Lectura: “Juventud sin Dios”. Ödön von Horváth

Ödön von Horváth

Juventud sin Dios. Rafael Narbona

Franz Werfel escribió que Ödön von Horváth (Susak, Croacia, 1901-París, 1938) miraba a sus personajes desde el exilio en Henndorf, cerca de Salzburgo. Juventud sin Dios no desprende ternura, pero sí esa voluntad de comprensión que caracteriza […]

Origen: Juventud sin Dios | El Cultural


Textos

Cuando entro en la siguiente hora de la clase en la que me había permitido hablar sobre los negros, percibo al instante que algo no está en orden. ¿Acaso los señores han untado la silla de tinta? No. ¿Por qué me miran entonces con tanta malicia? Uno levanta la mano. ¿Qué pasa? Viene hacia mí, se inclina levemente, me da una carta y vuelve a sentarse. ¿Qué significa esto? Abro la carta, la leo por encima, quisiera explotar, pero me contengo y hago como si la estuviera leyendo detenidamente. Sí, la han firmado todos, los veinticinco al completo, W sigue enfermo. «No queremos —pone en la carta— que siga usted dándonos clase, porque, después de lo que ha ocurrido, nosotros, los abajo firmantes, ya no tenemos confianza en usted y pedimos un nuevo profesor». Contemplo a los abajo firmantes, uno tras otro. Callan y no me miran. Yo reprimo mis nervios y pregunto como de pasada: —¿Quién ha escrito esto? Nadie levanta la mano. —¡No seáis tan cobardes!


Como testigos se había citado, entre otros, a los padres de N, la madre de Z, el sargento, R, que había compartido la tienda con Z y N, los dos forestales que habían encontrado el cadáver del asesinado, el juez instructor, los gendarmes, etc., etc. Y yo también, naturalmente. Y Eva también, naturalmente. Pero ella aún no estaba en la sala. Antes tenían que llevarla ante el juez. El fiscal y el abogado defensor hojean las actas. Ahora Eva está sentada en una celda individual, esperando a que le toque el turno. Aparece el acusado. Un guardia lo acompaña. Tiene el aspecto de siempre. Solo que está un poco más pálido y guiña los ojos. La luz le molesta. La raya del pelo sigue en su sitio. Se sienta en el banquillo de los acusados como si fuera un banco de escuela. Todos lo observan. Mira brevemente hacia ellos y divisa a su madre. La mira fijamente…, ¿qué se altera en su interior? Aparentemente nada. Su madre apenas lo mira. ¿O acaso solo lo parece? Porque lleva un tupido velo…, negro sobre negro, no hay rostro. El sargento me saluda y pregunta si he leído su entrevista. Digo que sí y N, el maestro panadero, aguza los oídos con mucho odio al oír mi voz. Probablemente sería capaz de matarme. Con un panecillo duro.


Y le digo: —Disculpe, señor presidente, pero estoy un poco nervioso. —¡Es comprensible! —sonríe burlón el abogado defensor. Abandono la sala. Sé que absolverán a Z y condenarán a la chica. Pero también sé que todo se arreglará. Mañana o pasado mañana se iniciará la instrucción contra mí. Por inducir a error a las autoridades y encubrimiento de robo. Me suspenderán de la docencia. Pierdo mi sustento. Pero no me duele. ¿Qué voy a comer? Qué raro, no me preocupa. Me acuerdo del bar en el que conocí a Julio César. No es caro. Pero no me emborracho. Voy a casa y me tumbo. Ya no tengo miedo de mi cuarto. ¿Es que ahora vive también conmigo?


—¿Es que acaso no sabe, señor maestro, el mote que tiene usted en la escuela? ¿No lo ha oído nunca? Le llaman el Pez —asiente sonriendo—. Sí, señor maestro, porque tiene usted siempre un rostro así, como inmóvil. Nunca se sabe lo que piensa ni si se preocupa usted de alguien. Siempre decimos que el señor maestro solo observa; por ejemplo, podrían atropellar a alguien en la calle y lo único que haría sería observar cómo queda el atropellado, solo para saberlo con exactitud, y no sentiría nada, ni aunque muriera…


Cuando me desperté al día siguiente, supe que había soñado mucho. Pero ya no sabía qué. Era fiesta. Se celebraba el cumpleaños del plebeyo supremo.[29] La ciudad estaba llena de banderas y pancartas. Por las calles desfilaban las chicas, que buscan al piloto desaparecido, los chicos, que dejan morir a todos los negros, y los padres, que se creen las mentiras escritas en las pancartas. Y los que no las creen también desfilan. Divisiones de individuos sin carácter a las órdenes de idiotas. Marcando el mismo paso. Cantan la canción de un pajarillo que trina junto a la tumba de un héroe, la de un soldado que se asfixia en gas, la de las chicas morenas que se comen la basura que ha quedado en casa, y la de un enemigo que, en realidad, no existe. De este modo celebran los imbéciles y los mentirosos el día en que nació el plebeyo supremo.

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