El maestro Samuel Beckett

(…)Desde su jergón ve alzarse a Venus. Una vez más. Desde su jergón con tiempo claro ve alzarse a Venus seguida del sol. Se desata entonces en im­properios contra el origen de toda vida. Una vez más. A la tarde con tiempo claro goza con su revancha. Sobre Venus. Ante la otra ventana. Sentada rígida en su vieja silla espía a la radiante. Su vieja silla de abeto con barras y sin brazos. Emerge de los últimos rayos y cada vez más brillante decae y se abisma a su vez. Venus. Una vez más. Erguida y rígida permanece allí en la sombra creciente. Toda vestida de negro. Mantener esa posición es más fuerte que ella. Dirigiéndose de pie hacia un punto preciso a menudo se detiene súbitamente. No pudiendo continuar hasta mucho más tarde. Sin saber ya hacia dónde ni con qué motivo. De rodillas sobre todo le duele no permanecer así para siempre. Las manos una encima de la otra sobre un apoyo cualquiera. Como el pie sobre el jergón. Y su cabeza sobre ellas. Hela ahí pues como convertida en piedra de cara a la noche. Solos el blanco de los cabellos y el blanco ligeramente azulado del rostro y las manos huellan la oscuridad. Para un ojo que no tuviese necesidad de luz para ver. Todo esto en presente. Como si tuviese la desgracia de estar aún con vida.(…)

Samuel Beckett
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