Tengo treinta y cinco años y creo que he alcanzado la edad del desconsuelo. Otros llegan antes. Casi nadie llega mucho después. No creo que sea por los años en sí, ni por la desintegración del cuerpo. La mayoría de nuestros cuerpos están mejor cuidados y más atractivos que nunca. Es por lo que sabemos, ahora que – a nuestro pesar- hemos dejado de pensar en ello. No es sólo que sepamos que el amor se acaba, que nos roban a los hijos, que nuestros padres mueren sintiendo que sus vidas no han valido la pena. No es sólo eso, a estas alturas tenemos muchos amigos y conocidos que han muerto; todos en cualquier caso, tendremos que enfrentarnos a ello, antes o después. Es más bien que las barreras entre nuestras propias circunstancias y las del resto del mundo se han derrumbado a pesar de todo, a pesar de toda la educación recibida. (…) Tengo entendido que después se llega a la edad de la esperanza o, al menos, de la resignación. Pero sospecho que para eso tiene que pasar bastante tiempo.
Jane Smiley.
Del libro: «La edad del desconsuelo» de Jane Smiley.
Si el líder dice de tal evento esto no ocurrió, pues no ocurrió. Si dice que dos y dos son cinco, pues dos y dos son cinco. Esta perspectiva me preocupa mucho más que las bombas.
Una obra es hermosa porque hace vivir; no hace vivir porque sea hermosa. Considero “inventor de realidad” al novelista que ha creado un orbe propio en el cual reconozco al mundo externo; al forjador de una épica sustentada en elementos y alimentos terrestres, que fija el transcurrir del tiempo en que vivió y, asimismo, revele aspectos diarios de nuestro viaje “real” sobre la Tierra.
Por su grandeza, el narrador hizo ingresar, más al mundo que a la literatura, algunos seres que están ahora con nosotros o que hallaremos en un espejo o en algún sito de nuestra existencia. Acaso el sencillo, humano, vivo, admirable Tolstoi sea el mayor novelista que ha existido. En sus páginas pude hallar una esperanza inagotable para mi vocación; mas creo justo decir que él —y todo hombre que encierre y redescubra el universo— puede ser un “ejemplo” pero nunca un “modelo”.
Por encima de estas trivialidades e insistencias, hoy —en México, en 1960— para alguien que comienza un oficio humilde, necesario, Tolstoi representa lo verdadero y lo absoluto: Sus novelas, no hay duda, son las grandes novelas más actuales. Ojalá estas palabras expresen su eternidad, su cercanía.
Quizá la vida «enteramente moderna» implique en lo fundamental esas obligaciones sobre todo: la obligación de no tener tiempo, la obligación de no reflexionar sobre lo que hacemos, la obligación de no darnos cuenta, de que, por falta de tiempo y reflexión, no nos demos cuenta de que vivimos y de cómo vivimos, de que se nos va la vida según nos viene y, ya ida, no sabremos a qué ha venido ni por qué se ha ido y nos hemos ido con ella.
La novela desconoce, me parece, la necesidad de oponerse a la pérdida de la realidad huidiza del presente hasta un determinado momento de su evolución. El cuento boccacciano es el ejemplo de esta a…
Yo, personalmente, estoy demasiado ocupado como para preocuparme de los lectores. No tengo tiempo para pararme a pensar quién me estará leyendo. No me interesa la opinión del fulano de turno sobre mi trabajo o el de cualquier otro. Lo que tengo que hacer es alcanzar el nivel que yo mismo me exijo, llegar a un punto en que el trabajo me proporcione el mismo placer que leer La tentación de San Antonio o el Antiguo Testamento, libros que me hacen sentirme bien.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)