
La autora norirlandesa da pistas de su brillo en su tercera novela, que sin embargo fluye de manera desigual. Lo que hay que celebrar es el salto que ha sido capaz de dar de entonces a hoy.
Todas las obras de arte se hacen por encargo, en el sentido de que no hay artista que cree a voluntad: todos han de esperar a que una buena idea «les venga» a la cabeza. De todas aquellas obras fallidas a causa de la falsedad o inadecuación de las ideas que las motivaron, hay muchas más que son producto de un encargo que el artista se ha hecho a sí mismo que aquellas que fueron encargadas por mecenas.

Prefiero situar la acción de mis historias en lugares en los que he vivido o que he frecuentado muy a menudo. Es decir, Barcelona o entes espaciales menos concretos que han ido formando una especie…
Origen: La ciudad posee esencia de eternidad, Francisco Casavella – Calle del Orco
Qué puedo decir? No sé cómo complacer a sus lectores. No sé cómo complacer a toda esa gente con la que hay que ser amable. Uno no puede ir por ahí linchando a nadie. Lo que quieren es que los entretengamos, pero sin maltratarlos. Bien… hablemos. Un autor no lleva muchos libros dentro. Viaje al fin de la noche, Muerte a crédito… con eso debería bastar. Me metí en esto por curiosidad, pero la curiosidad sale cara: me he convertido en un cronista trágico. La mayoría de los autores buscan una tragedia y no la encuentran. Recuerdan pequeñas historias personales que no tienen nada de trágico. Usted dirá: los griegos. Los autores de las tragedias griegas tenían la impresión de hablar con los dioses. Claro, como no.. santo cielo. No todos los días se presenta la ocasión de hablar por teléfono con los dioses.

Entrevista con Louis- Ferdinand Céline (“The Paris Review”. 1953-1983)

Tess Gunty, premio National Book: «No hay una novela neutral, cada historia es una decisión política»
Con su primera novela, La conejera (Sexto Piso), la escritora de Indiana es la autora más joven en recibir este galardón desde que Philip Roth lo ganara en los años 60.
Textos
C12:
El miércoles por la noche, a las nueve en punto, el hombre que vive cuatro pisos por encima del crimen que se ha cometido tiene la mirada fija en una aplicación llamada Valora tu Cita (¡Usuarios Maduritos!). La aplicación brilla con un rojo intenso, y el hombre está seguro de que dentro no hay nadie. Como otros muchos hombres que han soportado el rechazo femenino, el hombre del apartamento C12 cree que las mujeres dominan el planeta. Cuando las evidencias sugieren que algo así no puede ser verdad, se cabrea. Es ese cabreo único de quienes se han entregado a un debate perdido. El hombre —sesentón— está tumbado sobre las sábanas a oscuras. Su día ha terminado, pero el día no ha terminado todavía; Es temprano para dormirse. Es leñador, su fecha de caducidad profesional ya ha pasado, pero carece de recursos tanto financieros como psicológicos para jubilarse. Con frecuencia siente el peso de un tablón fantasma en la espalda como si fuese un niño. Con frecuencia siente el peso de un niño fantasma en la espalda como si fuese un tablón. Desde que su mujer murió hace seis años, le ha parecido que al apartamento le faltan muebles, aunque, en realidad, está atestiguado. Con sudores, el hombre acuna en la mano la pantalla grande y brillante.
Su voz es como una hostia sacramental: insípida, ligera. Blandine no está bautizada, pero, aún así, a veces va a misa a comulgar. Tampoco es que te pidan el carne.
CARTA ABIERTA A MI PRIMER MARIDO: Aunque te perdono por el dolor increíble que causaste a mi joven y delicado corazón, me alegra de que nunca procreáramos. Mancillaste mi veintena. Me sorprende que sigas vivo.
En la época en que mis células sabían comportarse, creía que viviría eternamente. Si compartís esta creencia, hiciste cuanto podáis —id a la iglesia, echaos la siesta, desmadraos, haceos un tatuaje, lo que sea— para zafaros de esta ilusión y abrazar la verdad. Porque algún día moriréis, os lo prometo, ya la mortalidad le trae sin cuidado si creéis en ella o no.
La cosa sucede así: a medida que los días se hacen más fríos, Tiffany y James juegan al apocalipsis emocional a través de los correos electrónicos, el guion, el arte y el contacto visual: solo hablan, no se tocan. Ella logra ser el mundo, eso lo convierte a él en un final. No hay revelación. Él la órbita. Ella gira. Poco a poco, quedan huérfanos de sus moralidades, y los dos sienten que algo ha muerto, pero también que algo ha nacido.
Lo que quieren es esto, lo que han querido siempre es esto: Tiffany conservar quería la tristeza de James como una especie en peligro porque pensaba que eso los hacía a los dos más interesantes. James quería conservar en ella su propia juventud. Tiene cuarenta y dos años, pero nunca pasó de los quince. No quería que Tiffany lo interrogara, pero sí que le hiciera preguntas. No estaban seguros de si querían tener sexo per se, pero sí querían saber qué pasaría después. Él tiene cuarenta y dos años y está aterrorizado. Ella no necesitaba conjugar un futuro inclusivo, pero sí que le drenará el placer de la voz al menos una vez. En cuanto lo hizo, Tiffany ya no sabía qué quería. Qué había querido siempre.

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