
Nadie contestó. Solo la contracción constante de la cara de Terry, que seguía comiendo. En sus ojos color avellana, la mirada de quien come. Alerta y cegados. Me fijé en él con especial atención. Hombros cuadrados. Cabeza redonda. Tenía una gran integridad física. Cuando comía, comía, y estaba hecho de formas esenciales; sangre campesina. Una fuerza tenaz y laboriosa yacía bajo su camisa de seda malva. De una elegancia que lo complicaba, un flujo femenino contra su corpulencia. Cuando tragaba, gemía, como si el placer fuera tan severo que pudiera expresarse en forma de dolor. A medida que se acababa el pastel, sus párpados languidecían. Parecía extasiado, aquejado de gozo. Al lado de su cabeza, la mano que sostenía el tenedor parecía pequeña. El pulgar atrofiado y grueso. No un pulgar inteligente, sino de voluntad fuerte, capaz de romper y estrangular. Me acordé de que había dicho que era médico. Aunque solo estaba comiendo un pastel, podría haberlo observado durante horas.


Terry frunció el ceño y sonrió. Cabeza grande; cara grande, como el mapa de una nación. Espacio para sentimientos antitéticos. Los párpados revoloteaban como si unos mosquitos los asaltaran; sugerían vergüenza, incertidumbre. El labio inferior le caía con gracia. Una relajación -—sumisión ante la risa es- tridente y licenciosa de Berliner— controlada por pequeñas contracciones musculares, como puños minúsculos, en las comisuras de la boca. Palpitaciones arriba, contracciones abajo. ¿Cómo definir esa expresión? Puede que no todas las combinaciones faciales tengan un nombre. Pero él mismo podría haberla definido. Estaba juntando fuerzas para hablar, como un hombre a punto de sumarse a la conga mientras espera a sentir el ritmo. De Terry —honesto, cuadriculado, corpulento— me esperaba algo concreto. La verdad acuciada por la carne. Solo miró a Berliner. Berliner dejó de reír. Terry era médico. La gente los escucha.

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