P.: ¿Es consciente de alguna influencia específica en su obra?
R.: Sabe, no estoy muy seguro de que influencia sea la palabra, porque copio lo que admiro, lo mango. Hablar de influencia parece sugerir que el material de otro se infiltra en el de uno, de forma semiconsciente. Pero yo leo no sólo por placer, sino también como un obrero, y cuando encuentro un buen efecto lo estudio y trato de reproducirlo. Así que quizá soy un ladrón en toda regla. Robo a los demás, a mis mayores, quiero decir. De hecho, Panic Spring, que según ustedes es un libro respetable, me parece horrible porque viene a ser una especie de antología, cinco páginas de Huxley, tres de Aldington, dos de Robert Graves, y así sucesivamente… hasta copiar a todos los escritores que admiro. Pero no me influyeron: les mangué ciertos recursos porque estaba aprendiendo de qué iba el juego, como hace un actor que estudia a otro y toma nota de un efecto de maquillaje o de una forma de andar particular para un papel que él no ha pensado. Nadie considera que eso suponga estar particularmente influido por el actor, se trata de trucos del oficio que le toca aprender.
Lawrence Durrell
Entrevista con Lawrence Durrell (“The Paris Review”. 1953-1983)
frente a las pruebas de la noche coraje de prolongar con tu voz el silencio opulento
por aquí he marchado al alba retenido pasajero entre el viento y la sombra entre las ramas
no relegar a un mundo aparte las donaciones del viaje
me tiendo a su costado conozco el fluir de este camino esta mezcla de mí mismo de mis manos esta ignorancia
coraje otra vez para ser al mismo tiempo la piedra y el horizonte y descubrir entre los anuncios del desprecio los indicios del sol de un camino abierto reconquista del mar y la intemperie
El Real Gabinete Portugués de Lectura, una desconocida joya cultural fundada hace 185 años en Río, recibe nuevos visitantes gracias a su popularidad en Instagram y TikTok
En el panorama de la literatura francesa, Annie Ernaux ocupa un lugar muy especial, no sólo por los temas que elige, sino también por su capacidad de tratar las pasiones menos controladas—y no siempre halagüeñas—del ser humano con la mirada de un entomólogo que observa un insecto.
«Siempre tuve ganas de escribir libros de los que luego me resulte imposible hablar, libros que no me permitan luego soportar la mirada ajena. Pero por mucha vergüenza que pueda producir la escritura de un libro, nunca estará a la altura de lo que experimenté cuando tenía doce años», confiesa la autora. En 1952, la niña Annie Ernaux que cuenta esta historia empieza: «Mi padre quiso matar a mi madre un domingo de junio, a primera hora de la tarde». La escena se le presenta tan diáfanamente cruel como el día en que la vivió, y el lector empieza a comprender por qué esa niña en plena pubertad empieza a sentir vergüenza: porque él mismo empieza a ruborizarse. Como en tantas familias, sus padres, que se odian entre sí, adoran en cambio a la niña, por lo que, mientras van pasando los días y el olvido parece invadir el hogar, el recuerdo de aquel domingo parece convertirse en un mal sueño. Pero para la niña «habían dejado de ser gente decente» y «todo en nuestra existencia ha pasado a ser signo de vergüenza» . . .
(Contraportada del libro)
Textos
Es la primera vez que describo esta escena. Hasta hoy siempre me había parecido imposible, ni siquiera en un diario íntimo. Como si el hecho de contarlo fuera algo prohibido que iría acompañado inevitablemente de un castigo. Quizá no poder escribir nada después.
Antes de empezar a escribir pensaba que iba a ser capaz de acordarme de todos los detalles. Pero, de hecho, solo recuerdo la atmósfera, la postura de cada uno de nosotros en la cocina y algunas palabras. No recuerdo por qué empezó la pelea, ni tampoco si mi madre llevaba todavía el blusón blanco que se ponía para estar en el colmado o se lo había quitado pensando en el paseo que íbamos a dar. Tampoco recuerdo lo que habíamos comido. No tengo ningún recuerdo concreto de aquella mañana de domingo que no esté inscrito dentro del marco de nuestras costumbres: la misa, la pastelería. Pero de lo que sí estoy segura es de que yo llevaba un vestido azul de lunares blancos, pues, durante los dos veranos siguientes, cada vez que me lo ponía pensaba: «Es el vestido de aquel día». También estoy segura del tiempo que hacía: una mezcla de sol, nubes y viento.
Lo que quiero es encontrar las palabras con las que yo pensaba en mí misma y en el mundo que me rodeaba, decir qué era lo normal y lo inadmisible para mí, e incluso lo impensable. Pero la mujer que soy en 1995 es incapaz de penetrar en aquella niña de 1952 que lo único que conocía era su pequeña ciudad, su familia y su colegio, y que solo tenía a su disposición un léxico muy reducido. Y, ante ella, la inmensidad del tiempo por vivir. No existe una auténtica memoria de uno mismo.
No deseo escribir ningún relato, pues eso significaría crear una realidad en lugar de buscarla. Y tampoco quiero limitarme a reunir y a transcribir las imágenes que conservo en la memoria, sino tratarlas como documentos que se aclararán los unos a los otros al estudiarlos desde diferentes ángulos. Ser, en pocas palabras, etnóloga de mí misma.
Después de cada una de las imágenes de aquel verano, mi tendencia natural sería escribir «entonces descubrí que» o «me di cuenta de que», pero esas frases suponen una conciencia clara de las situaciones vividas, cuando, en realidad, en ellas solo existe la sensación de vergüenza que las ha fijado en la memoria, independientemente de cualquier significado. Ahora ya nada puede evitar que yo experimentara esa sensación, ese peso, esa aniquilación. Es la única verdad.
Lo que une a la niña de 1952 con la mujer que está escribiendo.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)