Un drama inédito de Luis Rosales revela su tormento por no haber podido salvar a Lorca | Cultura | EL PAÍS

Federico García Lorca en una audición en Radio Stentor durante su estancia en Buenos Aires en 1933.EFE

La investigadora Noemí Montetes-Mairal encuentra una obra escrita por el poeta en 1946 en la que un personaje recuerda cómo delató a un amigo

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Lectura: «Ales junto a la hoguera», de Jon Fosse

Zenda recomienda: Ales junto a la hoguera, de Jon Fosse – Zenda

La novela extranjera recomendada este miércoles por Zenda es ‘Ales junto a la hoguera’, de Jon Fosse, publicada por Random House.

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Textos

Veo a Signe ahí echada en el banco de la sala, mirando todas las cosas de siempre, la estufa, la vieja mesa, la caja de leña, la madera de las paredes, la gran ventana que da al fiordo, las mira sin verlas, y está todo como siempre, nada ha cambiado, y sin embargo ha cambiado todo, piensa, porque desde que él se marchó y desapareció, ya nada es lo mismo, ella simplemente está, sin estar, los días vienen, los días se van, las noches vienen, las noches se van, y ella los sigue, en su lento transcurrir, sin permitir que nada deje huella o marque una diferencia


…ya veces mira hacia el Camino Grande, ya veces hacia el Camino Chico, que así lo llaman, piensa, Camino Chico, quizás querían que resultara como agradable, el nombre, o quizás simplemente necesitaban un nombre para el camino, y acabaron llamándolo Camino Chico, es el camino que baja hasta la carretera, el Camino Grande, como la llaman, desde la Casa Vieja en la que viven, su casa, esta casa vieja y preciosa, varios siglos tienen las partes más antiguas de la casa, y luego la han ido ampliando, la han ido cambiando, y hará ya más de veinte años que ella vive aquí, vaya ¿tanto hace ya? ¿De verdad puede hacer tanto tiempo? piensa, pues entonces hará veinticinco años o así que lo vio a él por primera vez, que lo vio venir andando hacia ella, con su pelo largo y negro, y en ese mismo momento, así debió de ser, en ese mismo momento quedó decidido que él y ella sería el uno para el otro, así debió de ser,


… ahí echada en el banco, se ve a sí misma ante la ventana y también él, piensa, también él se quedaba a menudo así quieto como ella se ve ahora quieta, también él se ve ahí quieto ante la ventana, tal como ella se ve ahora a sí misma, antes de marcharse y desaparecer, de desaparecer para siempre, se quedaba a menudo ahí quieto, mirando y mirando, y la oscuridad al otro lado de la ventana era negra y apenas se podía distinguirlo a él de la oscuridad de afuera, o apenas se podía distinguir la oscuridad de afuera de él, así lo recuerda ella, así era, ahí se quedaba él quieto, y luego dijo algo de que iba a darse una vuelta por el mar, piensa, pero ella nunca, o casi nunca, lo acompañaba, el mar no era lo suyo, piensa ¿y quizás debería haberlo acompañado más a menudo?


… y ve a Ales pasar y luego le ve la espalda, la espalda de Ales, su tatarabuela, es ella, es Ales, es a ella a quien ve doblar a toda prisa la esquina de la casa, con su larga melena negra cayéndole por la espalda, y con sus estrechas caderas, las piernas cortas y delgadas. Es Alès. Es su tatarabuela, con poco más de veinte años, piensa, y es a su bisabuelo, Kristoffer, con dos años cumplidos, al que aprieta contra su pecho. Y también él dobla la esquina de la casa y ve que Ales, con Kristoffer apretado contra el pecho, entra por la puerta de la Casa Vieja, su casa, y ve que la puerta se cierra y ella, ahí echada en el banco, ve que la puerta de la entrada se abre y luego ve entrar a una mujer pequeña de larga melena negra, ojos grandes, y la mujer lleva contra el pecho un niño,


