Álbum de Bibliotecas en construcción. CCIII

Biblioteca Abbey – St Gallen – Suiza

Biblioteca furgo
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Ignacio Echevarría: «Mis críticas son mi rastro como lector, mi autobiografía»

Ignacio Echevarría. Foto: Carmen Echevarría

Sabio, libérrimo y seductor, hace ya mucho tiempo que Echevarría abandonó la crítica militante para dedicarse a la edición y a reflexionar sobre literatura y actualidad en su indispensable sección ‘Mínima Molestia’, en El Cultural. Ahora publica ‘El nivel alcanzado’, una selección de sus críticas de literatura extranjera y conferencias escritas a lo largo de más de veinte años.

Origen: Ignacio Echevarría: «Mis críticas son mi rastro como lector, mi autobiografía»

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La lectura. Donalyn Miller

La lectura cambia tu vida. La lectura desbloquea mundos desconocidos u olvidados, llevando a los viajeros por todo el mundo y a través del tiempo. La lectura te ayuda a escapar de los confines de la escuela y seguir tu propia educación. A través de personajes, santos y pecadores, reales o imaginarios, la lectura te muestra cómo ser un mejor ser humano .

Donalyn Miller

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Crítica: «Los montes antiguos». Enrique Andrés Ruiz

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Literatura de verdad. Antonio Muñoz Molina

Tendremos que aceptar de una vez por todas, con todas las consecuencias, que la literatura de verdad puede existir al margen de la moda, y de la actualidad, y de la celebridad pública, al margen de todos los indicadores oficiales, o académicos, o comerciales, que determinan el mérito. Y tendremos que adaptar nuestro trabajo y nuestra vida a esa aceptación. Eso quiere decir apartarse de manera tajante y sin énfasis de toda forma de mundanidad literaria, no dejarse llevar ni por el rechazo ni por el halago: escribir y leer tan apartados de todo como lo estamos ahora, en esta isla del encierro.

Antonio Muñoz Molina

(De su libro Volver a dónde)

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El que encontró una herradura (Fragmento de Píndaro) | Osip Mandelshtam

La obra poética de Osip Mandelshtam se despliega en tres libros principales: Piedra (1908-1915), Tristia (1916-1920), y Poemas de los años 1921-1925. Además de los Cuadernos de Moscú (1930-1935), l…

Origen: El que encontró una herradura (Fragmento de Píndaro) | Osip Mandelshtam – Buenos Aires Poetry

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Lectura: «Poeta chileno». Alejandro Zambra

Alejandro Zambra. Foto: Círculo de Poesía

Lectura: «Poeta chileno». Alejandro Zambra y la complejidad de la vida

‘Poeta Chileno’ aborda las relaciones paterno-filiales, la masculinidad vacilante y el sentido de pertenencia. Es decir, la complejidad de la vida

Origen: Alejandro Zambra y la complejidad de la vida


Textos

A Gonzalo no le quedó más remedio que apostarlo todo a la poesía: se encerró en su pieza y en tan solo cinco días se despachó cuarenta y dos sonetos, movido por la nerudiana esperanza de llegar a escribir algo tan extraordinariamente persuasivo que Carla ya no pudiera seguir rechazándolo. Por momentos olvidaba la tristeza; al menos por unos minutos primaba el ejercicio intelectual de arreglar un verso cojo o de atinarle a una rima. Pero a la alegría de una imagen a su juicio lograda le sucedía de inmediato la amargura del presente.


Las amigas de Carla se dividían espontáneamente en el angelical, aburrido y numeroso grupo de las todavía vírgenes y el abigarrado y escuálido grupo de las que ya no lo eran. El conjunto de las vírgenes se dividía, a su vez, en el minoritario subconjunto de las que querían llegar vírgenes al matrimonio y el mayoritario y veleidoso subconjunto de las todavía no, al que había pertenecido Carla durante una breve temporada. Por su parte, en el grupo de las no vírgenes brillaban con luz propia dos amigas que Carla llamaba, con sorna y con admiración, «las izquierdistas», básicamente porque eran, en casi todos los sentidos, más radicales o quizás simplemente menos reprimidas que toda la gente que Carla conocía


Generalmente cambiaban las sábanas y las expectativas. Ocasionalmente jugaban carioca y dominó. Ocasionalmente jugaban a hacer sombras con las manos. Nunca desfragmentaban el disco duro. Nunca quitaban a tiempo las hojas de las canaletas. Nunca se quedaban dormidos con la tele prendida. Generalmente Gonzalo iba al estadio con Vicente, y ocasionalmente también con Carla, a ver a Colo-Colo, que en ese tiempo generalmente ganaba, gustaba y ocasionalmente goleaba. Generalmente Gonzalo y Carla iban a las marchas, ocasionalmente acompañados por Vicente, que siempre era el que más gritaba y disfrutaba. Generalmente Carla y Gonzalo dormían abrazados. Generalmente tiraban cuatro veces por semana y el mismo niño que antes siempre bajaba a colarse en la cama grande ya no bajaba nunca.


Lo entristeció admitir o comprender que sus poemas no calentaban a nadie. En otros archivos había borradores más intensos y extremos, que cifraban emociones tentativas, inestables, textos graciosos o rabiosos o desesperados, como su diatriba contra los padres biológicos, pero los sentía crudos, peligrosamente transparentes. Era capaz de reconocer en los demás el relampagueo purificador de la rabia, la calidez del desenfado, admiraba a algunos poetas desmesurados, barrocos, arbitrarios, insondables, pero al escribir procuraba mantenerse lo más lejos posible de la expresión personal, de la dictadura de los sentimientos. La rabia no sirve para escribir poemas, solía pensar, pero esa tarde, mientras revisaba su obra completa escondido en el baño, comprendió que estaba equivocado; que la rabia sí servía, que había fuerza en la rabia y belleza en la fuerza.


