Un libro abierto no puede callar ninguna evidencia. En su interior están los vestigios concretos de nuestro paso a través de él, todas nuestras huellas, las sábanas después del amor. Y en estos rem…
R.: El ruido y la furia. Tuve que escribirlo cinco veces, tratando de narrar la historia para liberarme del sueño que seguiría angustiándome hasta que completara mi trabajo. Es una tragedia de dos mujeres que andan perdidas: Caddy y su hija. Dilsey es uno de mis personajes favoritos, porque tiene coraje, es valiente, generosa, amable y honesta. Dilsey es mucho más valiente, honesta y generosa que yo.
P.: ¿Cómo surgió El ruido y la furia?
R.: Empezó con una imagen mental. Al principio no era consciente de que tenía valor simbólico. Era la imagen de una niña sentada en lo alto de un peral con las bragas manchadas de barro. Desde allí, a través de una ventana, veía el funeral de su abuela y lo que estaban haciendo abajo sus hermanos. Cuando descubrí quiénes eran, qué estaban haciendo, y por qué aquella niña tenía las bragas manchadas de barro, comprendí que sería imposible contar esa historia en forma de relato corto, y que tendría que escribir una novela. Entonces entendí el simbolismo de las bragas sucias y cambié esa imagen por la de la huérfana bajando por el caño del desagüe para escapar de la única casa que tenía, donde nunca la habían com- prendido y nunca había recibido ningún tipo de amor o afecto. Empecé a escribir desde el punto de vista del deficiente mental porque pensaba que el relato sería más efectivo narrado por alguien que sólo es capaz de saber lo que ha ocurrido, pero no por qué. Pero vi que no había contado la historia que quería contar, de modo que lo intenté de nuevo, y escribí la misma historia desde la perspectiva de otro hermano. El resultado seguía sin convencerme. Trate’ de juntar las distintas piezas y rellenar los huecos introduciéndome a mí mismo como narrador. Y, aun así, el libro seguía sin estar completo. No lo estuvo hasta quince años después de su publicación, cuando, en el apéndice de otro libro, hice un esfuerzo final para cerrar la historia y sacármela de la cabeza. Sólo así podría descansar. Ésa es la novela a la que más cariño tengo. No podía quitarme de encima la historia, y nunca fui capaz de contarla bien, a pesar de mis denodados intentos. De hecho, lo intentaría de nuevo, pero volvería a fracasar.
En cuanto a los poetas Los Poetas Tierra Que escriben pequeños poemas, No necesitan ayuda de nadie.
Los Poetas Aire Dominan los vendavales más veloces Y a veces se mecen en los torbellinos. Poema tras poema, Giran en el mismo impulso.
A cincuenta bajo cero El gasóleo no fluye Y el propano se queda en el tanque. Los Poetas Fuego Arden a cero absoluto Amor fósil bombeado de nuevo.
El primer Poeta Agua Se quedó abajo seis años; Estaba cubierto de algas. La vida en su poema Dejó millones de huellas Pequeñas y distintas Entrelazándose en el barro.
Con el Sol y la Luna En el vientre, El Poeta Espacio Duerme. No hay final para el cielo— Pero sus poemas, Como gansos salvajes Vuelan desde el confín.
Un Poeta Mente Se queda en casa. La casa está vacía Y no tiene paredes. El poema Se ve desde todos los lados, En todas partes, A la vez.
Eavan Boland (1944, Dublín – 2020) fue una poeta y crítica literaria irlandesa. Se educó en Dublín, Londres y Nueva York. Se graduó con honores en el Trinity College de Cambridge (B.A., 1966)…
Lo que nosotros sabemos de nosotros mismos y conservamos en la memoria no es tan decisivo como se cree para la felicidad de nuestra vida. Un día nos cae encima lo que «otros» saben (o creen saber) de nosotros – y entonces nos damos cuenta de que eso tiene más poder. Nos resulta más fácil arreglárnosla con nuestra mala conciencia que con nuestra mala reputación.
Las librerías entrevistas a Laura Fernández, autora de «La señora Potter no es exactamente Santa Claus», uno de los libros más recomendados de diciembre.
Lo difícil es escribir, no escribir bien. En los talleres literarios se puede aprender a escribir bien, pero no a escribir. Para escribir bien hay recetas, consejos útiles, un aprendizaje. Escribir, en cambio, es una decisión de vida, que se realiza con todos los actos de la vida.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)