Lectura: “Lo que fue presente”. Héctor Abad Faciolince

Héctor Abad Faciolince. Foto: Lisbeth Salas

Héctor Abad Faciolince: “Los diarios son el sustituto del psicoanalista y del confesor”

El escritor colombiano publica ‘Lo que fue presente’ (Alfaguara), sus diarios escritos entre 1985 y 2006 que muestran la cara más lúcida y amarga de un recorrido vital y creativo de dos décadas.

Origen: Héctor Abad Faciolince: “Los diarios son el sustituto del psicoanalista y del confesor”


Textos

Eso es lo fantástico: que lo real parezca inventado. Uno, de todas formas, vive metido en su propia fantasía, en la interpretación ilusoria de su vida y de la vida de los demás.


Irene: si te dicen que eres callada y fría, diles que no te entienden, que tu silencio está lleno de calor. Si te dicen tonta, diles que tu inteligencia es tan superior que parece diferente y no la entienden. Pero tú no eres capaz de decir estas cosas, por tu silencio y tu manera de ser inteligente y modesta al mismo tiempo. Irene, sonríe y asiente si te dicen que eres modesta y prudente.


Quiero leer y leer y leer. Toda la vida, todo el tiempo, y lo que me dé la gana (¡todo!) solamente lo que me dé la gana. Retirarme, jubilarme, tener una casa sin polvo y ordenada a lo mejor en el campo. Y que las visitas vengan solo de vez en cuando, que no molesten tanto las visitas. Para poder leer y leer y no hacer otra cosa que leer.


Próximo plan de lecturas: Pessoa, Montaigne, Henry James. Acabar de leer las Confesiones de Rousseau. Al leer a estos, ¿a cuáles ya leídos estaré olvidando? Mi memoria funciona por escaques y a veces pienso que ya todos están llenos, que cuando uno entra, como en ajedrez, se está comiendo a otro, no puede haber dos piezas por cuadrado. Si al menos no olvidara Le città invisibili de Calvino. Y las voy a olvidar, irremediablemente, y un día será como si no las hubiera leído nunca.


15 de marzo

No quiero hacer el amor con Irene. Ella, entonces, me obliga. Yo cierro los ojos, y me dejo, y me vengo. Pero no del verbo vengar, sino del verbo venir. Irene sabe, Irene sospecha que el amor está hecho de cuerpo. Irene debe sospechar que yo añoro otro cuerpo, el cuerpo de Nora, la médica de mi tristeza.


Son los coitos fallidos, no los reales, los que sirven para (los que posibilitan) masturbarse. Las mujeres con las que me acuesto efectivamente, frecuentemente, como Irene, nunca me sirven para erotizar la fantasía. No me excita el recuerdo de lo hecho, sino la fantasía de lo que no he hecho. No sé si me explico.


28 de octubre

Mi relación con la poesía es la siguiente: cuando tengo problemas con el ritmo de la prosa, divido el texto en versos, más o menos eufónicos, más por el ritmo del respiro que por el del sentido. Corrijo el ritmo y acoplo los sonidos; vuelvo a destruir la distribución en versos y derramo las frases en prosa. A veces funciona, muchas palabras superfluas se notan con más fuerza en la distribución verso a verso. Mi relación con la poesía no consiste en escribir poemas, sino en intentar darle a la prosa un ritmo poético. No aquí, por supuesto, sino en los libros que intento sacar de mí mismo cuando escribo en serio. Así estoy escribiendo una nueva idea que tengo para un librito raro.


Los escritores de una misma generación, dice un sabio italiano, no se leen entre ellos, se vigilan. Recorren las editoriales con los ojos voraces, como reconociendo las trincheras de los enemigos, van a sus propias editoriales como al propio cuartel general y vigilan que sus fotos y libros estén expuestos en sitios destacados, en pilas altas, del tamaño de las de los que creen sus iguales. Envían destacamentos de vanguardia a que vigilen las ventas de sus colegas. Es una guerra de envidias y rivalidades secretas. Es una lucha de falsas sonrisas, de elogios desteñidos, de insultos camuflados de lisonja: «Es muy meritorio que alguien como tú, venido de provincia, logre vender más de cien ejemplares». «Hombre, lo tuyo no es profundo, pero al público le gustan esos temas ligeros para pasar la digestión; es bueno que haya de todo». «He visto que tu libro les encanta a las señoras incultas, a las tías mayores de cincuenta». Los amables colegas con el puñal en la mano.

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