Los seres humanos somos inconcebibles sin el lenguaje; para muchos filósofos, es él el que establece nuestra diferencia en el seno de la naturaleza. Gracias al lenguaje, nos arrancamos de ella, y comenzamos a elaborar categorías que, ensambladas unas con otras, constituyen nuestra representación del mundo. Pensamos y actuamos con nociones tales como interno, externo, verdadero, falso, imaginario, real, objetivo, subjetivo, etc. Si durante unos instantes tratamos de concebir nuestra experiencia como independiente del lenguaje, resulta claro que nos percibiremos a nosotros mismos como criaturas extrañas, desconocidas, remotas. Es por lo tanto gracias al lenguaje, y no a la experiencia bruta, que gozamos de nuestra relativa familiaridad con el mundo.
Pero a pesar de su inestimable función, el lenguaje es siempre aproximativo, nunca exacto. Como nuestra experiencia y el lenguaje que la nombra no coinciden nunca totalmente, podemos decir que cada palabra es de alguna manera un relato, porque transmite, sin identificarse totalmente con él, el hormigueo no verbal de nuestro ser, y también una ficción, porque existe gracias a la verosimilitud que nos resignamos a acordarle y no a una supuesta realidad que creemos conocer por anticipado y que esa palabra nombraría con exactitud.
De modo que hasta los pliegues más íntimos de nuestra experiencia están ya atravesados de relatos y de ficciones. En la vida de todos los días, tanto en la esfera privada como en la esfera social, que dicho sea de paso es imposible distinguir claramente, la confusión constante entre pensamiento, acción, experiencia, relato, ficción, etc., resulta evidente, y una de las primeras razones de ser del arte narrativo consiste en trabajar en el seno de esa confusión para ir extrayendo formas en las que figuren aspectos inexplorados y vívidos de esa situación, de modo tal que el posible lector encuentre en ellas algún eco de su propia experiencia.
La antología «Poesía esencial», publicada por Impedimenta, trae por primera vez a nuestro idioma una amplia muestra de la poesía que Cărtărescu practicó intensamente en su juventud, y que después abandonó de una forma radical, explícita, consciente.
A principios de los años ochenta miles de lectores de todo el mundo convirtieron a La conjura de los necios, de John Kennedy Toole (1937-1969), en uno de los mayores éxitos de su tiempo. La crítica igual lo consideró como uno de los mejores libros del siglo, e incluso ganó en 1981 un Premio Pulitzer. Sin embargo, tuvo que publicarse póstumamente, pues su autor sufrió siempre el rechazo de las editoriales. Esta es su trágica historia.
Nunca sabrás que tu alma viaja dulcemente refugiada en el fondo de mi corazón, y que nada, ni el tiempo ni la edad ni otros amores, impedirá que hayas existido. Ahora la belleza del mundo toma tu rostro, se alimenta de tu dulzura y se engalana con tu claridad. El lago pensativo al fondo del paisaje me vuelve a hablar de tu serenidad. Los caminos que seguiste, hoy me señalan el mío, aunque jamás sabrás que te llevo conmigo como una lámpara de oro para alumbrarme el camino Ni que tu voz aún traspasa mi alma. Suave antorcha tus rayos, dulce hoguera tu espíritu; Aún vives un poco porque yo te sobrevivo.
Un libro abierto no puede callar ninguna evidencia. En su interior están los vestigios concretos de nuestro paso a través de él, todas nuestras huellas, las sábanas después del amor. Y en estos rem…
R.: El ruido y la furia. Tuve que escribirlo cinco veces, tratando de narrar la historia para liberarme del sueño que seguiría angustiándome hasta que completara mi trabajo. Es una tragedia de dos mujeres que andan perdidas: Caddy y su hija. Dilsey es uno de mis personajes favoritos, porque tiene coraje, es valiente, generosa, amable y honesta. Dilsey es mucho más valiente, honesta y generosa que yo.
P.: ¿Cómo surgió El ruido y la furia?
R.: Empezó con una imagen mental. Al principio no era consciente de que tenía valor simbólico. Era la imagen de una niña sentada en lo alto de un peral con las bragas manchadas de barro. Desde allí, a través de una ventana, veía el funeral de su abuela y lo que estaban haciendo abajo sus hermanos. Cuando descubrí quiénes eran, qué estaban haciendo, y por qué aquella niña tenía las bragas manchadas de barro, comprendí que sería imposible contar esa historia en forma de relato corto, y que tendría que escribir una novela. Entonces entendí el simbolismo de las bragas sucias y cambié esa imagen por la de la huérfana bajando por el caño del desagüe para escapar de la única casa que tenía, donde nunca la habían com- prendido y nunca había recibido ningún tipo de amor o afecto. Empecé a escribir desde el punto de vista del deficiente mental porque pensaba que el relato sería más efectivo narrado por alguien que sólo es capaz de saber lo que ha ocurrido, pero no por qué. Pero vi que no había contado la historia que quería contar, de modo que lo intenté de nuevo, y escribí la misma historia desde la perspectiva de otro hermano. El resultado seguía sin convencerme. Trate’ de juntar las distintas piezas y rellenar los huecos introduciéndome a mí mismo como narrador. Y, aun así, el libro seguía sin estar completo. No lo estuvo hasta quince años después de su publicación, cuando, en el apéndice de otro libro, hice un esfuerzo final para cerrar la historia y sacármela de la cabeza. Sólo así podría descansar. Ésa es la novela a la que más cariño tengo. No podía quitarme de encima la historia, y nunca fui capaz de contarla bien, a pesar de mis denodados intentos. De hecho, lo intentaría de nuevo, pero volvería a fracasar.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)