Consejo literario. Juan Carlos Onetti

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La vergüenza de ser un hombre, Primo Levi

Para ser breve, diría que la supervivencia sobre los demás es para mí el núcleo del sentimiento de poder; y estoy hablando de supervivencia concreta, física, del momento en que se siente uno vivo a…

Origen: La vergüenza de ser un hombre, Primo Levi – Calle del Orco

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Todo pensamiento se convierte en un desvarío. Fernando Pessoa

Todo pensamiento, por mucho que pretenda fijarlo se me convierte tarde o temprano en un desvarío. Donde quisiera poner un argumento o hacer correr un razonamiento, me surgen frases, primero expresivas del propio pensamiento, luego otras subsidiarias de las primeras, finalmente sombras y derivaciones de aquellas frases subsidiarias. Comienzo a meditar sobre la existencia de Dios y me encuentro hablando de remotos parques, de cortejos feudales, de ríos pasando medio mudos bajo las ventanas a las que me asomo; y me veo hablando de ellos porque me encuentro viéndolos, sintiéndolos, y hay un breve momento en [que] una brisa real me toca en la cara, surgida de la superficie del río soñado a través de metáforas, del feudalismo estilístico de mi abandono central.

Me gusta pensar porque sé que no tardaré en no pensar. El raciocinio me encanta como punto de partida -estación metálica y fría donde se embarca para el Gran Sur. Me esfuerzo a veces por meditar sobre un gran problema metafísico o incluso social, pues sé que la voz ronca del pensamiento tiene para mí colas de pavo real, que se me irán abriendo si me olvido que estoy pensando y que el destino del humanidad es una puerta en un muro que no existe, y que yo, por tanto, la puedo abrir a los jardines que quiera.

Bendito sea aquel elemento irónico del destino que da a los pobres de vida el sueño como pensamiento, así como da a los pobres de sueño o la vida como pensamiento o el pensamiento como vida.

Pero hasta el pensamiento por encadenamiento de pensar se me vuelve cansado. Y entonces abro los ojos de soñar, llego hasta la ventana y transfiero el sueño a las calles o a los tejados. Y es en la contemplación distraída y profunda de los conglomerados de tejas separadas en tejados, cubriendo el contagio astral de las gentes alienadas, cuando el alma se me desprende de verdad, y no pienso, no sueño, no veo, no particularizo; contemplo entonces de verdad la abstracción de la Naturaleza, de la Naturaleza, la diferencia entre el hombre y Dios.

Fernando Pessoa

(Libro del desasosiego)

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Ventana a YouTube. Los 19 días y 500 noches de Benjamín Prado y Travis Birds | Sánchez y Carbonell.

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Cuaderno de poemas. María Auxiliadora Álvarez

Usted nunca ha parido
no conoce
el filo de los machetes
no ha sentido
las culebras de río
nunca ha bailado
en un charco de sangre querida
doctor
NO META LA MANO TAN ADENTRO
que ahí tengo los machetes
que tengo una niña dormida
y usted nunca ha pasado
una noche en la culebra
usted no conoce el río.

María Auxiliadora Álvarez


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Lector apasionado

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Álbum de librerías incompleto 219

Librería Studium de Venecia

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El arte y la moral. Ottessa Moshfegh

Creo que el arte no tiene moral, no debe ser usado nunca con propósitos morales ni políticos. Es la principal diferencia entre la literatura y la propaganda. Puede que esté completamente equivocada, pero insisto en que no soy política porque no quiero tener ninguna intervención social. Creo que los novelistas que quieren una responsabilidad política deberían llamarse a sí mismos activistas literarios

Ottessa Moshfegh

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Lectura: «Las singularidades». John Banville


Textos

Él cogió la copa y bebió. Su mano y su brazo se deslizaron con fluidez hacia arriba siguiendo un hábito abandonado durante mucho tiempo, pero nunca olvidado, un hueco imposible de llenar. Era un inválido en recuperación que estiraba y flexionaba músculos agarrotados durante un largo periodo, con cautela al principio y luego con una sorpresa placentera por la facilidad y familiaridad de los movimientos. El vino era demasiado añejo; demasiado añejo y demasiado frío. No le importó. Estar sentado a una mesa con una copa en la mano. La luz de abril en la ventana. Esa mujer. Y la luna diurna, su talismán. Todavía se ve a través de un pequeño cristal en la esquina superior de la gran ventana, una moneda de oro blanco repujado, delgada como una oblea, transparente en apariencia, con la cara de un emperador borracho estampada. Tiene la sensación de que algo dentro de él, un homúnculo encorvado, solloza y llora con amargura mientras él no vierte ni una lágrima. Es práctico disponer de un hombrecillo interior que haga su duelo por él. Deberíamos haber concedido uno a todo el mundo. ¿O acaso lo hicimos?


Ivy es demasiado alta y demasiado delgada, y tiene una maraña de pelo canoso en la que un pájaro podría construir su nido. Posee un alma gentil, pero su corazón se ha convertido en un sequedal. Desprende una mezcla de olores, a polvo de la casa, a agua de fregar y a los cigarrillos baratos que su pretendiente, que la ha pretendido ya muy tarde, se empeña en fumar en su presencia aunque sabe —o quizá por eso— que a ella le molesta, y también a algo tierno y amable, el aroma del viejo y dulce no sé qué del amor de un pasado lejano. Ivy es una criatura fuera del tiempo.


Estoy de nuevo en la Sala del Cielo, sentado a mi mesa, se supone que trabajando. Fuera el día declina; dentro también. Lo que debería descalificarme como biógrafo, lo que debería descalificarme como cualquier cosa, es la incapacidad de aceptar este mundo ignorante por lo que es y, de la misma manera, o más, a las personas de las que el mundo está plagado. Son muy pequeñas y llegan muy tarde. Sin embargo, oigo el viento en una grieta de la ventana, un sonido tan apagado que es casi inexistente, un silbido apenas audible pero agudo, una cancioncilla como la que Josefina la Ratona Cantora habría entonado detrás del revestimiento de madera de la pared, plantada delante de su pueblo, y llamo a los otros, a todos los otros sucesivos que estarán aquí cuando yo me haya ido y para quienes el aire volverá a silbar, quizá, como este del atardecer, en la luz menguante, y me digo que a pesar de todo, incluso con pruebas tan insignificantes, no es posible que todo sea en vano.


Y, sin embargo, con Helen se produce un efecto extraño, que no sé si solo se da en mí o si es común a cuantos se enamoran loca y perdidamente. Llevaba hasta tal punto en la mente el pensamiento de Helen, la idea de ella, le había dado tantas vueltas en la cabeza que, cuando la real apareció en la cocina irrumpiendo como la luz, apenas la reconocí. O no, no es eso, no del todo; es decir, es y no es. La imagen de Helen, el concepto de ella que había retenido en la cabeza eran tan vivos e intensos que casi me bastaban, de modo que ella misma, en carne —su anhelada carne — y hueso, casi parecía estar de más. ¿Tiene sentido? Sé que lo que digo da a entender que para mí ella no estaba allí, no en su integridad, a pesar de que lo que había allí era manifiestamente ella, el ser vivo que respira. Mis palabras son patosas hoy.

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Crítica. «Castillos de fuego». Ignacio Martínez de Pisón

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