Escribir una carta es enviar un mensaje al futuro; hablar desde el presente con un destinatario que no está ahí, del que no se sabe cómo ha de estar (en qué ánimo, con quién) mientras le escribimos y, sobre todo, después: al leernos. La correspondencia es la forma utópica de la conversación porque anula el presente y hace del futuro el único lugar posible del diálogo.
El jefe del Estado era una especie de barco pesquero permanentemente seguido por nubes de pájaros que se alimentaban de su movimiento.
Gustave lo sabía casi todo de casi todo el mundo: en ese sentido era un banquero ejemplar. Alto y reseco, de rostro anguloso, hombros anchos y pecho hundido, era un hombre completamente entregado a su misión, que él veía como una especie de sacerdocio: el tipo de hombre al que uno se imagina con uniforme de guardia suizo. Tenía los ojos de color aguamarina y, como apenas parpadeaba, podía hacerte sentir muy incómodo si los posaba en ti con insistencia. Parecía un inquisidor de la Edad Media. Aunque no era hablador, se expresaba bien. Era un individuo poco imaginativo, pero con una gran firmeza de carácter.
La conversación seguía unos derroteros inmutables, primero la política y después la economía y la industria, pero siempre se acababa con las mujeres. Evidentemente, el interés común de todos aquellos individuos era el dinero. La política decía si sería posible ganarlo; la economía, en qué cantidad; la industria, de qué manera; y las mujeres, cómo se podría gastar. Aquella reunión era una cosa intermedia entre una comida de antiguos combatientes y un concurso de pavos reales: todos iban allí a presumir.
La consolaba comprobar que la casa casi había vuelto a la normalidad, en la medida en que eso era posible en un sitio donde convivían un niño paralítico, una enfermera que no hablaba ni jota de francés, un periodista que cobraba por no hacer nada, una señorita de compañía que había cogido de la caja más de quince mil francos y la heredera de un banco familiar que no tenía la menor idea de lo que era un umbral de asignación o un valor nominal de crédito.
He ahí a nuestros tres personajes, en el escenario vacío de la Ópera de Berlín. A la derecha, Wlladyslawa Ambroziewicz, más conocida como Vladi. Le han pasado muchas cosas, pero ninguna ha podido con su fe en la existencia, con sus ganas de vivir y gozar. Se ha echado a la espalda las opiniones que pudieran tener de ella, ha disfrutado de los hombres, del sexo, de revolcones improvisados y orgasmos furiosos, tiene casi treinta años, una constitución fuerte, una boca ávida, un corazón de golondrina y esa noche algo ha terminado para ella, aunque aún no lo sepa. A la izquierda, en su silla de ruedas, Paul Péricourt. En su vida también han ocurrido muchas cosas desde que lo vimos arrojarse desde la ventana de un segundo piso sobre el coche fúnebre de su abuelo. Lo hemos conocido sumido en el mutismo, catatónico, al borde de la muerte y luego, cierta noche de diciembre de 1929, gritando al recordar unos hechos que están entre los más horribles que pueda vivir un niño. Lo hemos visto envolviéndose con la música como si fuera un abrigo, enamorado de una estrella cuya voz se le había clavado en el alma. Y avanzando pesadamente entre ellos con un bastón en cada mano, Solange Gallinato, que abandona el escenario después del recital más memorable de toda su carrera. Tres almas a punto de estallar. Esa noche va a cambiar sus vidas.
«Matamos a cada paso, no solo en guerras, disturbios y ejecuciones. Matamos cuando cerramos los ojos ante la pobreza, el sufrimiento y la vergüenza. De la misma manera, toda falta de respeto por la vida, todo el coraje, la indiferencia, todo desprecio no es otra cosa que matar».
«El primer hombre» de Camus (hermoso libro): elogio del silencio, en este caso el silencio de esa pobre, modesta, familia en la que predominaban los analfabetos. El que habla, el que se ocupa de la expresión, traiciona el ser; el ser es silencioso y pleno, inefable, y cada enunciado puede sólo empobrecerlo. Y, sin embargo, para alguien que quiera escribir no hay elección, hay que romper el silencio, aunque sea muy doloroso, y traicionar esa sustancia en cuyo nombre siempre hablamos (no hay otra). Y Camus también la traiciona, como cada escritor. Resulta que había encontrado para sí mismo cierta esfera a la que concedió un lugar intermedio entre el silencio y la palabra: los áridos paisajes mediterráneos, playas al alba y al crepúsculo, hierbas punzantes, palmeras cetrinas, las calles de Argel (esa misma ciudad en la que Cervantes pasó varios años como esclavo de los piratas de la Berbería) a la hora en que más aprieta el calor, vacías. La aridez mediterránea se distingue, empero, porque linda con el mar, azul, oscuro, vivo, acunándose sin cesar. Del mar no se puede decir nada; sólo la playa es elocuente.
Por lo general, solo los artistas mediocres dicen cosas interesantes y desconfío instintivamente de los que tienen labia, de los que hablan fluidamente, de los graciosos, de los que disertan, sin p…
P.: ¿Le resulta fácil el acto concreto de escribir?
R.: Para mí, escribir es sobre todo una cuestión de reescribir Se trata de intentar mejorar continuamente el texto hasta llegar a una versión definitiva tan fluida que parezca escrita sin esfuerzo. Recientemente he estado trabajando en un cuento titulado «The Train on Track Six», y lo he reescrito quince veces de principio a fin. Entre todos los manuscritos han debido de ser unas doscientas cuarenta mil palabras, y en total le habré dedicado unas dos mil horas. La versión final, sin embargo, no pasará de las veinte mil palabras.
P.: Entonces, ¿es raro que un relato le salga a la primera?
R.: Hace poco mi mujer le echó un vistazo a la primera versión de algo en lo que estaba trabajando y me dijo: «Joder, Thurber, esto es de estudiante de instituto». En esos casos tengo que decirle que no se preocupe, que espere al séptimo borrador. No sé por qué tiene que ser así, no sé por qué los primeros dos borradores de todo lo que escribo parecen escritos por la asistenta.
Soledad no es la falta de gente para conversar, enamorar, pasear o hacer sexo… Esto es carencia.
Soledad no es el sentimiento que sentimos en la ausencia de personas queridas que no pueden más volver… Esto es melancolía.
Soledad no es el retiro voluntario que la gente se impone, a veces, para rearmar los pensamientos… Esto es equilíbrio.
Soledad no es el claustro involuntario que el destino nos impone compulsivamente para que reveamos nuestra vida. .. Esto es un principio de la naturaleza.
Soledad no es el vacío de gente a nuestro lado… Esto es circunstancia Soledad es mucho más que esto.
Soledad es cuando nos perdemos de nosotros mismos y buscamos en vano nuestra alma…
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)