Lectura. «Una mujer». Annie Ernaux

Annie Ernaux. Una mujer. Cabaret Voltaire

Annie Ernaux. Una mujer

Origen: Cabaret Voltaire


Textos

Mi madre ha muerto el lunes 7 de abril en el asilo de ancianos del hospital de Pontoise, donde yo la había ingresado hacía dos años. El enfermero ha dicho por teléfono: «Su madre ha fallecido esta mañana, después de su desayuno.» Eran alrededor de las diez.


Mi abuela llevaba bien la casa; es decir, que con el mínimo de dinero conseguía alimentar y vestir a su familia, alineaba en la misa a unos hijos sin rotos ni manchas y así se aproximaba a una dignidad que permitía vivir sin sentirse unos palurdos. Daba la vuelta a los cuellos y los puños de las camisas para que durasen el doble. Lo guardaba todo, la nata de la leche y el pan duro para hacer pasteles, la ceniza de la madera para la colada, el calor de la estufa apagada para secar las ciruelas y los trapos, el agua del aseo matinal para lavarse las manos durante el día. Conocía todos los gestos que arreglan la pobreza. Este saber, transmitido de madre a hija durante siglos, se detiene en mí, que no soy más que su archivera.


Para una mujer, el matrimonio era la vida o la muerte, la esperanza de arreglárselas mejor juntos o el hundimiento definitivo. Por consiguiente, era preciso reconocer al hombre capaz de «hacer feliz a una mujer». Naturalmente, no un mozo de la tierra, aunque fuese rico, que os hiciera ordeñar las vacas en un pueblo sin electricidad. Mi padre trabajaba en la cordelería. Era alto, cuidadoso de su persona. No bebía, guardaba su paga para montar su casa. Era de un carácter apacible, alegre, y tenía siete años más que ella (¡no iba a aceptar a un «galopín»!). Sonriendo y enrojeciendo, mi madre contaba: «Yo era muy cortejada, me habían pedido en matrimonio varias veces, pero fue tu padre el que yo elegí.» A veces añadía: «No tenía un aspecto vulgar.»


Ahora parece que escribo sobre mi madre para traerla, a mi vez, al mundo.


Trato de no considerar la violencia, los desbordamientos de ternura, los reproches de mi madre sólo como rasgos personales de carácter, sino de situarlos también en su historia y en su condición social. Esta manera de escribir, que me parece ir en el sentido de la verdad, me ayuda a salir de la soledad y la oscuridad del recuerdo individual, por el descubrimiento de una significación más general. Pero siento que algo en mí se resiste: querría conservar de mi madre unas imágenes puramente afectivas, calor o lágrimas, sin darles un sentido.


Esto no es una biografía, ni tampoco una novela, naturalmente. Quizá es algo que está entre la literatura, la sociología y la historia. Necesitaba que mi madre, nacida en un medio dominado, del que quiso salir, se convirtiese en historia, para sentirme menos sola y artificial en el mundo dominante de las palabras y de las ideas por el que, según su deseo, yo he pasado.

Annie Ernaux
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