Pero ya está frente a la casa y en la reja ve a una mujer que si hubiera visto en una calle cualquiera le habría recordado vagamente a Carla, pero como la ve frente a la casa en que vivieron juntos hace diecisiete años comprende que es Carla. Su impresión es que su exesposa ha sido, como algunos libros, corregida y aumentada por el tiempo —no lo piensa así, porque no es dado a las comparaciones librescas, pero siente algo por el estilo: que Carla ha sido aumentada, porque está notoriamente más gorda, y que ha sido corregida, porque luce radiante, más hermosa, incluso, que hace diecisiete años: los kilos de más (que curiosamente también son alrededor de diecisiete) quizás no están de más, porque la muestran como una mujer en pleno dominio de su edad, consciente de sí misma, que observa con displicencia los malabares con las dietas y la tenaz adicción al tortuoso yoga bikram de sus contemporáneas.


Termina de ordenar los libros desolado por esos poemas intensos que cifran una belleza que no podría suscribir. Sigue intentando adaptarlos a su propia vida, sigue imaginando el poema propio, el poema que él debería escribir a manera de disculpa o de homenaje o de reclamo. Se acuerda de cuando pensaba que con sus poemas podía influir en los demás: ser querido, ser aceptado, ser incluido. Habría sido más fácil decepcionarse de la poesía, olvidarse de la poesía, que aceptar, como hizo Gonzalo, el fracaso propio. Hubiera sido mejor echarle la culpa a la poesía, pero habría sido mentira, porque ahí están esos poemas que acaba de leer, poemas que demuestran que la poesía sí sirve para algo, que las palabras duelen, vibran, curan, consuelan, repercuten, permanecen.

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Entrevista a Francisco Brines

«Siendo optimistas, que algo quede entre dos nadas, eso es lo mejor que puede ocurrir»

Origen: Entrevista a Francisco Brines | Revista Quimera

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Grace Paley

Madre


Un día estaba yo escuchando la radio en onda media. Y sonó esta canción: «¡Oh, cuánto anhelo ver a mi madre en el umbral!» ¡Dios mío!, dije, qué bien comprendo esa canción. La de veces que yo he anhelado ver a mi madre en el umbral. El hecho es que solía apostarse en distintos portales para mirarme. Como un día que, con la penumbra del vestíbulo a sus espaldas, me esperaba en la puerta principal. Era Año Nuevo. Dijo con tristeza: Si a los diecisiete años llegas a casa a las cuatro de la madrugada, ¿a qué hora llegarás cuando tengas veinte? Lo preguntó sin sorna ni maldad. Se ocupaba ya de los enojosos preparativos para su muerte. De ahí su preocupación.
En otra ocasión se detuvo ante el umbral de mi habitación. Yo acababa de publicar un manifiesto político en el que atacaba la situación de la familia en la Unión Soviética. Dijo: Por el amor de Dios, vete a dormir, so idiota, tú y tus ideas comunistas. Ya las conocimos, papá y yo, en 1905. Todo nos lo imaginamos.
En la puerta de la cocina dijo: Nunca te acabas la comida. Vas de un lado para otro sin ton ni son. ¿Qué va a ser de ti?
Y luego murió.
Naturalmente, durante el resto de mi vida he anhelado verla, no sólo en los umbrales, sino en muchos sitios: en el comedor, sentada con mis tías; en la ventana, mirando la calle de arriba abajo; en un prado, entre lirios y caléndulas; en el salón, con mi padre.
Estaban sentados en cómodos sillones de piel. Escuchaban a Mozart. Se miraban, asombrados. Les parecía que acababan de bajar del barco. Que acababan de aprender las primeras palabras en inglés. Les parecía que él acababa de entregar un examen al profesor americano de anatomía, y de conseguir un soberbio sobresaliente. Les parecía que ella acababa de dejar la tienda por la cocina.
Ojalá pudiera verla en el umbral de la puerta del salón.
Se detiene allí un instante. Luego se sienta junto a él. Tenían un tocadiscos caro. Escuchaban a Bach. Ella dijo: Cuéntame algo. Ya casi no nos hablamos.
Estoy cansado, dijo él. ¿Es que no te das cuenta? He visto hoy a unas treinta personas. Todos enfermos, todos venga a hablar, hablar y hablar. Escucha la música, dijo él. Creo que antes afinabas a la perfección. Estoy cansado, dijo él.
Y luego ella murió
.

Grace Paley

(A través de Isaias Garde»)

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Premio Goncourt: Mohamed Mbougar Sarr, joven senegalés devoto de Roberto Bolaño, gana el Goncourt

El novelista Mohamed Mbougar Sarr posa tras ser galardonado con el Goncourt por ‘La plus secrete memoire des hommes’BERTRAND GUAY (AFP)

‘La más secreta memoria de los hombres’, la ficción sobre la búsqueda de un escritor legendario y olvidado, se alza con el galardón más prestigioso de las letras francesas

Origen: Premio Goncourt: Mohamed Mbougar Sarr, joven senegalés devoto de Roberto Bolaño, gana el Goncourt | Cultura | EL PAÍS

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