Junto a las noticias sobre la contraofensiva alemana en el sur de Italia, en la sección de anuncios del periódico de Oporto O Primeiro de Janeiro del sábado 5 de febrero de 1942 figuraba este texto: “Joven instruida desea correspondencia con persona inteligente y culta”.
Mi madre ha muerto el lunes 7 de abril en el asilo de ancianos del hospital de Pontoise, donde yo la había ingresado hacía dos años. El enfermero ha dicho por teléfono: «Su madre ha fallecido esta mañana, después de su desayuno.» Eran alrededor de las diez.
Mi abuela llevaba bien la casa; es decir, que con el mínimo de dinero conseguía alimentar y vestir a su familia, alineaba en la misa a unos hijos sin rotos ni manchas y así se aproximaba a una dignidad que permitía vivir sin sentirse unos palurdos. Daba la vuelta a los cuellos y los puños de las camisas para que durasen el doble. Lo guardaba todo, la nata de la leche y el pan duro para hacer pasteles, la ceniza de la madera para la colada, el calor de la estufa apagada para secar las ciruelas y los trapos, el agua del aseo matinal para lavarse las manos durante el día. Conocía todos los gestos que arreglan la pobreza. Este saber, transmitido de madre a hija durante siglos, se detiene en mí, que no soy más que su archivera.
Para una mujer, el matrimonio era la vida o la muerte, la esperanza de arreglárselas mejor juntos o el hundimiento definitivo. Por consiguiente, era preciso reconocer al hombre capaz de «hacer feliz a una mujer». Naturalmente, no un mozo de la tierra, aunque fuese rico, que os hiciera ordeñar las vacas en un pueblo sin electricidad. Mi padre trabajaba en la cordelería. Era alto, cuidadoso de su persona. No bebía, guardaba su paga para montar su casa. Era de un carácter apacible, alegre, y tenía siete años más que ella (¡no iba a aceptar a un «galopín»!). Sonriendo y enrojeciendo, mi madre contaba: «Yo era muy cortejada, me habían pedido en matrimonio varias veces, pero fue tu padre el que yo elegí.» A veces añadía: «No tenía un aspecto vulgar.»
Ahora parece que escribo sobre mi madre para traerla, a mi vez, al mundo.
Trato de no considerar la violencia, los desbordamientos de ternura, los reproches de mi madre sólo como rasgos personales de carácter, sino de situarlos también en su historia y en su condición social. Esta manera de escribir, que me parece ir en el sentido de la verdad, me ayuda a salir de la soledad y la oscuridad del recuerdo individual, por el descubrimiento de una significación más general. Pero siento que algo en mí se resiste: querría conservar de mi madre unas imágenes puramente afectivas, calor o lágrimas, sin darles un sentido.
Esto no es una biografía, ni tampoco una novela, naturalmente. Quizá es algo que está entre la literatura, la sociología y la historia. Necesitaba que mi madre, nacida en un medio dominado, del que quiso salir, se convirtiese en historia, para sentirme menos sola y artificial en el mundo dominante de las palabras y de las ideas por el que, según su deseo, yo he pasado.
Mario Aznar, un inteligente debut entre Vila-Matas y ‘Rebeca’
‘Too late’ es la ópera prima del crítico y profesor murciano, uno de esos libros que merecerían el calificativo de “artefacto” si no fuera porque a estas alturas da pereza utilizarlo
Podría decir que mi patria es la literatura, cosa que suena muy elegante. pero sería mentira. La literatura no es una patria; es un oficio, una artesanía, una quimera, una nube poderosa.
A la vista de un libro erudito. No somos de esos que solo llegan a tener ideas entre libros, por impulso de libros: estamos acostumbrados a pensar al aire libre, andando, saltando, subiendo, bailan…
P.: Hoy en día el proceso de escritura despierta mucho interés. Me pregunto si querría usted hablar un poco más de sus hábitos a la hora de escribir poesía. He oído decir que la compone a máquina.
R.: No siempre. Escribí buena parte de mi nueva obra de teatro, El viejo estadista, con lápiz y papel, sin pulir nada. Luego la pasé yo mismo a máquina antes de dársela a leer a mi mujer. Cuando paso a máquina yo, introduzco cambios bastante considerables. Aunque tanto da que escriba a mano o a máquina, cualquier composición un poco larga, como una obra de teatro, me exige una rutina horaria, por ejemplo de diez a una. He descubierto que tres horas al día es lo máximo que puedo dedicar a la composición en sí. Después quizá pulo algunos detalles. Al principio me encontraba con que a veces quería seguir escribiendo un rato más, pero cuando al día siguiente veía el resultado comprobaba que lo escrito tras esas primeras tres horas nunca era satisfactorio. Es mucho mejor parar y ponerse a pensar en otra cosa completamente distinta.
T. S. Eliot
Entrevista con T.S. Eliot (“The Paris Review”. 1953-1983)
1 El ritmo de lo escrito es el ritmo del que escribe, y el texto, el poema, en parte mecanismo verbal, en parte sistema de correspondencias, es con el mundo una sola entidad. 2 La forma equivale a convicción interna, y la letra la emplea con vistas a proveer al mundo de significados, y aun para el Significado, y aun para subyugarlo con el prejuicio de que la palabra traduce y vierte lo ideado. 3 Lenguaje y estilo penosamente edifican jerarquías, y al lograrlo el mundo queda en suspenso, extático, aunque luego el producto se descompone, su linaje se vulgariza, suena escarnecido y degradado como fofa, mustia potencia, y las líneas mejores, las ejemplares y musicales tiradas, apenas si sobreviven como detrás de un vidrio, burla y tedio, ¡oh pobre Olimpo! 4 ¿Campos donde el que más despoja es el que avanza? ¿Trampa y recompensas para los que perseveran enfermizamente atentos a apoderarse de la totalidad atreviéndose a lo banal absoluto de escribir «Cierren esa puerta», o «Quisiera dormir»? Cuanto trace la escritura será interpretado, obtendrá respuesta, como a los piadosos se les permite orar según les plazca, convencidos de que Dios escucha y lee hasta las pisadas de una hormiga.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)