… y se para y ahí en la Playa ve la larga y tupida melena de Brita y de nuevo oye a Brita gritar ¡Asle, Asle! y entonces ve una barquita, de alrededor de medio metro de largo, una bonita barquita de remos, flotando en el agua negra y luego ve la cabeza de Asle asomar en el Fiordo y ve que sus manos forcejean con las olas y luego ve a Brita salir corriendo al Muelle y la cabeza de Asle vuelve a desaparecer bajo el agua, las manos, todo él desaparece bajo el agua y su barca flota en el Fiordo, alejándose, y Brita se zambulle desde el Muelle y empieza a nadar. Fiordo adentro y la barca desaparece detrás de una ola y Brita nada con todas sus fuerzas, se impulsa, se obliga a avanzar, contra las olas, y las olas la empujan hacia atrás y Brita grita ¡Asle! ¡Alés! entre las olas y de nuevo aparece la cabeza de Asle, que emerge entre dos olas…


… y ella ve que la Abuela entra por la puerta y él entra detrás y ella piensa que tampoco puede quedarse aquí quieta en el frío aunque alguien acabe de entrar en su casa, en la Casa Vieja, porque sí es su casa, son él y ella los que viven allí, piensa, y claro que era él el que acaba de entrar, y la vieja, la vieja era su Abuela, piensa, así que, así que ella también podrá entrar ¿no? piensa, es que tiene que entrar, ella también, porque hace demasiado viento y llueve demasiado para quedarse aquí afuera, con este viento, esta lluvia, y este frío, ella también tiene que entrar, piensa, pero ¿puede entrar en la Casa Vieja, su casa, viviendo allí otra persona? piensa, solo que es ella la que vive allí, son ellos los que viven allí, ella y él, Signe y Asle, así que puede entrar sin más, piensa, y entra y ahí en la entrada ve a la Abuela quitarse el gorro amarillento y ponerlo sobre un estante y luego la Abuela se desabrocha el abrigo y lo cuelga de un gancho…

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La llamada de… Pierre Lemaitre

Foto de portada: © Marta Calvo

De este modo se produjo el despertar literario de Pierre Lemaitre: buscando la forma de cambiar el destino de un personaje cuyo futuro estaba literalmente escrito.

Origen: La llamada de… Pierre Lemaitre – Zenda

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El Vieco cortaziano CXXV

Mire, respire, sienta el viento, o el calor, o la brisa, analice las nubes, prediga que va a llover. Y, sobre todo, escuche: no hay sonido más reconfortante más ignorado que el de la vida cotidiana.

Julio Cortázar

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Cómo aceptar hablar de este amigo, Maurice Blanchot

¿Cómo aceptar hablar de este amigo? Ni para alabanza ni en interés de alguna verdad. Los rasgos de su carácter, las formas de su existencia, los episodios de su vida, incluso de acuerdo con la búsq…

Origen: Cómo aceptar hablar de este amigo, Maurice Blanchot – Calle del Orco

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La defensa de la poesía. Adam Zagajewski


Pero la defensa de la poesía no es la defensa de cierta profesión, de los libros, de las librerías, de los bibliófilos, de los lectores exaltados, de las veladas poéticas ante veinte personas; no es ni siquiera la defensa de los poetas, pues los poetas están tan lejos de la poesía como casi los juristas del derecho o los guías de montaña de las nubes. La defensa de la poesía es la defensa de algo que alienta en el hombre, la capacidad fundamental de experimentar el milagro del mundo, de descubrir la divinidad en el cosmos y en otro hombre, en una lagartija y en las hojas de los castaños, de asombrarse y de quedar sumido durante un largo instante en ese asombro. Si esta capacidad se marchita, la especie humana seguirá existiendo, pero empeorada, debilitada, de manera distinta a la que ha existido durante milenios, cuando no había civilización que no pusiera la poesía -en una u otra forma- en el centro mismo de los trabajos humanos.

Adam Zagajewski

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Cuaderno de poemas. «En la tumba de Sartre». Juan José Saer

Tu no ser es mi estar
sentando en esta tumba, en una
siesta de abril, bajo un sol
tierno, y en un lugar al que le dicen
el mundo -el gran en sí
descubierto, a pleno cielo,
sin la luz que titila adentro,
y en el que esta otra luz, de lo que está
sentado y, provisoriamente, nombra y te
nombra, va pasando, indecisa y lenta,
para que todo, para todos, por fin,
o para nadie, mejor, entero,
resplandezca. Hasta aquí se llega
por muchos
caminos.

Juan José Saer

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Ventana a YouTube. Phil Collins – In the Air Tonight, Live on piano 1982

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Vídeo. Recomendaciones de libros de Héctor Abad Faciolince

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Álbum de librerías incompleto 282

Librería municipal de Praga
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