Lectura: “Los asquerosos”. Santiago Lorenzo

Santiago Lorenzo. Foto: Cecilia Díaz Betz

Los asquerosos. Nadal Suau

Tal vez la mejor prueba de la veta genial que recorre Los asquerosos, cuarta novela de Santiago Lorenzo (Portugalete, 1964), sea lo desarmado que deja a quien escribe sobre ella una vez leída. Parece un libro sencillo que aborda cuestiones muy concretas y atractivas (la soledad, la desconfianza ante las formas técnicas y económicas de progreso […]

Origen: Los asquerosos | El Cultural


Textos

No acoplaba bien, acaso por el chorro excesivo de ansias que tenía de acoplar. Le daba vergüenza que se le notaran los deseos de compincheo, y se los frustraban las angustias derivadas del que si me arrimo o que si me despego. La gente le detectaba la sobreabundancia de anhelo, famoso antídoto, y mucho candidato a compadre fugaba discretamente. Para el que no le conociera, Manuel era un pesado. Y ninguno de los recién conocidos le conocía, como la propia expresión indica, implícita ella, no hay más que explicar.


Manuel se instaló en el cuchitril de la calle Montera con las cuatro pertenencias de las que era propietario. El vecindario, huraño era. Sería que la estrechez de los cubículos encogía las almas. A las dos semanas de estadía no había cruzado palabra con nadie. Los pasillos calados de puertas, carriles crudos, tampoco daban para más intimaciones. Y mucho menos tratándose de un parco como este, por mucho que las estuviera deseando.


Todo lo cual confirmaba la sospecha de que los jabones eran falacias. Eran mentira, dijo. Dejó de lavarse. En fase primera, sentía una incomodidad que intuía postiza, no innata. Al cabo de un mes ocurrió lo que profetizó. Un día se encontró de sopetón con que la idea de ponerse a remojo le daba vagancia. Empezó a pensar en la cuestión del síndrome de abstinencia, como me iba retransmitiendo. Según la cual, geles y jabones producen un mono tan claro como el de la cocaína o el azúcar. Con el resultado añadido de que la ausencia de ungüentos de droguería (qué fértil coincidencia léxica) deriva en la eliminación del olor (al tiempo que en la desaparición del anhelo de usarlos). Me decía que tras cuatro semanas de no untarse con productos de bañera, ni olía a nada insano, por un lado, ni padecía la necesidad picosa y pegajosa de ellos, por otro. Ni resultaba elocuente de sobaco (tampoco tenía nariz destinataria a la que interpelar) ni sentía ganas de lavarse. Había superado su dependencia cutánea.


Me contó que hacía «exámenes de soledad»: escrutar y verificar las ondulaciones de su ánimo una vez sometido a la incomunicación, a ver cómo estaba respondiendo y a ver cómo le estaba perjudicando. Me dijo que transcurrían las semanas y que no se le declaraba crisis, depresión, ansiedad, aburrimiento ni inquietud ninguna por no ver absolutamente a nadie. Que los exámenes esos, que los aprobaba todos. Con unas matrículas de honor que no sacó jamás en toda su puta vida lectiva.


Había entre La Mochufa varios gordos (los de las camisetas de gimnasio). Eran de esos que lo son por no reunir ganas de levantarse del sofá, por comer lo que sea con tal de no prepararlo, por pelotudez, por ser vagos, por andar dormidos, por no arrancar. De los de las grasas insaturadas fluyendo por las venas sin disolvérseles en la sangre por estar apanarrados en modorra terminal. Una cierta morfología de gordo justificadamente reprobable y cuyo comprobante va mucho antes en la expresión facial de panoli que en las lorzas y en las mollas. De estos había bastantes, no necesariamente adultos. Estaba la cuñada chorraboba que se las daba de independiente porque salía a pasear sola. Volvía siempre con una foto de ella ante el paraje deshabitado, que enseñaba a todos. La titulaba con variaciones del lema desconectando del mundo y la colgaba en Internet. Con lo que se conectaba a millones de mundianos. Menudeaban mucho entre los mochufas estas incongruencias de desvaídos colegiados.


Había más gentes cuyas particularidades llamaban la atención: el del chambergo de plástico, que iba cocido en su propia gelatina como si fuera una cazuela de callos. Otro muy peludo, que tenía pelo hasta en la raya del pelo. A uno le habían salido cartucheras en los muslos, y llevaba los fémures entre paréntesis. Una muchacha tenía los pezones como dos yoyós. Muchos tendían a vestir como si fueran a la jungla de Sumatra, dril, caqui, verde oliva y mucho bolsillo.

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