Lectura: “Ninguno de nosotros volverá”. Charlotte Delbo

La noche no se acaba en Auschwitz

La francesa Charlotte Delbo recuerda en «Ninguno de nosotros volverá» cómo sobrevivió al terror del campo de concentración

Origen: La noche no se acaba en Auschwitz


Textos

Y cuando les gritan que se coloquen en filas de cinco, hombres a un lado, mujeres y niños a otro, en una lengua que no comprenden, comprenden los bastonazos y se colocan en filas de cinco puesto que se esperan cualquier cosa. Las madres aprietan a los niños contra ellas —temblando al pensar que se los puedan quitar— porque los niños tienen hambre y sed y están agotados por el insomnio a través de tantos países. Por fin han llegado, podrán ocuparse de ellos. Y cuando les gritan que dejen los paquetes, los edredones y los recuerdos en el andén, ellos los dejan porque deben esperarse cualquier cosa y no quieren sorprenderse de nada. Dicen «ya veremos», han visto ya de todo y están cansados del viaje. La estación no es una estación. Es el final de una vía. Observan, y les impresiona la desolación en derredor.


La chimenea humea. El cielo está bajo. El humo vaga sobre el campo y pesa y nos envuelve y es el olor de la carne que arde.


Han pasado las SS con sus capas negras. Nos han contado. Todavía estamos esperando. Esperamos. Desde hace días, el día siguiente. Desde la víspera, el día después. Desde el corazón de la noche, hoy. Esperamos. El alba se anuncia en el cielo. Esperamos el alba porque algo hay que esperar. No esperamos la muerte. Nos la esperamos. No esperamos nada. Esperamos lo que acontece. La noche porque sigue al día. El día porque sigue a la noche. Esperamos el final del recuento. El final del recuento es un toque de silbato que hace girar a cada una sobre sí misma en dirección a la puerta. Las filas inmóviles se transforman en filas preparadas para ponerse en marcha. En marcha hacia las ciénagas, hacia los ladrillos, hacia las zanjas.


Marie. Su padre, su madre, sus hermanos y sus hermanas fueron gaseados nada más llegar. Los padres eran demasiado viejos, los niños demasiado jóvenes. Dice: «Mi hermana pequeña era muy guapa. No podéis imaginar lo guapa que era. No debieron de mirarla. Si la hubieran mirado, no la habrían matado. No habrían podido».


Todas las mujeres estábamos sentadas en el polvo de fango seco formando un rebaño miserable que recordaba a un enjambre de moscas sobre el estiércol. Seguramente debido al olor. El olor era tan denso y tan fétido que parecía que respirásemos no aire sino un fluido diferente, más espeso y viscoso, que envolvía y aislaba esa parte de la tierra en una atmósfera sobreañadida donde solo podían moverse criaturas adaptadas. Nosotras.


Diréis que al ser humano puede arrebatársele todo salvo la facultad de pensar e imaginar. No sabéis nada. Se puede convertir a un ser humano en un esqueleto que gorgotea diarrea, quitarle el tiempo para pensar, la fuerza para pensar. Lo imaginario es el primer lujo del cuerpo que recibe suficiente alimento, goza de una franja de tiempo libre, dispone de rudimentos para fabricar sus sueños. En Auschwitz, no se soñaba, se deliraba.


No obstante, objetaréis, ¿acaso no contaba cada cual con su bagaje de recuerdos? No. El pasado no suponía socorro alguno, recurso alguno. Se había vuelto irreal, increíble. Todo lo que había sido nuestra existencia de antes se desvanecía. Hablar era la única evasión, nuestro delirio. ¿De qué hablábamos? De cosas materiales y comestibles, o realizables. Había que apartar todo lo que suscitaba dolor o añoranza. No hablábamos de amor.

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